Jueves 18, viernes 19 y sábado 20 de junio de 2026 en Mendizabala, Vitoria-Gasteiz
Poco más de un mes ha transcurrido desde que abandonáramos la explanada de Mendizabala, y quizá sea tarde para repasar el último Azkena Rock al que, por cierto, resta un mes menos para regresar. Aun así, lo intentaremos. Además, en la próxima edición el festival gasteiztarra conmemorará su vigesimoquinto aniversario, una cifra reveladora. Un cuarto de siglo de vida, sus bodas de plata, una cantidad sin parangón. Un dato que la afición azkenazale conoce porque se publicitó durante el fin de semana en el recinto, en el stand de la organización que frecuentemente estaba a rebosar o en camisetas alusivas a la efeméride adquiridas en dicha caseta donde se despachaban, también, los boletos correspondientes a esa mágica cita. Sin duda lo será. Sin duda contarán, o al menos esa será la intención, con nombres estelares. Sin duda habrá gratas sorpresas en el aspecto artístico y la expectación será semejante a la habitual. Sin duda alguna, y como ha venido sucediendo durante los veinticuatro años de existencia del festival, habrá discrepancias y airadas peloteras en muchas direcciones. Artistas que siempre aparecen en las quinielas, incomprensibles repeticiones o inexplicables participaciones (¿…?), las temidas y malditas coincidencias horarias (es decir, los trillados solapes), la zona de merchan que unos años parecía excesiva y otros escasa, los puestos de avituallamiento, los aseos (a estas alturas debería estar zanjado), los precios y hasta la cerveza (un referéndum habría que hacer para su elección), el sonido…
El caso es que, a la hora de la queja y pataleta, nadie se quiere quedar atrás. Y conste que ni vamos ni queremos entrar en uno de los temas más espinosos a la hora de valorar el Azkena Rock Festival o más concretamente, su empresa organizadora: Last Tour. En fin, allá cada cual con sus propias especulaciones, juicios o sentencias. No entraremos en batallas, no malgastaremos un minuto o una línea en dar cobertura a esta ola de calor que, por cierto, está durando demasiado y tiene pinta de perpetuarse. El calor es otro factor que siempre ha estado en boca de la gente desde que se celebrara la primera edición (curiosamente era la segunda) en el recinto que más tarde bautizaríamos como Sweet Home Mendizabala. Corría el año 2012, una de las bandas inscritas era Lynyrd Skynyrd, y no habrá que explicar el paralelismo. Volviendo a la cuestión meteorológica, entraña bastantes alternativas, porque tan pronto has de recurrir a gorras, gafas de sol o cremas protectoras como a ropa de abrigo, impermeables o a la ímproba búsqueda de un cobijo que en un espacio abierto como el que nos ocupa, resulta complicado encontrar o brilla por su ausencia.

Algo hay o puedes encontrar si estás ojo avizor, pero nunca será suficiente. En ese sentido, los pronósticos de 2016 anunciaban constantes aguaceros durante aquel fin de semana, y como medida de prevención instalaron unas carpas que fueron bien recibidas y la tabla de salvación del público. Lamentablemente no se ha repetido la escena pese a los diluvios soportados, pese a las alarmantes descargas eléctricas o pese a los forzados cambios de guion causados por las inclemencias. Sin ir más lejos, este año sufrieron el percance la banda madrileña Black Maracas que teníamos entre ceja y ceja, pero por desgracia se quedó en el intento, y la canadiense The Damn Truth que debió aclimatar (que ironía, ¿no?) el setlist debido a la súbita tormenta que anegó el Escenario La Salve el viernes a primera hora. Esos son, precisamente, los horarios de mayor seguimiento por nuestra parte porque la letra pequeña se debe considerar y desde hace años ha cobrado mayor trascendencia gracias al apartado Trashville que, bajo nuestra óptica, cuenta con un par de hándicaps: el aforo y el ahogo. La plaza en sí resulta llamativa al ser un espacio techado dentro de un terreno a cielo abierto teniendo, además, una programación acorde, pero es una sauna contraindicada a las pájaras. Una auténtica angustia para oficiantes y asistentes y, aunque lo hayamos intentado en varias ocasiones, hemos debido claudicar salvo minutos puntuales. Por lo tanto, un año más sin atender su programación.
Aunque las nubes amenazaban tormenta en Vitoria-Gasteiz minutos antes de dirigirnos el viernes hacia Mendizabala, decidimos tentar a la suerte pues, como ya hemos dicho, Black Maracas era una seductora incógnita en el escenario principal, el God Stage, The Damn Truth entraba por propio merecimiento en nuestro particular directorio de inexcusables y completando una lucrativa terna, otros que nos hacía especial ilusión puesto que caeríamos en un agujero negro: The Del Fuegos. Ese fue el efecto conseguido al estar frente a los hermanos Zanes y compañía con quienes, en principio, teníamos pensado acabar en este inicio a tres bandas, pero las circunstancias obligaron a cambiar la estrategia. Queríamos presentarnos con puntualidad en el Respect Stage porque, además, el tiempo apremiaba y durante el camino se sucedieron los saludos y breves cortesías con gente conocida, así que llegamos con la lengua fuera y la función comenzada. Tampoco fue una demora excesiva, ya que estaban rematando “Backseat Nothing”, la segunda de un repertorio que nos obligaría a retroceder, mentalmente, unas décadas repasando así los ya lejanos y absolutamente trascendentes años ochenta. Su participación rondaría la hora y en ella se sucedieron hits tipo “I Still Want You”, la coreadísima “Long Slide (For An Out)” en la que Claudia Zanes abandonaría el asiento del órgano por una posición central, o la extraordinaria “Coupe DeVille” por la que uno tiene cierta fijación desde que la escuchara por primera vez. Instante memorable, recuerdo para enmarcar. Secretos de habitación.
Alguien nos sopló al oído que The Damn Truth pudieron, aun con retraso, subir al escenario, con lo cual debíamos lanzar la moneda al aire. ¿Continuamos hasta el final o nos movemos? ¿Nos quedamos con la incertidumbre? ¿Cumplimos nuestros propósitos, aunque sea al revés? La banda de Boston era, desde que la anunciaran, uno de nuestros secretos confesables, pero teniendo en cuenta que su vuelta es un hecho y la canadiense entraba en el grupo de pesquisas, pudimos acercarnos unos minutos al armazón inaugurado por el cuarteto ya que, desde su implantación, el primer día se encuentra cerrado. Debieron adaptarse al tiempo del que disponían porque el escenario quedó hecho unos zorros tras la tormenta. Exhibieron buenas intenciones, buenas maneras y buena conexión con el público. Buenas canciones como “All Night Long” o “Tomorrow”, vitoreados clichés, una expeditiva frontwoman como Lee La Baum y obtuvieron buena convocatoria para una banda que a lo mejor acudía al festival con algunas interrogantes que, ipso-facto, fueron cambiadas por admiraciones. Siguiendo con la maldita lluvia, nos obligaría a salir a toda velocidad mediada la actuación de Los Enemigos que sustituían a unos Counting Crows que debieron cancelar su viaje a Vitoria-Gasteiz y, la verdad, maldita gracia. La tromba de agua queremos decir, porque el cambio de última hora nos causaría satisfacción. Una pesadilla, obviamente, la caprichosa borrasca. Una catástrofe, si bien hubo valientes que plantaron cara a la adversidad anteponiendo el placer de estar frente a una banda mítica, a terminar con una posible pulmonía. Si mal no recordamos, que bien podría ser debido a una estampida en la que centras los sentidos en la huida, “Dentro” funcionó como llamada a las hostilidades atmosféricas y a partir de ahí, desde la distancia escuchamos la furia de Josele, Fino y compañía. De todas maneras, comprobamos que se encuentran en plena forma después de un obligado y necesitado parón con himnos tipo “John Wayne”, “Esta Mañana he vuelto al Barrio”, o la eufórica “Septiembre” que siguen teniendo vigencia, así como nuevas canciones que integran “Canciones Chulas”, su nuevo trabajo que tienen previsto publicar en octubre.
En ese escenario, el God Stage, despedimos la primera jornada con la intervención de los suecos The Hives, si bien la formación británica The Adicts aparecería después en el secundario, un Respect Stage que en ocasiones aumenta de caché debido a grandes representaciones que hemos tenido la fortuna de presenciar. Sin forzar mucho la máquina, surgen unos cuantos nombres de artistas que han actuado bajo la luz de la luna. Nos ahorraremos referencias pues la lista es inmensa, sin embargo, este año hemos tenido la fortuna de contar con Corrosion Of Conformity, The Temperance Movement y Jason Isbell & The 400 Unit, una tripleta fascinante. Tres actuaciones que, hablando sobre lo acontecido en el propio festival o posteriormente con personas afines, hemos comprobado que hay quórum, aunque existan otros momentos decisivos o determinantes. Ese es otro de los peculios del Azkena Rock. La diversidad, las variaciones, los giros, las opiniones, las decisiones. Hay que tomar decisiones, sean por el cansancio acumulado o por instantes que no quieres perder como en el caso de esos tres ejemplos, y aunque tuviéramos casi asegurada nuestra presencia en cada uno de ellos, hubo cierta indecisión con los escoceses que coincidían con los estupendos Tropikal Fuck Storm. Momentáneo titubeo. Un leve desliz que rápidamente se esfumó, porque la balanza se decantó por The Temperance Movement a quienes llevábamos más tiempo sin ver que los australes. Phil Campbell y sus compañeros demostraron que quien tuvo retuvo, y conquistaron de nuevo a un entregado auditorio con su surtido de classic, southern o blues rock y piezas bailables como “Caught In The Middle”, preciosas serenatas como “Pride”, viejos hits como “Three Bulleits”, nuevos rocanroles como “Always Be Love” o coreadísimas como la imprescindible “Smouldering”, “Oh Lorraine” o el broche de oro final mediante “Only Friend”. Entre el estupendo show ofrecido y el anuncio de “New Promise Land Incorporated”, disco que prevén publicar el 9 de octubre tras ocho años de silencio, la alegría era tal que necesitábamos una birra fresquita antes de adentrarnos en el universo de Alice Cooper.
Habíamos dejado en el aire a The Hives, banda que no diremos somos fervientes seguidores, pero ya que estábamos allí, habría que corresponder después de, por supuesto, el merecido reposo y ganado tentempié tras esforzarnos al máximo frente a Corrosion Of Conformity. Los primeros, entretenidos como esperábamos. Los segundos, un subidón de aminoácidos. Los primeros, joviales y dicharacheros con títulos reconocibles como “Come On!”, el ineludible “The Hives Forever Forever The Hives” final o proclamas tipo “Walk Idiot Walk” y los segundos, una auténtica locura, una demostración de fuerza por parte de Pepper Keenan, Woody Weatherman, Bobby Landgraf y Nick Shabatura. Uno de esos concursos que esperas con ansiedad porque, aparte de ser imprescindibles en el espectro de sonidos agresivos, ambientes metaleros, aproximaciones desérticas o dominantes frecuencias, cuentan con una impresionante colección de material explosivo capaz de provocar un gigantesco estruendo a la vez que una fuerte impresión entre la atónita asistencia, como así quedaría patente: “Diablo Boulevard”, “Asleep On The Killing Floor”, “Señor Limpio”, “Seven Days”, “Vote With A Bullet”, “Lose Yourself” o la majestuosa “13 Angels” que descubrieron un numeroso club de fans desmelenado, comprometido y ardiente. Un servidor se quedó a cuadros, aunque fuera una situación que barajaba con anterioridad y compartía con Jason Isbell, Robert Finley, Social Distortion… Se mezclan las imágenes. Saltamos los días, repasamos notas, recordamos las carreras de un escenario a otro y los sobresaltos producidos por el rugido de las guitarras (viejo slogan del festival), por impactantes presencias como las del bluesman de Lousiana, la irlandesa Imelda May, animados consorcios como Old Crow Medicine Show o simpáticos bullicios como el organizado por Vandoliers.
Resulta evidente que no seguimos el orden cronológico del festival. Sería lo lógico y más conveniente, no lo vamos a negar. Sería, seguramente, un relato más riguroso con los acontecimientos, pero, como ya hemos dicho, es cuestión de sensaciones, circunstancias, anécdotas, conexiones incluso sinsabores y, por supuesto, una elección personal. Cuando entras en Mendizabala tu estado emocional se revoluciona y te adentras en un universo de ecos profundos, placenteras fragancias y tupidos contextos que agitan tus neuronas justificando, en cierta manera, tu simpatía por el Azkena Rock Festival. Eso precisamente sentimos cuando nos colocamos en el centro de una explanada espaciosa y despejada minutos antes de levantar el telón. Una rápida mirada de 360º y sí, habíamos vuelto. Nervios. In the paradise. Paz. Siguiendo el ritual, nos acordamos de quienes no pueden estar y de quienes no podrán estar (que es parecido, pero no es igual) con un par de salvas al cielo, rellenamos la pulsera y vamos hacia el ala oeste donde estaba, con el implacable astro rey de frente, la banda de Aretxabaleta Nhil. Sara Alonso, cantante y pianista de la formación gipuzkoana valoró en el transcurso de su participación el hecho de ser encargada de recibir los primeros aplausos de la edición, algo que ya pueden incluir con orgullo en su currículum. Con menos de diez años de trayectoria y dos álbumes en su haber, supieron aprovechar la oportunidad y tal vez ahora mismo tengan nuevos oyentes el Pontevedra, Madrid o Lyon.
El recibimiento fue semejante en la jornada de clausura con dos bandas euskaldunes de requerido sondeo: Lepora y Rodeo. Aparte de su indiscutible (aunque siga habiendo personas que lo discutan) valor dentro del sector cultural y su peso en el circuito de festivales, el Azkena Rock es un excelente escaparate o trampolín para bandas que, aun actuando a primera hora, reúnen un estimable número de público llevado por la expectación. Habrá quienes controlen su capacidad o quienes, por el contrario, desconozcan su fórmula. En el caso de la banda gipuzkoana Rodeo, nosotros estamos en el primer supuesto mientras los gasteiztarras Lepora no habían sido explorados a pesar de contar en sus filas con rostros conocidos, y suponíamos que sucedería lo que sucedió. Compartían horario, trazas y público en el tramo final de los gasteiztarras, que fueron los primeros en aparecer, resultando evidente que canjeamos por los gipuzkoanos que, más tarde, seguirían las mismas directrices llegado el turno de la banda texana Vandoliers. En ambos casos la gente neófita quedó atónita y la veterana exclamaría eso de “te lo dije”, porque abrumaron al personal con su esfera underground de sonidos rocosos incluidos en sus dos trabajos, “Lepora” y “Zulotik” los más experimentados, o sea, Lepora, y con su compacto arsenal de desert rock y trallazos como “Malkoak” o “Sion Mendian” los chavales de Rodeo.
No hay tregua. Sin apenas descanso. Debíamos comprobar el rollo de Vandoliers, conjunto que, aun habiendo actuado por aquí anteriormente, no estaba incluido en nuestro particular almanaque. Por lo tanto, hacia el Respect Stage, lugar donde el día anterior catamos una sabrosa ración de country, bluegrass, roots o americana con Old Crow Medicine Show, algo que no se nos quitaba de la mente a medida que nos acercábamos y percibíamos mejor la blanquecina tez de Jenni Rose. Posiblemente ese tempranero horario no fuera el más indicado para ella dada su pigmentación, pero la tía se vació y demostró astucia sin renunciar a implicar al auditorio exhibiendo carácter celta mediante “Together We’ll Sink Or Swim”, su pasado punky mediante “Bottom Dollar Girl” o delicadeza al interpretar su favorita, como dijera al presentarla, “Cigarettes In The Rain”. También organizaría un buen follón en las primeras filas con “Bless Your Drunken Heart” o apelaría al austero country por medio de “You Can’t Party With The Lights On”. Sus compañeros no le iban a la zaga alternando el papel de protagonista entre el violín (Travis Curry), el bajo (Patrick Smith), la guitarra o batería, y “Troublemaker” formó otra bonita escena de melenas, puños en alto y conatos de pogo previo al demoledor rush final iniciado con “Endless Summer”, la medio chicana “Sixteen Years” que dejaría afónica a la peña y una adaptación que pasa directamente al grupo de momentos jaraneros, absolutamente febriles o cumbre del festival: “I’m Gonna Be (500 Miles)”.
A esas alturas y después del derroche de actitud que acabábamos de presenciar había que tomar algún refrigerio de camino al escenario de enfrente donde estaba todo preparado para el cuarteto Superchunck, pero refresquemos la memoria con lo sucedido el día anterior con Old Crow Medicine Show o mejor, retrocediendo veinticuatro horas más con DeWolff, a quienes habíamos postergado sin pretenderlo. Su anterior visita coincidió con la vuelta a la normalidad tras aquel periodo de preguntas sin respuesta, coincidían en el elenco de artistas con Social Distortion, coincidían en otros lances que los reservaremos al fuero interno, en el inclemente sol como testigo, en el escenario adjudicado y casi en el horario, aunque ambas actuaciones se hayan desarrollado en las jornadas de clausura e inauguración respectivamente. No obstante, hay diferencias pues han pasado cuatro años desde aquella recepción y han publicado dos discos desde entonces. En esta última, una pareja de coristas acompañaba a los hermanos Pablo y Luka van der Poel y Robin Griso. En esta última arrancarían con “Night Train” de su penúltimo disco “Love, Death & In Between”, seguida de “In Love” más “Natural Woman” del último “Muscle Shoals”, terminando con una larga pero efectiva “Rosita” del mismo elepé que encendió aún más al personal cuando Pablo se dio un paseo por las inmediaciones. Con el paso de los años se han convertido en una especie de reincidentes habituales que, además, oficiaron de embajadores junto a Israel Nash en una presentación del festival semanas antes en Madrid. Tienen gancho, tienen ilusión y se complementan perfectamente, lo cual redunda en beneficio de la banda, en prodigiosas canciones como “Treasure City Moonchild” que congrega en minutos parte de las fuentes en las que bebe DeWolff y obtendría el histerismo de la aturdida audiencia.
La jornada inaugural fue una de las más masivas que recordamos, o al menos esa era nuestra sensación. Desde los prolegómenos se pudo comprobar porque la programación de ese día era propensa a ello, para qué lo vamos a negar. Una de las estrellas que brillaría el jueves, la irlandesa Imelda May que, además, venía acompañada en su vuelta diez años después (dieciséis de su primera aparición) por quien fuera su marido, el guitarrista Darrel Higham. Como en las anteriores, maravilló al personal reunido. Como en las anteriores, brilló con luz propia. Sedujo con su amplia sonrisa, su desenvoltura, unas impresionantes cuerdas vocales y un notable poso soul aunque persista su cariz rockabilly. Sabido es que ha elegido otro rumbo del que hay hipótesis de todo tipo, pero no es menos cierto que es ella quien toma las decisiones sobre qué camino tomar, sobre criterios o riesgos. Llegar a los números y a la magnitud alcanzada durante los primeros años de su carrera, seguramente sea una quimera porque son épocas muy diferentes en muchas facetas de la vida, y el rock n’ roll es una de ellas. Obviemos su imagen de antaño (que sin duda fue una gran apuesta) y centrémonos en la actualidad, en sus revisiones de “Tribal”, en las revoluciones provocadas por una rabiosa “Psycho”, en la caribeña “Inside Out” que induciría a los movimientos de cadera en posiciones alejadas, ya que el terreno se estrechaba cuanto más te aproximabas, en la vuelta de tuerca de “Rollin’ And Tumblin’’”, en el pitote armado por “Johnny Got A Boom Boom” que sigue teniendo gancho, en la inevitable “Tainted Love” o en “Wild Woman”, otra que refleja su personalidad y pone de manifiesto su perseverancia. Hay Imelda para rato.
Antes que ella, la clase del señor Robert Finley dejaría enmudecida a la audiencia que asistió a la inauguración del God Stage. Una apertura extraordinaria, pues la clase, el arrojo y el tesón de un ser humano que sigue las huellas de coetáneos y otra serie de personas catalogadas como deidades, fueron parte importante de una actuación profundamente motivadora. Una actuación estremecedora y profundamente vivificante, al menos para quien firma. Los innumerables consejos o instrucciones sobre la vida, la sintomática salida por medio de una “I Just Want To Tell You” que dejaba entrever sus intenciones, el acento soul de “What Goes Around (Comes Around)”, el rhythm and blues inspirador de “Helping Hand” o las lecciones previas a una sobrecogedora “Nobody Wants To Be Lonely” que le obligaría a secarse el sudor desde la silla, nos provocaron un estremecimiento casi perpetuo, porque… Porque la verdad se adivinaba en cada gesto, en cada mensaje, en cada movimiento de un septuagenario con la vitalidad de un mozalbete al que la vida le ha concedido una segunda oportunidad para difundir su palabra y alentar a sus oyentes cual predicador. Un hombre ducho en la materia. Un bluesman de la vieja escuela, un hijo de las plantaciones de Louisiana que salió del anonimato gracias a Dan Auerbach diez años atrás y un tipo que absorbe toda tu atención con sus historias de confianza y superación (“Sharecropper’s Son”), con su envolvente gospel (“I Wanna Thank You”), con su impulsivo rock and roll (“Get It While You Can”) y con un dedo índice cómplice en ocasiones y en otras, delator (“Real Love Is Like Hard Time”). En definitiva, un músico genuino que hipnotizó al personal con sus arengas, su reluciente simpatía, su vigor y, por supuesto, su tributo hacia el sempiterno blues.
Eterno parece también el señor Vincent Damon Furnier, cuyo nombre de pila puede no resultar familiar, pero si especificamos su alter ego, las incógnitas quedan despejadas de inmediato: Alice Cooper. Su reencuentro con el festival gasteiztarra venía empañado (si fuera acertada la expresión) por la ausencia de la guitarrista Nita Strauss debido a su reciente maternidad, pero su sustituta, la veinteañera Anna Cara que fuera una recomendación personal de la californiana al jefe, rayó a buena altura compenetrándose perfectamente con Ryan Roxie y Tommy Henriksen, los otros dos titulares de las seis cuerdas. Veníamos con la satisfacción metida en el cuerpo después de haber asistido a una función memorable de los Temperance Movement, y debíamos comprobar si el espectáculo de Alice Cooper era capaz de acrecentar el nivel de excitación. Dado que los minutos de intercanbio eran escasos, cogimos prácticamente al vuelo un birra y nos colocamos en una posición prudencial ya que adentrarse en la tupida masa de gente se vislumbraba una temeridad. El flanco izquierdo es nuestra atalaya particular, y allí fuimos testigos del apabullante inicio con éxitos de la talla de “Who Do You Think We Are”, “Spark In The Dark”, “No More Mr. Nice Guy” o “House Of Fire” en los que se iban sucediendo los atrezos, los accesorios, las guitarras y los eufóricos gritos del personal.
La noche prometía y la teatralidad adquiría tanta relevancia como unas canciones que, nunca olvidemos, han sobrevivido a varias generaciones y alguna que otra corriente. Ese paso del tiempo apareció en una histérica o histriónica “I’m Eighteen” en la que Alice, muleta en ristre y síntomas (fingidos) de edad avanzada, cantó a una adolescencia que deberíamos mantener en espíritu, y sea porque buena parte del público conocía su significado, sea por las imágenes reproducidas en las pantallas, por el constante empleo de las plataformas, por el solo de Ryan y Anna o por las invitaciones para que el coro se repitiera hasta la extenuación, les quedó fetén. Se sucedían los protagonismos, como es tradicional el bueno de Alice arrojó collares en “Dirty Diamonds” provocando alborotos en los diferentes radios donde fueran dirigidos, y “Hey Stoopid” procedería como una especie de vidente porque debimos desplazarnos gracias a una simpática cuadrilla de cotorras que se colaron minutos antes sin importarles un ápice la gente de alrededor. Sin embargo, y ya ubicados en mitad de la explanada y con una perspectiva menos cercana pero óptima, confirmamos la entidad de “Poison”, el potencial de Anna Cara que se cascó un solo brutal en, cómo no, “Brutal Planet”, la guillotina de “Going Home”, la sorprendente fusión de “Another Brick In The Wall” en la festiva “School’s Out” donde fue presentando a la banda y el conocido estribillo resonaría hasta el once, la no menos sorprendente adaptación de “Smells Like Teen Spirit” o la aclamada despedida por medio de la carismática “Under My Wheels”. Se nos olvidaba. Chuck Garric al bajo y en la batería, Glen Sobel.
El mismo día y horas antes de medianoche, Hållas venían dispuestos a ganarse al público no solo de Alice Cooper, sino azkenazale en general. A fe que lo hicieron, porque arreciaron los aplausos y, pese a la confusión producida por los retrasos durante las primeras horas del viernes a causa de los chaparrones, triunfaron frente a una estimable cantidad de público en el Escenario La Salve. Obviamente, diferentes bagajes porque los suecos tienen cuatro álbumes en su haber, pero un rollo similar salvando las distancias. Eso sí, futuro prometedor. La primera parte de su actuación fue lastrada por un cielo que parecía venirse abajo, pero en cuanto se vislumbró algún claro, a intentarlo. Esta era una de las bandas que aun conociendo su existencia no teníamos controladas, así que durante las semanas previas al festival procuramos realizar el pertinente escrutinio. Podemos hablar entonces del manido descubrimiento, de la agradable sorpresa o atinada elección porque podíamos haber vuelto, tras la espera a cubierto, con Los Enemigos, pero los nórdicos estaban apuntados de antemano y había cierta curiosidad en su, bajo nuestra opinión, hard rock sinfónico. Se cumplieron los presentimientos con “Carry On”, la melodía que escuchábamos mientras nos aproximábamos a las primeras filas bastante o muy ocupadas. Entonces percibimos calor, entrega, sincronía y júbilo cuando un coro masivo hermanaba y eliminaba, de alguna manera, las pesadas mochilas que cargamos del mismo modo que desaparecían los impermeables que poblaban la superficie del lugar. Un encuentro ameno en el que títulos como “Star Rider” o la identitaria “Hällas” nos supieron a poco seguramente porque llegamos tarde y los minutos se transformaron en segundos, sus pomposos uniformes en atuendos corrientes, sus afiladas guitarras en serenas liras escandinavas y sus epopeyas o ficciones en realidades.
Salimos disparados puesto que otra comitiva a la que teníamos ganas estaba a punto de salir al Respect Stage. Sería, además, otra novedad, aunque su caso nos resultaba más familiar dado el número de reproducciones en las diferentes plataformas digitales. En consecuencia, pocas dudas teníamos sobre el proceder de Old Crow Medicine Show que aparecía por primera vez por estas tierras y, después de la fiesta de Nashville que montaron en plena llanada alavesa, poco tiempo tardarán en retornar. Sorpresas o dádivas como esta son, en cierta manera, razones por las que amamos el Azkena Rock cuyo poder de convocatoria, bajo nuestro punto de vista, reside en la letra pequeña aunque las grandes tipografías sobresalgan más y, por consiguiente, arrastren mayor número de público. Pero estos tíos contagiaron, con su bluegrass, su country, su folk hillbilly y su espíritu outlaw, de alegría y felicidad a la gente reunida alrededor de un escenario que, repetimos, ofrece momentos memorables. Pocas deserciones hubo, y en nuestro caso, que teníamos intención de emigrar a otro escenario mediada la actuación, decidimos cambiar pasos por brincos porque la desenvoltura de los afincados en Nashville exigía permanecer hasta el final. Salvo una batería utilizada a cuentagotas, un acordeón, un órgano y una armónica, se intercambian instrumentos de cuerda y labores de cantante principal, barajan tradicionales (“Tell It To Me”) con insólitas versiones (“Rainbow Stew”) e ingeniosas originales (“Tennessee Bounds”) obligando al personal a taconear insistentemente o tararear con total libertad “Cuando era un Jovencito” de Los Apson. Ahí Cory Younts se defendió bien con el idioma y sopló con brío la armónica poniendo a tono a la gente, transmitiendo el carácter abierto y apasionado que ofrece una expresión musical convertida en estilo de vida. La verdad es que se vaciaron y nos vaciaron por completo con alborotos como “Tennessee Bound”, “8 Dogs 8 Banjos”, “Carry Me Back To Virginia”, de donde proceden la mayoría, “Deep Elem Blues”, la fabulosa “For What It’s Worth” de los Buffalo Springfield o las colaboraciones de Bridge City Sinners en “Wagon Wheel” o la efusiva despedida a cargo de la célebre “I Saw The Light” de Hank Williams.
Otro de los activos o atractivos del Azkena Rock son las sesiones matinales de la Plaza de la Virgen Blanca que congregan un variopinto grupo de gente. Paseantes, turistas, azkenazales, familias, amantes del rock and roll o simples espías que, eso sí, plantan cara a la impertinente solana con refrigerios, agua pulverizara, paraguas funcionando como sombrillas y abanicos o cualquier otro artilugio que proporcione sensación de frescor. Pues para hacer frente al sol, nada mejor que un poquito de soul el viernes con el septeto de Toronto Bywater Call y al día siguiente, el cuarteto germano Backyard Casanovas cuyas ideas y apariencia se sustentan en el bebop, el rockabilly o el viejo rock and roll. Altas temperaturas en el centro neurálgico de la capital verde ambos días, e indiscutibles raciones de NOLA Music como “Sunshine” o “Arizona” por parte de los canadienses y arrebatos bluesys a base de “Lucy Mae Blues” o “Take Five” y energía fifties con la calurosa “Buzz Back Home” a cargo de los oriundos de Bonn. En este batiburrillo de novedades, de bandas a investigar o aconsejables participaciones, la banda inglesa Split Dogs tenía su capítulo reservado. Tenían y tienen su miga porque las disputas, las repentinas aglomeraciones, los pogos, los headbanging incluso los traslados en volandas están asegurados. Competían con un hueso duro de roer como Superchunk, pero pudimos escaparnos unos minutos y, la verdad, atinamos porque el cuarteto punk liderado por la excéntrica Harry Atkins nos volaría la cabeza. Salvajes, palpitantes, y vehementes. Absolutamente letales con ráfagas como “Be Somebody”, apabullantes en “Monster Truck”, vía “Breaker” alucinantes y con una actitud feroz que imaginamos irrefrenable en salas y clubs, algo que sucederá en noviembre.
El hueso antes eludido, Superchunk, era un cuarteto que nos apetecía catar porque sería otro nombre a añadir en nuestro particular directorio de inspecciones realizadas, algo equivalente a sus compatriotas Sugar con quienes comparten origen, aunque estos sean de Minnesota, o estallido noventero, aunque los segundos pronto separaran sus caminos y los segundos han continuado en la brecha. De rollo similar que mantendremos así, porque se les atribuye tal cantidad de géneros, fórmulas, etiquetas o conductas que lo resumiremos en un rock alternativo que disputaba la hegemonía del grunge o el desert rock. En definitiva, reminiscencias del ayer incorporadas a la actualidad que se desarrollaron en el God Stage con la diferencia de sábado y viernes respectivamente, pero con parecido seguimiento ambas actuaciones, algo que es digno de resaltar. Obviamente, la vuelta de los miembros originales de Sugar era un aliciente más y así se pudo comprobar en diferentes foros o círculos desde que se anunciara su fichaje, mientras que la presencia de dos fundadores de Superchunk, el cantante y guitarrista Mac McCaughan más la bajista Laura Ballance se entendía como un reclamo más que interesante. Más tarde, la baterista Laura King nos suscitaría, sin ella saberlo, ciertas similitudes. En este ficticio combate generacional hubo un claro ganador, eso sí, a los puntos: el público.
Frente al trío encabezado por un Bob Mould que impartió y repartió como en sus años mozos, alcanzamos un gratificante estado anímico porque tanto él como David Barbe y Malcolm Travis salieron sin rodeos demostrando que sus canciones no han perdido punch (“The Act We Act”) y que este comeback ha sido “A Good Idea”. El año pasado publicaron “House Of Dead Memories” y a principios de este, otro single, “Long Live Love” que, por supuesto, integraban un enérgico setlist medido, estudiado y fuertemente ensalzado por un auditorio que se habría conformado con poco. Pero poco de Sugar es mucho. Quedó bien clarito. Determinante como el bajo del señor Barbe, rotundo como la batería del señor Travis y categórico como la guitarra del señor Mould. Tal vez “Copper Blue” sea su mayor referencia, a lo mejor la obra más nombrada a la hora de aconsejar o, simplemente, la que podría encadenar mayores aplausos, griterío o entusiasmo. Fue la más recurrida, la que emprendió el concierto, la que dibujaba tonalidades carmesí en el firmamento (“Hoover Dam”) y la que cerró el círculo cuando la oscuridad se cernía sobre Mendizabala (“Helpless”). En cuanto a sus paisanos de Superchunk, vimos rostros entusiasmados, expectantes semblantes e impaciencia a nuestro alrededor cuando, de repente, arrancaron con uno de sus estandartes, “Throwing Things”. En ese preciso instante emergieron docenas de manos e intuimos que sería o podía suceder algo semejante a lo ocurrido veinticuatro horas antes porque, a continuación, “Learned To Surf” trajo consigo algún conato de crowd surfing que se quedó en tentativa. Nuestra hoja de ruta indicaba que estaríamos unos minutos, pero debíamos exprimir el reloj antes de la retirada, eso sí, hacia el armazón anexo a la entrada al recinto. Hasta que llegara la señal, tuvimos tiempo para sentir las impetuosas guitarras de “For Tension”, los enternecedores lamentos de “Like A Fool” o los violentos coros de “Hello Hawk” que originaron nuestro trueque, la enorme respuesta coral y un buen pitote entre sus fans.
Se aproximaba la estación final de un aventurado y sustancioso viaje por diferentes estratos y sustratos del universal rock n’ roll, pero hasta llegar al destino, teníamos como mínimo un par paradas intermedias. Efectuamos las dos, y quedamos prácticamente sin aliento. Con ganas, pero sin fuerzas. Abandonamos la nave antes de lo previsto quizás, pero profundamente gratificados porque una vez más, y contamos unos cuantos ingresos en Sweet Home Medizabala, la concordia percibida, las innumerables lágrimas de emoción y otras tantas de sudor vertidas… las prisas por marchar para llegar cuanto antes, la cantidad de vítores y aplausos, la multitud que abruma y no agobia… las imágenes, los contrastes cromáticos y los climáticos, los escalofríos y los sobresaltos… el conjunto de artistas que instan a soñar o nuevas experiencias que esperas compartir, son la esencia del Azkena Rock Festival. Seguramente el año que viene, si no se cruza un gato negro, nos da por abrir un paraguas en un local cerrado (tampoco estaría mal que quienes lo hacen en Mendizabala desecharan hacerlo), o rompamos un espejo, repitamos. Toquemos madera.
Y retomemos ese prodigioso episodio dirigido por Social Distortion y Jason Isbell & The 400 Unit que dejaron su impronta, así como una buena cantidad de elogios por dos inolvidables funciones. Una vez concluida la participación de Split Dogs, teníamos pensado pasar unos minutos por el Respect Stage donde estaría el tándem electrónico Sleaford Mods y más tarde, un breve paréntesis frente a la banda de Atlanta Starbenders. Ni cinco minutos con los primeros, y en el camino hacia el Escenario La Salve, tuvimos que replantearnos la situación debido al cuantioso gentío vigilado de cerca por el felino del disco “Born To Kill” de Social Distortion publicado este año. Restaban cincuenta o sesenta minutos, la banda californiana era uno de nuestros objetivos y las primeras filas ya estaban a rebosar, así que rápidamente nos agenciamos manduca y bebida, y a esperar entre una maraña de procedencias, generaciones o condiciones. Tensa espera porque el señor Mike Ness es, por méritos propios y por otra serie de razones que no vamos a enumerar porque aburriríamos a las vacas, un tipo muy querido y respetado tanto personalmente como en esta casa. Su anterior vuelta a Mendizabala vino precedida por la cancelación de la programada para el aciago 2020 que difícilmente olvidaremos. Mantuvo su palabra, y dos años más tarde, Social Distortion actuaría en la reentré de Azkena Rock: una edición pletórica, emocionante, inenarrable, enloquecedora y probablemente muy sentida en el fuero interno de bastantes asistentes.
Pues en esta ocasión, los recuerdos volvieron a hacer mella porque las imágenes se fundieron con lágrimas durante su actuación, y ni tan siquiera la impertinente lluvia deslució el show de los californianos. En realidad, fueron cuatro gotas que proporcionaban cierto empaque al tercer desafío de Social Distortion en Vitoria-Gasteiz. Aquellas personas fundamentales que cerraron sesión en el funesto cambio de década, tuvieron su relevancia cuando interpretaron una “Reach The Sky” entonada hasta la extenuación o una escalofriante “Story Of My Life” necesitada de pocas aclaraciones, porque su título es suficientemente explícito. Aun así, diremos que sus cinco minutos nos dieron tiempo a volver la vista atrás y recuperar aventuras, tropiezos, aciertos y personas que, aun estando alejadas, siguen a nuestra vera. La reciente “Partners In Crime” seguía las mismas pautas, aunque todo el fervor era imaginable desde el inaugural grito “Born To Kill” que puso a tono al personal y, posiblemente, los sismógrafos en alerta. Algún movimiento de tierra se detectó, pero no se preocupen. Es punk. Es rock n’ roll. Son decibelios y consignas. Es actitud. Como con frecuencia sucede en estos mentideros, habrá (y hay) discrepancias en cuanto al sonido, la iluminación, el setlist o vaya usted a saber qué, pero uno tiene muy claro qué vio, que escuchó y qué sintió. Un intenso escalofrío al ver de nuevo la rosa en la pala de la Les Paul dorada de un Mike Ness en estado de gracia, una irresistible necesidad por parar el tiempo junto a Jonny Wickersham en ese preciso momento, “Tonight”, por patear y patear sin cesar mientras la gente se vaciaba siguiendo las órdenes del bajista Brent Harding con “Mommy’s Little Monster”, eliminar fantasmas o pasajeras angustias golpeando el aire con el mismo coraje de David Hidalgo Jr. en “Ball And Chain” o liberar tensiones con el sensual órgano de David Kalish en “Dear Lover” que atendimos desde una posición más distante porque se acercaba la ovación final y había que coger oxígeno antes de una nueva maniobra. Pues “Don’t Drag Me Down” funcionó cual último respiro, como eslabón a una joya, a una alhaja, a un brillante de kilates: Jason Isbell & The 400 Unit.
Debíamos hacer una parada técnica, así que había que intentar pulverizar el récord de la distancia, pues el tiempo disponible se echaba encima. La pausa se estiraría más de la cuenta, ya que los encuentros en Mendizabala son imprevisibles y en ocasiones pueden parecer descorteses por la momentánea urgencia, pero la disculpa tenía su razón de ser. “¡¡Venga, que ha comenzado Jason!!” Aunque fuera con unos minutos de retraso, nos situamos al fin en el área frecuentada y a esas horas poblada con gran facilidad o, mejor dicho, con cierta pericia. Experiencia también, que las horas invertidas en la explanada tienen su valor. El Respect Stage, como más arriba ha quedado reflejado, nos ha regalado sentidas actuaciones siendo, personalmente, una magnífica despedida en muchas ediciones pasadas. No dudábamos que Jason Isbell consiguiera rubricar de manera magistral esta última, pero… Multiplicó las previsiones y aumentó las pulsaciones de la gente allí presente. Maravilloso, genial, fortalecedor y vivificante; un inmejorable adiós porque acabamos fatigados tras un completo fin de semana rematado, eso sí, con un simpósium de elegancia e integridad, de distinción, de clase y rock n’ roll de la ruta americana que permanecerá en nuestras retinas y corazones por mucho, mucho, mucho tiempo.
Sus dos volúmenes (aparte del material de estudio) de “Live From The Ryman” estaban convenientemente estudiados y en cierta manera creíamos que íbamos con la lección aprendida, pero no. Tragamos saliva durante las últimas acometidas de “24 Frames”, una especie de purgatorio antes de ingresar en el edén gracias a “Gravelweed”, y a partir de ese momento, perplejidad, que no asombro, porque las audiciones caseras no se correspondían con la realidad. Perplejidad por la intimidad generada en un entorno proclive al bullicio, ante la contundencia de “King Of Oklahoma” o la sobriedad de “Cover Me Up” ya en las postrimerías del show, ante la incontestable calidad del conjunto y el peso específico de sus integrantes. Cuando Isbell pisó Mendizabala con Drive By-Truckers éramos veintiún años más jóvenes,y de esa época tomaría prestadas, aun siendo de su autoría, la bella “Danko/Manuel”, erizando la piel desde su acompasado inicio hasta el solo infinito, y “Decoration Day”, en la que su slide precedió otro sobresaliente solo posteriormente completado por un no menos meritorio a cargo de Sadler Vaden, el hombre con quien mantendría varios diálogos a doce cuerdas a lo largo de la noche y se llevaría de vuelta a casa una colección de reverencias de la concurrencia. Pero no solo él o ellos dos, porque Anna Butterss fue la destinataria de encomios cuando surgió con el contrabajo y, pacientemente, esperó al numeroso orfeón organizado en la sentimental “If We Were Vampires” donde el órgano de Derry DeBorja sería también fundamental, el eficaz Chad Gamble en la batería o el polifacético Will Johnson que tan pronto se encargaba de la guitarra o la percusión.
Cuando este fuera anunciado al ocupar la segunda batería, un sexto sentido nos advirtió que estábamos en el momento y lugar adecuados, ya que “True Believer” sería especial. Lo fue. Originalmente es acústica estando interpretada en solitario por Isbell, su letra es una de tantas en las que se abre en canal, habla de sus sentimientos, las disyuntivas o los avatares de la vida, y el hecho de disponer de toda la compañía más dos baterías, exigía máxima atención. Todo cuadró. La iluminación, el sonido, los ingeniosos ajustes, los puntuales refuerzos, la pleitesía del respetable y hasta la luz de la luna que se sentía, pero no aparecía. En cualquier caso, no había ningún género de dudas puesto que la ocasión se presentía celestial. Jason Isbell & The 400 Unit estaban opositando para ocupar privilegiadas posiciones en el reñido ranking del festival y trasformaron “Bury Me” en una animada pieza country que originó la algarabía, mientras en “Crimson And Clay” (ambas pertenecientes a “Foxes In The Snow”) exhibirían músculo, épicas guitarras y una solidez mantenida hasta el final, hasta la apoteosis de la sobrenatural “This Ain’t It”. Ocho, nueve o diez minutos de ingravidez corporal. Ocho, nueve o diez minutos de introspección, fuertes tiritonas y continuo cosquilleo debido al tejido narrativo y la sublime ejecución culminada en un imponente bis a bis guitarrero en el que se fundieron, siguiendo la línea empleada, Sadler Vaden y Jason Isbell bajo la atenta mirada de centenares incluso millares de ojos. La barita mágica del Merlín de Alabama conseguiría ese efecto, y convertiría una noche de ensueño en una experiencia vital, el inmaculado pase de Jason Isbell & The 400 Unit en otra cita histórica de Azkena Rock Festival.




























