King Sapo: “Sexo en Marte” | GR76


Tiempos duros, tiempos extraños. Tiempos de dudas y preguntas, de respuestas inconexas e imprevistas venturas, tiempos de números superficiales y ridículas urgencias. Tiempos de encubierta información y contradicciones entre los pobladores del parlamento virtual en los que algunos nómadas del rock and roll nos asesoran y amonestan con su armonioso discurso envuelto en papel celofán. En este caso esos nómadas son los King Sapo. En este caso, esas cartas, esas arengas o esas reflexiones figuran en “Sexo en Marte”, su nuevo estudio sobre el maldito entuerto que nos tiene encadenados con grilletes. Y no, no hablamos de la jodida diecinueve que sigue dando el coñazo con sus vértices, bifurcaciones y vórtices, sino a este caprichoso laberinto que es la vida, que es en definitiva el logaritmo esgrimido por los amigos King Sapo en su compost creativo. O sea, razonamientos o correctivos sobre la condición humana adobados con ardientes composturas fundamentadas en el rock sin concesiones, en las guitarras afiladas, en los ritmos apasionados, en las psicotrópicas encrucijadas y en las turbadoras fases de estruendos, espíritus o imágenes.    

Aunque tuviéramos en mente hablar sobre este elepé semanas atrás, el “Desorden” que gestiona nuestra rutina echó por tierra esa intención al tiempo que escuchamos un cuasi premonitorio adelanto que fusionaba distintos conceptos musicales. Poco desorden hay en “Desorden”, por cierto. Tanto en su apartado poético como musical, porque en su transcurso percibimos remiendos funk, ácidas parábolas y consonancias esotéricas que aceleran pulsaciones en un sentido u otro manteniendo, como dice la canción, tu cabeza como un presidio obligando a pedir auxilio en mitad de la nada mientras Andrés rasga vertiginosamente las seis cuerdas… mientras Alberto somete con su titánico trabajo con el bajo… mientras Javi dirige el cotarro con címbalos y timbales… o mientras Jesús somatiza con sus metáforas e indicaciones. Podríamos decir que perdimos el control, que dice otra canción. Podríamos decir que dejamos pasar el “Temporal”, que a todo esto, es esa canción. Podríamos decir que flotábamos boca abajo en medio de la confusión, que por otra parte es el esquizofrénico comienzo del disco por medio de “Te sigo, te huelo”, o podríamos seguir coreando hasta la extenuación el conocido estribillo de “Fénix” que altera frecuencia y PH respecto a la versión incluida en “Lengua Púrpura”, el ensayo acústico publicado el año pasado.

Por una razón u otra, postergamos ese propósito, y gracias a esa inconsciente moratoria, las estrofas han adoptado diferentes formas. Las melodías, variadas fisonomías. Se van cicatrizando algunas heridas, se impone el rock and roll y examinamos, gracias a las vibraciones y los agudos de Trujillo en “Deja que vibre”, las bondades de una formación obstinada, una formación que, al margen de subjetivas apariencias o retorcidas analogías, manipula una fascinante bola de cristal en la que podemos apreciar estrellados cosmos en la segunda revisión de “Lengua Púrpura”, diferenciada con la anterior en su electricidad, en su frenético compás, en su número ordinal y en un arreglo de guitarra que esos que quitan el hipo e imaginamos rompe cuellos en sus funciones. O infinitos horizontes tornasolados en los que se adivina el resplandor del vicioso slide (”Insecto”), concurridos arenales bañados por aguas cristalinas (“La vida es hoy”) donde la manifiesta fraternidad es un acicate para continuar en la pelea, o nostálgicas postales (“La realidad de ti”) que de alguna manera muestran las dos caras de la moneda: la melancolía, las espinas, el perdón, la exaltación.  

Y el final… El final es demoledor. El final no es una despedida. El final es una llamada de atención. El final es un escalofrío que recorre la médula espinal obligando a que la epidermis erupcione, obligando a repasar instantes vividos o momentos compartidos con seres queridos. El final es una progresión de liturgias y misericordias, un recóndito barranco dispuesto para mirar hacia los lados, enterrar polémicas y abrazar al amor. El final es un nirvana de presencias y sentimientos, un lírico universo lleno de embrujos. El final es… Es pluscuamperfecto, el título nominal. Es “Sexo en Marte”, que después de la impetuosa “Todo se rompe” despliega un derroche de recursos, polivalencias y detalles de autoridad y conocimiento estilístico-generacional que no dudamos pongan en órbita a quienes la escuchen, a quienes la sientan, a quienes supliquen con ella o a quienes cedan con ella. Nosotros cedimos ante la fuerza del rey lagarto, y ahora, bueno, hace tiempo, ante el rey batracio.

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