Lucero: “Should’ve Learned By Now” | GR76


Pocas bandas pueden presumir de cohesión o conexión como Lucero. Pocas bandas han forjado una sólida sociedad como Lucero, y pocas bandas, bajo nuestro punto de vista, claro, cantan con tanta dulzura a la amargura como Lucero. Pocas bandas se enfrentan al dolor con ese coraje, invierten la angustia en confianza o exploran el alma como los de Memphis. Pocas bandas como ellos nos han robado el corazón desde el día que escuchamos una primera canción que no tenía por qué ser su primera, pero sí pasaba por ser nuestro descubrimiento personal. Recordamos el título de ese chispazo, cómo no, pero no viene al caso recordarlo, pues su duodécimo álbum, “Should’ve Learned By Now”, es el motivo de este escrito. Doce discos, veinticinco años, numerosas anécdotas para guardar bajo llave o revelar en animadas tertulias de bar, multitud de sentimientos y sensibilidades. Multitud de aventuras, pruebas y sondeos.  

Evidentemente todos cambiamos y hemos cambiado, todos buscamos, encontramos alguna vez, hemos progresado incluso resbalado, y de cuando en cuando hemos arriesgado. Nos hemos enamorado, hemos batallado, enderezado el rumbo, pisado a fondo, resurgido, y quien más quien menos, se ha equivocado. Todos hemos perdonado, hemos cruzado imprevistas fronteras, hemos sellado amistades con un simple apretón de manos o nos hemos tenido que despedir cuando no lo habríamos deseado. Todos hemos cavado hondo y de alguna manera hemos plantado cara a las adversidades. Y ahí, en toda esa amplia gama de contextos, circunstancias y situaciones, servidor ha recibido el inestimable refuerzo anímico de Lucero, ha percibido el carácter indomable y la camarería del señor Ben Nichols. Por lo tanto, “Should’ve Learned By Now” no debería ser diferente al resto de una discografía cuajada de Rock n’ Roll, repleta de sonidos subterráneos y estrépitos varios que resuenan en los rincones de Tennessee. 

Y una vez escuchado, va a ser otro hombro amigo que escuchará nuestras plegarias, otra oronda espalda que soportará el peso de nuestras preocupaciones; el insoldable armazón que comprenderá nuestros tormentos o calmará nuestros impulsos gracias a estremecimientos como “She Leads Me”, gracias a escalofriantes testimonios como “Raining For Weeks” o taxativos episodios como “Nothing’s Alright”. Uno atiende las melancólicas canciones de Lucero como si fueran vivencias propias y se desgañita con sus raciales arrebatos de histeria, así que mal se tenía que dar la cosa para que en esta ocasión no sucediera algo parecido. Ahí está, sin ir más lejos, la inicial “One Last F.U.”, tradicional movimiento del quinteto que fusiona semillas y esencias, ritmos y gritos que de alguna manera establecen la naturaleza de su alianza. Además, supimos que el álbum estaba compuesto por una decena de canciones descartadas en sus dos anteriores entregas, “Among The Ghosts” y “When You Found Me”, pues consideraron que no se adecuaban a unos discos más introspectivos, más profundos, más oscuros quizá. Por lo tanto nos deberíamos topar con un elepé más animado en el aspecto gramatical o más eufórico en el terreno musical, pero… Siempre hay un pero. Siempre habrá enmiendas, aunque en este caso, sus compases, afirmaciones o cuestiones mantienen la peculiar firma de Lucero, y eso es síntoma de calidad.

Veníamos de un último lanzamiento que abrió un profundo debate entre la marabunta, entre quienes veían inesperados ademanes o quienes defendían razonables posturas cuando en realidad todo este fregao se ciñe al riesgo creativo de los artistas, y este nuevo ejemplar, aun sabiendo que aparecerán opiniones de todo tipo, es otro artículo de lujo facturado en la factoría Lucero. Para quien suscribe lo es, porque de lo contrario no estaría esbozando un par de ideas, no añadiría una coma más o colocaría más renglones ya que personalmente no me seduce la idea de hablar por hablar, lanzar alabanzas por norma o censurar sin autoridad esgrimiendo una figurada libertad. Lucero, o sea, el ya mencionado Ben Nichols (cantante y guitarrista), Brian Venable (guitarrista), John C. Stubblefield (bajista) Roy Berry (baterista) y Rick Steff (organista) se han ganado nuestra simpatía, lo cual les convierte en unos tipos merecedores de una bien administrada prudencia, casi tan respetuosa o recatada como “Drunken Moon”, romántica avenencia ensalzada por los bellos teclados del señor Steff, por su moderada y emocionante cadencia y el nostálgico tono vocal de Nichols.

Como ya hemos apuntado, revisan ese material inédito, deciden darle una segunda oportunidad y trabajan en Sam Phillips Recording Service de Memphis con esos apuntes acondicionados para un nuevo volumen de sintomática inscripción. Es inherente a su personalidad y no deja de ser una reflexión que deberíamos llevar anotada como una de las prioridades en esta encrucijada a la que habitualmente tratamos con demasiada frivolidad. En cualquier materia, por cualquier motivo. Una vez cumplido el primer objetivo, se plantan en Southern Grooves Productions, la oficina del laureado ingeniero Matt Ross-Spang, un hombre que conoce las particularidades del quinteto porque ya habían trabajado codo con codo anteriormente, y, según Nichols, sabe qué artimañas emplear en cada momento. Y allí es donde moldean sus contornos, optimizan métodos y ajustan recursos hasta conseguir el sonido requerido por unas composiciones de discurso sarcástico, ingenioso, combativo, fortalecedor y profundamente reconstituyente como el diseñado por Nichols, responsable a su vez del trabajo ilustrativo en su conjunto.

¿Y el resto del álbum? Pues muy aconsejable y bastante identificable, lo cual no debería ser, ni mucho menos, objeto de disconformidad. Tal vez más rabioso y un poco más subversivo que los precedentes, algo que podría acercarnos a su perfil más pendenciero, más protestón o más punky caso de la titular “Should’ve Learned By Now”, si bien en su desarrollo encontramos remiendos que reafirman su vasta capacidad de mimetismo. La función del señor Venable se nos antoja crucial, ya que su guitarra se amolda perfectamente a los requisitos de cada canción tanto en la labor ambiental o rítmica (“Macon If We Make It”) como en los momentos de lucimiento personal (“Buy A Little Time”), mientras el resto del personal, los señores Stubblefield y Berry, dirigen el cotarro armonizando con gran efectividad. Como ejemplo, “At The Show”, una canción que pese a la asistencia de unas teclas soberanas, regula su balanceo al ritmo impuesto por ambos teniendo, de paso, bastantes boletos para ser efusivamente coreadas en sus actuaciones en directo al igual que “Time To Go Home”. El obligado cierre. El remate final. Una despedida distendida, fluida y festiva, puesto que es una pegadiza canción de cantina que rápidamente llama a la jarana y diversión antes de marchar a casa guiados por el brillo de un acordeón que hará las funciones de faro iluminando el camino, orientando los pasos de Lucero, que bien mirado no deja de ser, como el faro, otro foco, otro resplandor.

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