Poco antes del solsticio de verano los ovetenses Green Desert Water publicaban su tercer larga duración, “Eerie Meadows”. Por aquel entonces supimos (o presentimos más bien) que tarde o temprano hablaríamos sobre sus integrantes, es decir, el cantante y guitarrista Kike Sanchís, el bajista Juan Arias García, y el baterista Dani Bárcena, sobre las ocho canciones que lo componen, o sobre la intensidad de sus casi cuarenta minutos de duración. De su tonificante pócima psicodélica, de su afinidad setentera o noventera, de una grabación efectuada en los asturianos Tutu Estudios con Sergio Tutu a los mandos, quien se encarga también de la producción junto a Diego Martínez, de la distribución que sigue en manos de la reputada discográfica Small Stone Records, de una masterización asumida por Chris Gossman en Baseline Audio Labs de Michigan, o de una brillante ilustración de carpeta diseñada por Ossobuko Studio.
O sea, detalles que aportan distinción y apuntan en una misma dirección, que no es otra que valentía, voluntad y, sobre todo, confianza y rock and roll. Tal como está el panorama hoy en día, hay que tener las ideas muy claras, hay que perseverar o, cuanto menos, arriesgar para intentar alcanzar el objetivo marcado pese a las heridas o cicatrices patentes de la piel o las más recónditas del interior. Y esa, la fortaleza, es una indiscutible virtud del rock and roll en cualquiera de sus manifestaciones y, sin duda, una perfecta ilustración de la receta utilizada por estos guajes tanto en el aspecto gramatical como en el musical. Evitaremos las (manidas) referencias sobre identidades, porque repetiríamos demasiados clichés y, en definitiva, cuando se mencionan las décadas anteriormente citadas, quien más quien menos especula con diferentes artistas que pueden ser guías espirituales o fuentes de inspiración. Pues aquí hay, entre otros muchos estímulos, inspiradoras canciones como “Holy Ground” que podría vertebrar el álbum siendo, además, un excelente ejemplo de diversidad conceptual, pues comienza en un inusitado oasis de melodías relajantes que evoluciona hasta un torrente de aguas turbulentas…
O candentes volcanes en fase de erupción que, igualmente, surgen a lo largo del elepé. Por otra parte, no deja de ser uno de sus rasgos distintivos, una de sus grandes características. La pluralidad de metodologías. Las fases lunares o los luceros pujantes, queremos decir. Administran con gran criterio la densidad de las guitarras que se incrustan en las entrañas como en el caso de “Bos Primigenius”, la fortaleza de platos y timbales de la apertura “Northern Lights” que se podría entender como un imponente grito de libertad, o la densidad rítmica de las cuatro cuerdas gestionada a continuación en “The Blacksmith”, si bien en cualquiera de estas canciones las relevancias o compromisos se entrelazan perfectamente pasando el testigo. Dicho de otro modo, es una labor conjunta que aplican con rigor y un auténtico despliegue de nociones y condiciones que, por ejemplo, desemboca en el psicotrópico blues del siglo XXI “Woodcutter” que no deja de ser una poderosa tela de araña que engancha y atrapa dada su sensualidad, dadas sus persuasivas propiedades y dada su adictiva progresión. Así es el universo de Green Desert Water, un armónico triángulo que tan pronto elimina fantasmas o apariciones no deseadas por medio de la titular “Eerie Meadows”, como exterioriza absoluta felicidad con la última del lote, la preciosa y precisa “Meteora”. Inciso. Las últimas pueden ser las primeras o los principios de una prolongada amistad, algo que te podría suceder si das una oportunidad a “Eerie Meadows” de los asturianos Green Desert Water.

