Viernes 26 y sábado 27 de junio de 2026 en Bilbao Arena, Bilbao
Varias vicisitudes, contratiempos o adversidades ha debido solventar el equipo organizador de BBK Legends Bilbao desde su creación. La primera, el consabido cambio de ubicación que aún levanta ampollas entre la afición, pero deberíamos saber o cuanto menos, comprender, que aquella idílica plaza es un centro auspiciado por la Fundación Bancaria que acoge a personas con diversas discapacidades, así que la celebración del evento en ese entorno dificultaba en cierta manera sus rutinas y su estancia. Por lo tanto, y aunque sea una cuestión que intentamos liquidar desde que se produjera la mudanza, convendría dejar zanjado el asunto. La denominación del festival también ha sufrido varios cambios, pero sin duda, su mayor logro o característica residía en la participación de estrellas locales junto a leyendas internacionales. Una especie de seña de identidad. Un protocolo que mucha gente elogiábamos puesto que el kilómetro cero salía beneficiado, y el público llegado a Bilbao procedente de otros puntos de la geografía tenía la oportunidad de fichar nuevas bandas, si bien el grueso del pelotón era y es, generalmente, autóctono.
Pues, lamentablemente, ese plausible recurso no se ha podido efectuar debido a, según hemos podido saber, protestas vecinales por el ruido y las molestias que el escenario exterior del Bilbao Arena, que era el emplazamiento dedicado a este cometido, ocasionaba. Contrastes. Discrepancias. Desconciertos por unos conciertos que finalizaban a una hora prudencial, y si seguimos por este camino, la Aste Nagusia, las fiestas patronales, los acontecimientos musicales o todo aquello que congregue gente o huela a propuesta cultural (no nos darían los dedos de las dos manos para sumar ejemplos), se escapa por la cañería. Es triste. Nefasto, y en este caso, un profundo dolor porque las bandas locales (el entramado musical en general) vegeta como puede en un hábitat por momentos irrespirable. No es hora ni lugar para crear debates que, por otra parte, uno es de la opinión que lo único que generan es ruido, precisamente la pseudo molestia por la que este año las formaciones locales no han tenido su espacio, el llamado Voodoo Child que tantas satisfacciones ha proporcionado. Una lástima, reiteramos, porque era uno de los grandes alicientes (para quien firma) de los muchos que dispone el cómodo BBK Legends Bilbao.
Para rematar, a última hora conocíamos la baja de Tom Morello, quien se suponía captaría la atención de numerosas personas venidas por tierra, mar o aire, pues su visita se anunciaba como exclusiva. Otro palo. Una piedra más en el zapato. Escaso margen de maniobra tenía el equipo organizador, es decir, la agencia Dekker Events, para llegar a un rápido acuerdo con otra banda, aunque en nuestro fuero interno cabía la posibilidad de acudir al siempre eficaz producto local. No fue así. Nuestro gozo en un pozo, si bien hemos de admitir que los dos pases que ofrecería Beat (es su modus operandi en la gira que recoge el legado de King Crimson) para poner el broche de oro a la novena edición nos pareció una acertada solución. Evidentemente, un número significativo de gente acudiría al festival seducida por la participación del ex Rage Against The Machine o Audioslave, así que la organización se puso inmediatamente manos a la obra y quizás este imprevisto motivara que el acceso al recinto haya sido diferente al de años precedentes, o puede que sean meras y particulares especulaciones.
La popular ley de Murphy viene a especificar, entre muchas teorías sobre el azar, los sinos o los acasos, que las búsquedas se pueden acabar en el lugar más inesperado o, indiscutiblemente, en el último al que acudes. Después de recibir el comunicado del neoyorkino e imaginamos que, tras el pertinente gabinete de crisis, eso le ocurriría a la gente de Dekker Events. Tenían delante el remedio a sus males y, desatendiendo quizá otras posibilidades, confiaron en el set completo de Beat, quienes tenían previsto subir al escenario por delante de Morello empleando la mitad del repertorio, siendo, bajo nuestro punto de vista, una acertada decisión porque Tony Levin y Adrian Belew, dos ex tripulantes de la nave nodriza, más Danny Carey, baterista de Tool y el afamado guitar-hero Steve Vai, remataron juego, set, partido y torneo con una aplastante victoria. En olor de multitudes. Con grandes ovaciones y un caldeado ambiente como resultado a una edición que difícilmente quedará en el olvido ya que ha tenido su intríngulis. No ha sido fácil, pero se ha solventado con buena nota.
El calor fue otro factor común en todas las actuaciones. Tanto en formato como en forma, ya que la totalidad de artistas dejaron un grato recuerdo y la temperatura reinante pudo producir algún desfallecimiento. Que se lo pregunten si no a David Lowery, que debió pedir a los roadies que el ventilador orientado hacia el gigantón Bryan J. Howard cambiara de dirección, mientras que las norirlandesas Dea Matrona que inauguraban jornada y edición, buscaban constantemente el auxilio de las aspas giratorias bien por la momentánea sensación de sofoco, bien por mostrar al viento las pelirrojas melenas. Su rollo popero que combina ecos de su tierra natal con ritmos bailables y giros sensuales, agradó a gran parte del público que supo recompensar con merecidos aplausos y coros ocasionales la conducta del cuarteto en la despedida “My Own Party”, si bien diremos a su favor que durante los minutos asignados interactuaron con el respetable manteniendo una línea agradable y constante. Alternaron micrófono principal e instrumentos, canciones de su segundo trabajo como “Magic Spell” o “Hate That I Care” que encabeza disco y actual gira, con piezas de su estreno como “So Damn Dangerous” o “Black Rain”, y aclamadas adaptaciones como la celebérrima “Oh Well” de Fleetwood Mac que es básica en sus performances. En su tercera visita al botxo demostraron por qué han funcionado como banda de apoyo de Foo Fighters, Sheryl Crow o The Darkness, con quienes curiosamente actuarían hace ocho meses cerca del multiusos de Miribilla. Inicio prometedor.
Turno de Cracker, quienes estuvieron un mes después de sus compañeras de cartel en el ciclo Music Legends, germen del festival a donde no logramos acudir porque los tickets se agotaron en un periquete, aunque cabía la posibilidad, es más, apostamos, a que integrarían el próximo plantel del BBK Legends Bilbao. Acertamos y una vez más, los virginianos-californianos demostraron su casta. Una vez más su actuación transcurrió en un suspiro, a toda velocidad. Una vez más justificaron su condición de conjunto fundamental exhibiendo su profundo y florido fondo de armario, si bien alguna de las canciones de la escaleta eran cuasi obligadas como la extraordinaria “Another Song About The Rain” cantada por el sonriente Johnny Hickman, poniendo así la guinda al pastel y provocando unas cuantas lágrimas de emoción en los semblantes de la ensimismada audiencia. Tal vez el hecho de ser una troupe por la sintamos predilección nos lleve a no ser imparciales, pero posteriormente pudimos intercambiar impresiones con varias personas y el veredicto era unánime a la hora de valorar la intervención de Cracker: fascinante pero fugaz, directa y excitante. Como ocurriera en noviembre, venían acompañados de la hiperactiva violinista Anne Harris que suscitó todo tipo de sentires dado su dinamismo, aunque uno opina que realzaba su sonido en demoledoras canciones como la inicial “St. Cajetan” en la que la guitarra del señor Hickman se erigía capital, en la imprescindible “Low” robustecida por la gruesa garganta de David Lowery o la dicharachera y no menos esencial “Eurotrash Girl” en la que brilló la steel guitar de Matt ‘Pistol’ Stoessel; en la notable “You Ain’t Going Nowhere” que rememoró al señor Zimmerman recubierta, eso sí, de acento soulero gracias a la tesitura vocal del señor Howard, o la evocadora “Pictures Of Matchstick Men” de Status Quo, otros que pisaron el mismo escenario y descubrió al hombre de la retaguardia, el baterista Coco Owens. Éxtasis, un refrigerio y algún tentempié, porque se acercaba otro momento estelar.
Veníamos de la espera ocupada con anterioridad por figuras locales que terció un tanto dolorosa por la falta de estas, así que debíamos sobreponernos al infortunio con otra función de Chris Isaak. Regresaba al festival el día de su setenta cumpleaños, cosa que el pabellón sabía de antemano y obsequiaría dedicándole un multitudinario “Zorionak zuri!” mientras recibía una tarta conmemorativa y sus acompañantes escoltaban tocando la que creían se convertiría en “Happy Birthday”, pero estábamos en Bilbao, ¿no? Aparte de su lugarteniente, el bajista Roland Salley, había caras nuevas. En el set de batería, un tipo cotizado como el barbudo Chris Powell, en el del órgano y con acordeón también, Michael Webb, y como guitarrista, un hombre al que sigilosamente seguimos la pista desde hace tiempo y nos dio un subidón cuando le vimos: J.D. Simo. Hablando de, casi dos horas de recital en el que no faltaría el acostumbrado paseíllo por el patio de butacas (“Here I Stand”) o los taburetes que de cuando en cuando aparecían tras bambalinas (“Forever Blue”), sus carismáticos falsetes (“Somebody’s Crying”), las repentinas y salerosas coreografías (“Put Out Your Hand”), las versiones que a su vez son autobiográficas (“Oh, Pretty Woman” o “Can’t Help Fallin In Love”), las propias que son históricas (“Somebody’s Crying”), minutos para caricias y mimos (“Two Hearts”), para los movimientos de cadera (“Dancin’”), o de nuevo, para la ternura (“Blue Hotel”). Estaba claro que, si su primera aparición en el Legends tres años atrás dejó poso tanto por el espectáculo ofrecido como por la elevada asistencia, su llamamiento podía entenderse comprensible vistos los antecedentes y, en cierta manera, los acontecimientos le otorgaban el papel de artista principal con el permiso, eso sí, de sus partenaires. Siguiendo el ritual, cambió de vestuario para el extenso bloque final invitando a varias asistentes al escenario (“Baby Did A Bad Bad Thing”), metiéndose en la piel de James Brown y bajando de nuevo al foso (“I’ll Go Crazy”), soplando la armónica (“Shake Your Hips”), cantando célebres corridos (“La Tumba será el Final”) o poniendo corazones y sentimientos a flor de piel con el country final “The Way Things Really Are”. Apoteósico, tanto como la celebrada “San Francisco Days” cristalizada en un “Bilbao Days” espeluznante, una “Don’t Leave Me On My Own” que reclamaría el compromiso colectivo, y por supuesto, la prestigiosa e inexcusable “Wicked Game” interpretada en el primer tramo del show que, gracias a su amigo David Lynch, situó al señor Isaak en lo más alto. Dos de dos.
Después de una vibrante jornada inaugural, la sabbathica procedió como tal, ya que los suecos Graveyard y el cuarteto Beat desplegaron todo su arsenal psicodélico, progresivo, denso y compacto. Los primeros pasaban por ser otra de nuestras bazas y los segundos, una incógnita pese a que King Crimson fuera atendida y hasta profesada en los ochenta. La excusa de esta alianza, los álbumes “Discipline”, “Beat” y “Three Of A Perfect Pair”, pero vayamos por partes mejor. A la hora de escribir estas líneas hemos podido saber que el fino guitarrista Jonatan LaRocca Ramm, quien era miembro de la formación (con la salvedad de un breve paréntesis) desde el principio, ha tomado, según el comunicado emitido, una de las decisiones más difíciles de su vida, pues ha llegado el momento de separar sus caminos. Una lástima, aunque con toda seguridad quien cubra su baja será un digno sucesor, ya que la cantera escandinava está en constante renovación. Graveyard es, sin duda, uno de sus puntales desde que irrumpieran con el típico-tópico disco de presentación encabezado con su seudónimo y años más tarde se encumbraran con “Hisingen Blues”. De él examinaron una “Uncomfortably Numb” que aunó movimientos sincopados de testas o la propia titular logrando el sortilegio general, algo que se olía o se presentía desde el comienzo. Desde la atronadora, frenética y rabiosa “Please Don’t” que introdujo a la gente, cuasi boquiabierta y en estado de absoluta traslación mental, en su alucinógena esfera de hard blues. Si por alguna causa inexplicable alguien no se había despojado de lastres cotidianos, arremeten con “Walk On”, una de esas canciones llamadas a formar grandes tumultos en las primeras filas, a elevar los puños, a expulsar los malos augurios, y a encender los ánimos del personal, cosa que sucedió durante un espectacular simposium sobrado de espíritu combativo. Un ejercicio repleto de canciones delirantes tipo “Bird Of Paradise” o emotivas evocaciones tipo “Rampant Fields”, amplificadores a toda potencia y máxima atención e intención. Dieron un minucioso repaso a su discografía pillando canciones de aquí y de allá, Oskar Bergenheim sobresalió con sus tambores y platillos en “Ain’t Fit To Live Here”, el impulsivo bajista Truls Mörck sustituyó en las labores de cantante principal a Joakim Nilsson en “From A Hole In The Wall”, este puso sus cuerdas vocales en riesgo cuando llegó el turno de “Goliath” y rindieron a gran nivel. Inmensos como “The Siren”, otro de sus talismanes que actuó cual cataplasma cerrando heridas y una intensa, sudorosa y meritoria apertura.
Como colofón a este Legends extraño, otra representación, doble para ser más exactos, a la par. Inusitada para certámenes del pelo dada su característica, división y duración, inusitada por la situación que ya hemos explicado; inusitada porque Adrian Belew aclararía que, a pesar de centrarse en un cancionero con cuarenta y tantos años de historia, King Crimson nunca tocó en directo. O sea, estábamos frente a un acontecimiento que podríamos calificar como único e irrepetible, si bien es cierto que esta peripecia se venía fraguando desde el año pasado (grabaron un directo en Los Angeles) y tiene programadas bastantes fechas durante el verano. Todo apuntaba hacia el éxito o cuanto menos hacia un trabajado triunfo que la afortunada concurrencia sabría valorar en su justa medida, aunque los primeros minutos de “Neurotica” funcionaron como tal. Neuróticos, confusos, erráticos, difíciles y con serios desajustes técnicos, algo que pudieron rectificar en “Neal And Jack And Me”, segunda de la noche que seguía el orden establecido en la grabación, lo cual nos llevaba a pensar que quizás, tal vez o a lo mejor, el congreso continuaría por los mismos derroteros. Así fue. Fueron cayendo cual piezas de dominó “Heartbeat”, “Sartori in Tangier”, “Model Man”, el sonido empezaba a ser cristalino y cada músico en sus respectivas posiciones o disposiciones concentraba la atención de un público desquiciado en el buen sentido del término. El Chapman Stick, un híbrido entre guitarra y bajo de Tony Levin levantaba estupores, la peculiar batería de Danny Carey estimulaba, la expeditiva guitarra de Steve Vai agrandaba aún más su reputación y el señor Adrian Belew se encargaba de animar con su energía a la gente allí presente. Los cuatro contaron con sus minutos de lucimiento, lo cual es prácticamente inexorable en una creación que se sustenta en las progresiones instrumentales, en las escalas, en las frecuencias o en las variaciones melódicas; en las múltiples fusiones, en las latentes vibraciones, en los éteres de “Industry”, en la creciente percusión de “Waiting Man” que marcaba su regreso tras la anunciada pausa o en la experimentación de “The Sheltering Sky”. No deberíamos olvidar que la trilogía original se compuso en la primera mitad de los ochenta, en aquella época podía ser tildada como rara avis y el cosmos creado antaño nos ha brindado esta segunda oportunidad, así que este resurgimiento alrededor de un elefante observador (“Elephant Talk”), bien vale un pequeño esfuerzo por parte de la afición. Es indudable que no hablamos de una música sencilla o asequible a todos los oídos, pero se trata de una historia y una reunión de copete. Todo un lujo, vamos. Una fortuna para los sentidos (“Indiscipline”), una auténtica leyenda que encajaba perfectamente en el festival de denominación de origen dejando su impronta (“Red”) colorista y legendaria. Inolvidable. Magistral.











