El poder de la gente, el poder de las guitarras, el poder del Azkena, el poder del rock | GR76


Jueves 16, viernes 17 y sábado 18 de junio de 2022 en Mendizabala, Vitoria-Gasteiz

El encabezamiento (que para uno suele ser un absoluto rompecabezas) nos lo puso en bandeja de plata la reivindicativa Patti Smith: People have the power. Sencillo, eficaz, rotundo, fidedigno, directo. A partir de esa máxima, solo había que desarrollar la idea, solo teníamos que enlazar el enunciado con nuestras impresiones sobre estos tres días en el paraíso, en la explanada de Mendizabala, en el Azkena Rock Festival. Pongamos desde el principio las cartas sobre la mesa, partiendo de la base que todo en la vida es mejorable, incluido el Azkena Rock y por supuesto, nosotros mismos. Porque no somos más que una pieza de este inmenso puzle. Somos diferentes y parejos, somos como la luna y el sol, somos cercanos, somos reservados y enrevesados, lenguaraces y atrevidos. Y aquí, en este último punto nos venimos arriba con demasiada facilidad. Una vez finalizado el festival, llegan las opiniones, los debates, las sentencias y algunos juicios sobredimensionados y un tanto estériles (siempre bajo nuestro punto de vista, claro), las peloteras sobre algunas actuaciones, los grandilocuentes veredictos sobre fulano o mengano o algunos nombres que no “pintan nada” en el festival. Vamos, un clásico. Habitual. Llegan las supuestas clasificaciones, los rifirrafes sobre los horarios, sobre las coincidencias, sobre las acertadas elecciones o los desengaños, los descubrimientos y hasta las referencias a una climatología que, por un motivo u otro, nunca acompaña, porque en todos estos años hemos soportado temperaturas veraniegas, gélidas madrugadas, impresionantes atardeceres y tardes variables, indiscriminadas ventiscas, incómodos sirimiris, lluvias torrenciales e instantes de tregua ambiental. Estamos al aire libre, desnudos ante los astros, sometidos a su designio y tratamos con desidia al planeta, ¿o no? Pues eso, cuando toca, hay que resignarse.

Love Stage, en memoria de Neal Casal y Sylvain Sylvain

Repasando las últimas ediciones, hemos venido elaborando regularmente resúmenes más o menos detallados porque creíamos que la ocasión lo requería, porque brotaban las palabras o simplemente porque nos apetecía, y en este caso debíamos seguir con la regla no escrita pero autoimpuesta. Se trataba del vigésimo aniversario del festival, y eso condiciona. Constaba de tres jornadas, algo que ha sucedido otras veces, y eso también ayudaba. Se trataba de la tan esperada vuelta tras el padecimiento de los dos últimos años, y se presentaba una buena oportunidad para cerrar un ciclo y comenzar otro. Sin embargo, hay algo que no termina de cuajar en este maremágnum de fantasías, nociones y paranoias que corretean a su libre albedrío por la mollera. Ha sido una vuelta especial, sí. Ha sido una edición de muchas melancolías y emociones como para guardar bajo llave en algún lugar secreto cercano al corazón, sí. Podríamos decir que el montante de artistas establecía una interesante comitiva, sí. Hemos coincidido con esos colegas que son vistos una vez al año, sí. Hemos llorado como madalenas en este reencuentro, por supuesto. Nos hemos abrazado, besado y hemos botado de felicidad juntos, también. Juntos y revueltos hemos trazado diagonales en la explanada unas diecisiete veces o más, evidente. Siempre de izquierda a izquierda, de yerba a yerba. Así no hay pérdida. De cuando en cuando alguna escapadita furtiva hacia otro escenario, los WC, los puestos de merchan o alguna parada para el avituallamiento, pero nuestra brújula señala su propio norte. Nuestro itinerario. Nuestra forma de entender esta reunión centrada en el rock and roll que nos une y nos da cobijo cuando lo necesitamos. Nuestro convenio, ese que nunca hemos firmado pero ahí queda sellado, en el verde de Mendizabala. Así que nos lo tomaremos con tranquilidad, bajo nuestra ordenada anarquía.  

Respect Stage, en memoria de Dusty Hill y Rachel Nagy

Esta edición estaba programada sin ostentar esa distinción de vigésimo aniversario, pero las ya conocidas circunstancias que boicotearon nuestras vidas y a las que esperamos no tener que recurrir salvo este pequeño apunte, proporcionaron este desenlace. Veinte años y diecinueve ediciones, así que la siguiente será otra feliz conmemoración.  Burning since 2002, que se puede leer en el logo del festival. The power of guitars, que tenemos asimilado como eslogan y uno mentalmente unió con el people have the power al tiempo que la muchedumbre frente al God Stage enfervorizada y entregada colaboraba con Patti Smith, quien, según varias personas con las que pudimos hablar, fue la auténtica triunfadora de la edición. Algo que no rebatiremos, porque su semblante dibujaba una extraordinaria sonrisa de comicidad con la asistencia, su mirada irradiaba un brillo especial y qué coño, la tía ofreció un concierto de pelotas, un concierto pleno de himnos que será recordado en años. ¡Olé tu coño…! Que entusiasmada le espetó una de esas camaradas de las que antes hablábamos. Pero en este aspecto de triunfadoras o laureadas, uno es más simple que el mecanismo de un chupete. Nos quedamos con la gente. Nos quedamos con el público, con la asistencia, con sus fans o sus visitantes, nos quedamos con el buen rollo que impera en Mendizabala, en el aparcamiento-hospedaje-restaurante de Mendizorrotza, en el camping contiguo, en la plaza de la Virgen Blanca u otros rincones de la ciudad. Nos quedamos con la gente que imprime tanto carácter al festival como el propio festival. Nos quedamos con su diversidad. People have the power, no lo olvide usted.

Dirty Honey

El trayecto de Bilbao a Vitoria-Gasteiz poca complicación tiene, es llevadero en tiempo y suficientemente ameno como para no aburrirse, y si te acompaña como banda sonora un poquito de los Allman, algo de los King Sapo, pedacitos de Tony Joe White, Kenny Wayne o los imprescindibles Last Fair Deal, pues el parque natural de Gorbea luce más hermoso de lo que es. Un trayecto cómodo y menos pesado que el realizado desde las ínsulas (mediterráneas o atlánticas), Galicia, Extremadura, Catalunya, Levante, Aragón, Andalucía o diferentes territorios mundiales, así que vaya desde aquí nuestra profunda admiración por esa gente que emprende el camino con cientos o miles de kilómetros por delante. Gente experimentada o gente aventurera que se ha guiado por los consejos recibidos. Hay de todo, como en botica. Pero en Mendizabala no hay rangos, no existen las distinciones entre veteranía e inexperiencia. Todos somos, una vez colocada la pulsera acreditativa, azkeneros o azkeneras de por vida. El ritmo de vida, las ganas, las distancias o las puntuales circunstancias pueden no ser favorables para volver a atravesar el acceso al recinto, pero en un muy elevado porcentaje, quien asiste por primera vez, repite. Tripite. O insiste más y más, porque hablamos del Azkena Rock Festival, un parque temático donde tienen cabida ramificaciones varias del universal rock n’ roll; un espacio sin fronteras, libre de ideologías y exento de clases o condiciones. Un área desprovista de aprietos y pesadas mochilas personales donde puedes refrendar eso de people have the power.

Morgan Wade

Y así, vagando sobre el mismo concepto, nos percatamos de un desliz, y alguien podría pensar que aún no hemos abordado el fondo del asunto. Vale, tan solo hemos mencionado a Patti. Y a la gente, porque seguiremos remarcando esa gente y ese tácito poder que en el veintidós ha sido el quid de la cuestión. Lo que pasa es que enunciar los nombres y apellidos de las miles de personas que hemos pisado el remozado asfalto de Mendizabala (buena noticia para evitar esguinces y otros infortunios) o hemos convertido los verdes perimetrales en forraje para animales, se nos antoja muy complicado, y reiteramos que la sustancia de este experimento cuasi emocional está en la gente, en su perseverancia, en su romanticismo, en su fascinación, en su entereza y en sus irrefrenables ganas de disfrutar caiga la que caiga. Estemos con el agua al cuello o al borde de un precipicio. El ARF, el mejor remedio, el mejor compuesto vitamínico para superar la zozobra, un recomendable antioxidante para el esqueleto. Y por lo visto, durante ese fin de semana se registró en Vitoria-Gasteiz un masivo brote de júbilo, alivio, compañerismo, exaltación, felicidad… Nada que ver con intrusos ni seres extraños que necesitamos olvidar y expulsar cuanto antes de nuestras vidas. Quedó certificado en el célebre e hipercoreado ‘GI… EL… OU… AR… AI… EI…’ escrito por Van Morrison que en voz de la señora Smith también adquiere su trascendencia. El orfeón de Mendizabala se comportó. El orfeón de Mendizabala ofreció un alto nivel de compromiso, a la altura de recordadas cooperaciones como “Euro Trash Girl”, “Proud Mary” o “Sweet Soul Sister” y por las entrañas de Mendizabala circuló un serpenteante escalofrío. Siempre decimos que nos sentimos en la gloria en los dominios del ARF, pero en esta ocasión fue literal. Sensacional. Impresionante. Colosal.

Hiss Golden Messenger

Y por fin, tras dos años de sequía, dos años de dimes y diretes, dos años de nieblas, tormentas y tormentos, cruzamos el umbral junto a un mogollón de gente tan ansiosa como nosotros. Primeros minutos de reservas, miradas y estudios de la situación. Primeros minutos de incredulidad. Primeros minutos de las tan extrañadas prisas, porque el acceso al recinto tuvo su complicación y su efecto embudo a primera hora de jueves, pero los trabajadores pusieron todo su empeño para que fuera lo más liviano posible, así que para todos ellos vaya nuestro aplauso, antes que el brindado a los Dirty Honey, los encargados de inaugurar el certamen en el escenario principal bajo una temperatura sofocante para las fechas en las que estamos. Sudaron de lo lindo los tíos, sudamos de lo lindo los espectadores que estábamos buscando cual santo grial un pequeño trozo de sombra o un soplo de aire fresco y demostraron tener agallas. Demostraron porqué han conseguido en poco tiempo el status que ostentan y su apetito así como una orientación que unas veces les acercaba a los Crowes, otras a sus paisanos Rival Sons u otras como los Montrose. O sea, classic rock, rock enclaustrado en generaciones pasadas pero que sigue teniendo, pese a agoreros o incrédulos, suficiente peso en la actualidad. Y como muestra, un público entregado que vibró con los efusivos trallazos de guitarreo californiano en “Heartbreaker”, con fragmentos más arrolladores como “Down The Road” donde la voz de Marc Labelle rozó escalofriantes agudos, canciones de auténtico estremecimiento como “Another Last Time” aptas para el lucimiento de John Notto a las seis cuerdas, o frenéticos ritmos como “California Dreamin’” en los que sobresalía el tándem Justin Smolian-Corey Coverstone, bajista y baterista respectivamente. Inicio prometedor.

Morgan

Comenzaban los intercambios de escenario que en esta jornada inaugural recordarían las primeras ediciones en las que el traslado era de este a oeste y viceversa (la carpa del Trashville abriría sus puertas también), así como los continuos cambios de registro, porque en el Respect Stage, donde figuraban los nombres de Dusty Hilly y Rachel Nagy, la siguiente en actuar era Morgan Wade, una joven muchacha que ha irrumpido con fuerza en la escena country de su país. Había curiosidad. Teníamos ganas de ver a la chavala, cierto es. Con el despótico lorenzo en plenitud y buena imagen en cuanto a público rondando el lugar, comenzó su actuación un tanto titubeante y moderada, y aunque nos habría gustado que esa circunstancia variara, fue la tónica de su presentación en el ARF. Tampoco vamos a ir ahora de exquisitos, porque en su disco “Reckless”, ampliado este año con seis nuevas canciones, su rollo entre pop y country resulta inequívoco, así que nada que objetar. Cuando miras demasiadas veces el reloj, por algo será, aunque nuestra justificación a tanta insistencia tenía un único motivo: Hiss Golden Messenger, una de esas citas obligadas de la edición. Un valor que cotiza en bolsa, una equis compartida por mucha gente que terminó siendo un símbolo de aprobación, un símbolo de ok, porque MC Taylor y sus compañeros se cascaron una función de nota pese a un volumen un poco apagado. La primeras escaramuzas con “As the Crow Flies” eran prueba evidente de que estábamos ante una banda que se nutre de las raíces norteamericanas. El público reunido animaba sin cesar a los chicos, las teclas de Sam Fribush establecían el poso soulero necesario para mover caderas en “Bright Direction (You’re A Dark Star Now)” mientras el resto de sus compañeros cruzaban cómplices miradas enseñando sus credenciales, y la sensación de plenitud, de libertad, de paz interior (para un servidor) llegó cuando con MC Taylor se colgó la acústica e interpretó “My Wing”, una canción escuchada demasiadas veces estos últimos meses. Sí, ha habido muchas más que nos han acompañado mientras escribíamos en soledad cartas sin destino (a conocidos destinatarios), pero esta la esperábamos con impaciencia. Esta la necesitábamos sentir (como otras muchas que irían apareciendo a lo largo del fin de semana) porque seguimos escuchando voces alrededor. Seguimos pendientes de una llamada y contestando al eco, seguimos notando eclipses, extrañando compañías. Un instante que demasiado rápido se evaporó, una experiencia para recordar y repetir.

The Offfspring

En fin, pensamientos. Sentimientos y contiendas que uno sacia de alguna manera con el rock n’ roll y con esta plaza de peregrinación convertida en requisito indispensable para sanear cuerpo y mente. Son muchas horas a la intemperie, sí, y hay otros muchos certámenes distribuidos por doquier, y aun asistiendo puntualmente a alguno de ellos, el Azkena es, desde hace mucho tiempo y por méritos propios una cátedra esencial para recibir enseñanzas y asistir a diversas conferencias. El espíritu Azkena que le llaman. Quizás por ello estemos insistiendo tanto en su existencia, en su formato y en sus habitantes, una heterogénea tribu que huye de ortodoxias y se relaciona sin ambigüedades, que por otra parte sabíamos sería el hilo conductor en esta ocasión. Siempre lo ha sido, pero este regreso ha supuesto algo más que una simple recuperación de nuestra pequeña rutina. Ha sido un chute de energía. Un refuerzo anímico. También un déjà vu, como el ocurrido con Morgan, quienes actuaban en la última edición bajo la luna y ese jueves se presentaban con el sol en proceso de retiro. Está creciendo la formación, no hay duda. Están llenando auditorios y teatros, y podríamos decir que están en boca de todos… O casi todos. En nuestro entorno había un grupete de loros que no debían estar muy de acuerdo en esa estimación y en su defecto abrían la boca a diestro y siniestro mostrando poco respeto por la banda y el resto de oyentes. O sea, entorpecían el seguimiento del concierto. Un mal endémico. No problem, cambiamos de atalaya, que para eso tenemos metros cuadrados a tutiplén, y si bien el murmullo parecía ser una constante allá donde fuéramos, atinamos con una posición bastante próxima y relajada donde pudimos aplaudir la tierna «Home”, la impulsiva “River” o la funky “Another Road (Gettin’ Ready)”.

Fu Manchu

Estaba claro quiénes eran los próximos en saltar al escenario principal, pues un gran telón trasero con su nombre lo presidía: The Offfspring. Bueno, no vamos a tirarnos el rollo ni vamos a adulterar la realidad, nuestra realidad. No somos fervientes seguidores de los californianos aunque podamos conocer parte de su repertorio, pero su edulcorado punk es una asignatura pendiente. Teníamos claro que más temprano que tarde llegaría el momento de partir en busca de alimento, porque se debe hacer un receso que aún no habíamos realizado, y eso sucedió cuando sonó la veinteañera (en todos los sentidos) “Want You Bad” que seguía otros dos hitazos como “Come Out And Play” y la preliminar “Staring At The Sun”. Además nuestra intención era presenciar de principio a fin a los otros californianos, a Fu Manchu y ver lo que sucedería posteriormente con nuestra tolerancia física, así que para evitar pájaras o flojeras, un poco de gasolina al organismo. Desde la distancia pudimos comprobar que el bravo oleaje de brazos y cabezas estaba a pleno rendimiento y la peña respondía eufórica a las bravatas de un justito Dexter Holland que tiró de manual pinchando al personal con el soniquete vacilón de “Original Pranksterel”, las conocidas exclamaciones de “Bad Habit”, el ritmo caribeño “Why Don’t You Get a Job?” o el imperativo uno, dos tres… de “Pretty Fly (For A White Guy)”. Uno tenía la desacertada certeza de que el Trashville no abriría hasta el sábado, y si nos hubiéramos enterado antes, habríamos intentado la machada de entrar. Mientras esperábamos la salida de Fu Manchu nos dijeron que Micky y los Colosos del Ritmo habían convertido eso en un horno de vapor y que pese al condensado ambiente, lo pasaron genial. Bueno, la cosa es que en breves minutos disfrutaríamos nosotros frente a una de esas bandas consideradas pioneras por donde han pasado diversos músicos y que hoy en día está compuesta por Scott Hill y Bob Balch en las guitarras más Brad Davis y Scott Reeder al bajo y batería respectivamente. Gente contrastada y otra banda que estaba en nuestra orden de prioridades. El desierto. Las dunas, las calimas. Los trances, los chamanes. Los gruesos cordajes, el fuzz dominante. Los gritos de la tierra, los gritos del averno. Comienza el ritual. “Hell On Whells” hace que estalle la primera y sonada ovación, pero el sonido parece no acompañar demasiado. Al menos eso se percibe desde unas desahogadas primeras filas (en breve se poblarían) en las que sus inquilinos nos miramos con caras de estupefacción respecto a un volumen completamente opuesto a la energía que manaba del escenario. Fuera por un intento de pogo en “Laserbl’ast!” que se quedaría en eso, en una leve tentativa que no encuentra respuesta, o fuese por la eficacia de “Evil Eye”, las cabezas se zarandean al unísono en movimientos circulares y pendulares, las extremidades cobran vida propia asaltando espacios firmes y gaseosos y los efectos del peyote musical sugestionan de tal manera que en representativas canciones como “King Of The Road” o “Mongoose” vislumbramos sombras, ciertas alucinaciones, volvimos a mirar hacia las estrellas y agradecimos a Iggy volver a pisar Mendizabala.   

The Faithless

Una bonita manera de despedir el recinto hasta el día siguiente, porque la edad no perdona y una retirada a tiempo es una victoria. No obstante, cumplimos el expediente con dos canciones de los Toy Dolls. Al cabo de unas horas nos desperezamos con el sonido de los pajarillos alaveses, y tras la pertinente matiné de asueto la intención era acercarse a la plaza de la Virgen Blanca a ver que se cocía. La respuesta es sencilla, y con esas abrasadoras temperaturas, obvia. Se cocía el pavimento, se cocían las ideas y la peña arriesgada que se enfrentaba al sol. Como los señores galenos nos han aconsejado, la continuada exposición a los rayos gamma no es adecuada para la salud de quien suscribe, por lo tanto, marcha atrás. Volvemos a la guarida, sin embargo nos presentaríamos temprano a la sesión del viernes, porque teníamos por delante un atractivo tour de force  con los locales The Faithless, sus paisanos Nukore, los repetidores Surfbort,el emblemático Jerry Cantrell, los admirados Drive-By Truckers, los admirables Afghan Whigs, los inflexibles Social Distortion y todo aquello que pudiera caer por medio o al final (si las fuerzas lo permitían). A primera hora en la explanada de Mendizabala podría correr un poco más la brisa que al mediodía y la sensación de agobio, tal vez menor. Tampoco era una golosina, pero podías toparte alguna agradable sorpresa. La hallamos, vaya si la hallamos, pero eso es terreno más personal. La solana no tenía compasión, y el mercurio subía unos pocos dígitos con respecto al día anterior, así que la solución no era otra que hidratarse cuanto se pudiera. La tónica de la edición. Había que ver las interminables colas en los WC del recinto para rellenar recipientes y botellas con agua. Había que ver el tramo en el que había abiertas dos bocas de riego para refrescar al personal (el tipo que regaba a los transeúntes el viernes con una gran manguera se llevó unas cuantas muestras de aprecio). Había que ver como la gran mayoría plantaba cara al sol vestida cual tuaregs, con colores oscuros, ya que repelen mejor la radiación. Hemos transpirado como nunca habríamos imaginado que nuestro cuerpo lo haría, bebido más agua como pocas veces habíamos consumido con anterioridad y hemos vencido sofocos y fatigas. Hemos aguantado estoicamente.

Surfbort

A lo que vamos. Tras el inciso toca hablar sobre los metaleros Faithless, quienes cumplieron con las expectativas de los allí presentes, o eso creemos porque arreciaron los aplausos y los rostros reflejaban satisfacción. Debe ser un orgullo pisar un escenario de cualquier acontecimiento tocho de cuantos pululan por la geografía, pero si eres de la tierra y te llaman desde Last Tour para proponerte actuar en el Azkena, ni se contempla una respuesta negativa. Y si añadimos que el escenario principal, aunque sea a primera hora, te reserva unos minutos, pues habrá que ir preparando un buen arsenal de canciones como “Sweet Dream”, “Broken Wings In Paradise”, y otras tantas que conformaban su setlist, pero teníamos que asomar unos minutos por el Respect Stage porque los otros alaveses, los hardcoretas Nukore, inauguraban el escenario donde compartían dedicatoria los llorados Neal Casal y Sylvain Sylvain. Debíamos estar en esa apertura. Debíamos congelar el momento, presentar nuestros respetos y presenciar el dinámico directo de unos chicos que derrocharon energía ante un público que, si bien clima y horario no eran propicios para tentar a la suerte, valoró su voluntad. Rápida maniobra marcha atrás, pues en el Love Stage era turno de los punkys neoyorkinos Surfbort, banda que causara muy buenas impresiones en su anterior visita convirtiéndose por derecho propio en otro excelente reclamo para esta edición. Hubo respuesta, pese al calor abrasador que enrojecía nuestros cuellos y sus rostros. Bien mirado, se agradece un poco de vitamina D y pigmentación. Liderados por la activa Dani Miller que acapara miradas dada su frenética vitalidad, debieron pensar que subieron a una cápsula temporal, puesto que la situación en general no había variado. Viernes, mismo armazón, horario similar y los irritables rayos de sol tratando de arruinar el show. Va a ser que no. Ni se contempla en la conducta de una tía que arquea el cuerpo cual contorsionista (“Dicks In Space”), se enfrenta al público cara a cara (“Les Be In Love”), implica con sensualidad underground (“Big Star”), origina pogos y delirios en las primeras filas con sus demandas (“Silly D”), obliga a que el personal haga gorgoritos acompañando con un logrado ‘nananaahh’ (“Hollywood Trashpile”), o se da un baño de masas siendo elevada y transportada por múltiples brazos (“Hideaway”) en un crowdsurfing que desafiaría al cruento fuego atmosférico. Animado entreacto.

Adia Victoria

Partimos con diligencia hacia el escenario principal, ya que otra de nuestras opciones principales aparecería en pocos minutos: Mr. Jerry Cantrell. Miembro fundador de Alice In Chains, uno de los cordones umbilicales del movimiento grunge que no debería faltar en ninguna colección musical que se precie, colaborador incansable en diversos proyectos y artista en solitario con unos cuantos (y notables) elepés publicados. Un hombre de indiscutible categoría que conmovió a la entregada audiencia con sus composiciones, parte de su dorado pasado y parte de su posterior trabajo. Ahí hubo división de opiniones, pues la elección de repertorio contentó a muchos y confundió a otros, caso del que suscribe. A ver cómo me explico para no parecer un sobrao o un auténtico aguafiestas. Está claro que el legado de Alicia es im-pre-sio-nan-te-men-te eterno y podía estar tocando cuatro horas sin que mediara ninguna injerencia. ¿Quién, en su sano juicio puede debatir que interprete “No Excuses” o “Rooster”? ¿Quién podría ser tan mentecato como para ningunear “Man In the Box” o “Them Bones”? Revivimos muchos episodios y surgieron nostalgias. Estuvieron sembraos, ni una sola mácula a una intervención redonda salvo esa insignificante pincelada por la que algunos fuimos masacrados, ya que humildemente creo que solapó algunas composiciones de gran personalidad, si bien en su defensa deberíamos alegar que la radiante oscuridad de “My Song” apaciguó momentáneamente las aguas, “Cut You In” nos introdujo en una excitante espiral de espectros y reminiscencias, mientras las determinantes guitarras de “Brighten” nos propusieron hacer un pequeño trueque con Adia Victoria, una mujer que nos había impresionado en el repaso previo al festival y que sufrió el revés de simultanear horario. En el momento de la escapada, obligada escucha a la emblemática “Man In The Box” y a zambullirse en el vanguardista blues de esta originaria de Carolina del Sur de aplastante actitud, asombroso chorro de voz, introspectivo soul y muy valioso directo. Cuando llegamos las primeras filas estaban fuera de sí, en fase extrasensorial, suplicando y participando, poseídas por alguna fuerza sobrenatural en una ceremonia para haber asimilado desde el principio, pero por los consabidos motivos no pudo ser. Un cuarto de hora fue suficiente para comprobar la raza de esta amazona que amablemente nos concedió unos minutos para no perder el apoteósico broche final del señor Cantrell

Jerry Cantrell

Drive-By Truckers, otro nombre que llevamos tatuado, otra formación que despertaba mucho interés. Había ganas, no había más ver la rapidez de mucha gente por llegar a feudos ya conquistados o sentir las apreturas en una superficie donde las posibilidades para elegir un puesto de vigilancia eran más bien escasas. Aquellos que pensábamos que podrían acaparar comentarios, elogios o reflexiones, atinamos, no por la calidad de sus canciones o por su contrastada casta, sino por un sonido inadecuado, por unas adversidades técnicas que lastraron una vuelta al Azkena tan perseguida como controvertida por estos contratiempos. A ver, los primeros interesados en que todo esto funcione correctamente son, después de los propios Truckers, los operarios, los técnicos y los responsables del festival, y si bien es cierto que los espectadores tenemos nuestro derecho a la pataleta, deberíamos comprender que hay imprevistos que desde fuera no controlamos. ¿Que fue una gran putada? Eso ni se discute. ¿Que fue frustrante? También. Los silencios se confundían con algunas saturaciones, el micro Mike Cooley no carburaba, la batería de Brad Morgan retumbaba, la trompeta que en “Every Single Storied Flameout” debía sobresalir apenas se apreciaba, en “Welcome 2 Club XIII” los desajustes eran apreciables, el hammond de Jay Gonzalez en la maravillosa “The Living Bubba” tranquilizó a más de un  impaciente, la insistencia del público se hizo notar en “Dead, Drunk, And Naked”… Y cuando el caos tocó techo, Patterson Hood se conjuró junto al respetable para plantar cara al sabotaje y ofrecer un rabioso concierto de rock n’ roll, cosa que sucedió. No hubo escaramuzas, no hubo cambio de estrategias, no hubo evasivas. Nos quedamos (como pretendíamos) hasta el final y disfrutamos como nos habría gustado desde el comienzo, con las características guitarras de los Truckers, con el público entusiasmado, con un sonido que ahora sí entendíamos era adecuado, con los brazos en alto, con la parroquia retribuida y con la entrega de una banda que, pese a las contrariedades, se entregó en cuerpo y alma despidiéndose con pundonor, rabia contenida, “Let There Be Rock”, una licenciosa y colaborativa “Marry Me” y la desarrollada, camaleónica, delicada y fibrosa “Angels And Fuselage” que nos dejó boquiabiertos y profundamente recompensados por la cabezonería.      

Drive-By Truckers

Hasta ahora no habíamos desvelado las identidades de quienes capitaneaban el God Stage en donde actuarían a continuación los Afghan Whigs. Esa labor se la cedemos a Greg Dulli, que ofrendó palabras de afecto, palabras de plegaria, palabras de reconocimiento hacia su amigo Mark Lanegan que compartía epitafio con Max Von Hell. Palabras que fueron recibidas con sentidos aplausos dando paso a una electrizante versión de “Methamphetamine Blues”. Recordó que catorce años atrás actuaron juntos con Gutter Twins, y una profunda sensación de congoja y añoranza presionó en el interior, y esta vez hablo en primera persona del singular. Antes había sucedido unas cuantas veces, había tiempo por delante para seguir con los homenajes personales, pero he de admitir que las fuerzas flaquearon en ese preciso instante. Todo cuadraba, y sabía que las lágrimas se deslizarían por mis mejillas, como sucedió. Afloraron los recuerdos de aquella fresca noche de septiembre totalmente opuesta a la del sábado diecisiete mientras veía la figura de Christopher Thorn, miembro de Blind Melon que entonces compartió lineup con Gutter Twins. Un suspiro, un éxtasis y una angustiosa sensación de penitencia. El sonido era más nítido. La imponente iluminación alternaba tonos marinos con fogosos resplandores y verdes fosforescentes. Resaltaban las guitarras, los rigurosos golpes del tambor, predominaban los teclados y la jerarquía de las cuatro cuerdas. La peña vitoreaba “Matamoros”, el señor Dulli susurraba y gemía en la quebradiza “Oriole”. La insistente urgencia de “What Jail Is Like” obtiene el consenso general, “Somethin’ Hot” o “Gentlemen” nos sitúan en los furiosos noventa, y después de unos minutos en un limbo subjetivo, decidimos cambiar de flanco sin perder contacto para acto seguido meter el morro en el Trashville y más tarde rellenar el depósito de nutrientes, que aún nos quedaba en la lista otro nombre subrayado.

God Stage, en memoria de Mark Lanegan y Max Von Hell

En ese camino circundante tuvimos la sorpresa de un encontronazo que nos hizo gran ilusión, pues no habríamos imaginado que pudiéramos coincidir con una pareja de amigos. Ella radiante y feliz y él, recuperado de unas serias e importantes lesiones que le tuvieron cuasi inmovilizado no hacía demasiado tiempo, así que el encuentro fue celebrado. Tuvimos tiempo para charlar y luego, disfrutar de la merecida ovación final a The Afghan Whigs. Con el mensaje de prosperidad y amor de “Into The Floor” incrustado en la neurona, vuelve de repente como alegoría la gente, esa gente que llena la explanada, esa gente que se mueve con o sin ti, gente con quien compartes afinidades, gente que te cruzas aleatoriamente o gente con la que coincides en cualquier rincón de Mendizabala. Gente que está sin que tú sepas que está. Gente que está sin saber que tú estás. Gente capaz de armar una buena si hay consenso, si hay unidad. People have the power, ¿recuerda usted? Y gente había en el Trashville. Salían tres, entraban tres. Desistía uno, a ver quién tenía el valor de entrar. No salía nadie, nada que hacer. Nuestro único propósito era exprimir el reloj cuanto pudiéramos viendo a La Perra Blanco, pero no pudo ser. El sitio estaba petao, la algarabía era sustancial, eso parecía una olla a presión, y en cualquier momento podía explotar, así que cambio de planes y a cenar, pues los de Mike Ness eran innegociables, no los podíamos (mejor dicho, no debíamos) perder.

The Afghan Whigs

Todos los años han tenido sus particularidades, y este no iba a ser menos. Ya hemos señalado unas cuantas, y aparte de la gente, el retorno y el aniversario, los recuerdos marcaban nuestro rumbo. Social Distortion era uno de esos rumbos fijos, uno de esos peajes, un punto concéntrico del que brotaban diferentes naturalezas circulares. Antes de la hora fijada intercambiamos opiniones con otro compinche que sabíamos aprovecharía la medianoche como si fuera un teenager, y aunque afirmara que las histerismos transitorios los ha ido abandonando con el paso de los años, habríamos puesto la mano en el fuego (que insistía con inquina aun a esas horas) asegurando que se involucraría sin remisión. El día anterior la memorable “Hey June” puso en órbita a la gente como intro de los otros californianos (muchos ha habido), y ahora era el turno de la no menos celebérrima “Gimme Shelter” que dejaría a la gente con los nervios a flor de piel para recibir al mariscal rebelde, el elegante punkrocker, el osado forjador de estructuras que taladran los cinco sentidos, el señor Mike Ness. ¿Alguien da más? A punto de nieve se encontraba la gente y de repente… La instrumental “Road Zombie” fue la encargada de abrir la función de Social Distortion que sería, pese a su espídico ritmo, pese a la rabia de un punk que nos atrae más que ese popero y pese a la energía del sudoroso rock and roll que siempre ha caracterizado a la formación, un estremecimiento integral. Hay canciones que te llegan por la letra, de otras te seduce su melodía, aquellas que logran atraparte por un recuerdo de algo o alguien, esas que consiguen tocar fibra y ponen piel de gallina, están las típicas que se repiten en tu cabeza por la melancolía que esconde y otras que espolean por su velocidad. Hay canciones como “Bad Luck”, “Bye Bye Baby”, “She’s A Knockout”, “Machine Gun Blues”, “Tonight”, “99 To Life”, “Dear Lover”, “Story Of My Life” u otras que sonaron esa lunática madrugada que reúnen esos requisitos y lograron que cruzáramos esa línea divisoria entre lo terrenal y lo etéreo, porque el concierto de Social Distortion fue un señor recital, otro instante para enmarcar en el que todo encajaba. Desde el micrófono principal hasta la estrecha relación con la audiencia, desde un mayúsculo repertorio hasta un sonido envolvente y ajustado, desde la potente iluminación hasta los eufóricos coros, desde las virulentas guitarras hasta las bravuconas exclamaciones, desde el principio hasta el impecable remate con “Ring Of Fire”. Estoy completamente seguro que desde otras dimensiones hubo quien estuvo presente y se emocionó, quien desde recónditos horizontes se revolvía e involucraba como los presentes, quien desde un infinito abismo se quedó afónico como los presentes y lanzó más de un motherfucker junto a Mike Ness. Gracias. Un millón de gracias.    

Social Distortion

Uno ya no está para muchos trotes y si bien es cierto que especulamos con la posibilidad de dirigir nuestros pasos hacia alguno de los escenarios, el cansancio era demasiado acuciante como para cometer una imprudencia. Ni tan siquiera un pequeño esfuerzo. Mejor retirarse, pillar la horizontal e intentar descansar un poco, porque el sábado debíamos comenzar la jornada con renovadas energías, pues teníamos un cargadito programa de actividades, comenzando por la liturgia de los últimos años. La habitual comida de hermandad en el restorán habitual, ese que, ustedes lo entenderán, hasta nueva orden en el anonimato quedará. Antes del almuerzo con la cuadrilla la idea era, cómo no, darse un garbeo por la plaza de la Virgen Blanca, tomar unas sidriñas o txakolises y examinar el coraje de visitantes y paseantes, porque los termómetros estaban al borde de la asfixia. La zona de sol, desierta. Donde se intuía sombra, repleto de gente untándose con protección solar. La plaza, ni pisar. Ahora, cayeron un par de potes antes de un banquete confortable y nutritivo (en todos los aspectos). Cuando salimos del local y cruzábamos la senda de los txipirones dirección Mendizorrotza, comprobamos que el clima había variado sustancialmente, y aunque la temperatura siguiera sin dar su brazo a torcer, la tormenta era previsible. Ya en la guarida, tertulia, ducha fresquita, y a salir a toda prisa, que ya habían comenzado Wicked Wizzard y no podíamos perder la oportunidad de ver de nuevo a los de Mungia. Primero, porque son de casa y son queridos como muchos de casa. Segundo, porque hemos atendido todas las bandas que han obtenido el pasaporte al Azkena después de recibir el galardón en el Villa de Bilbao, y tercero porque si nadie le pone remedio serán los últimos en actuar bajo esa condición.

Cuando teníamos preparada la salida a Mendizabala, chaparrón. ¡No puede ser! ¡Maldita sea! Al menos tenemos la satisfacción de saber que Mikel, Iñigo y Unai dieron todo en el escenario, procedieron como hemos comprobado con anterioridad varias veces, consiguieron reclutar nuevos fans y nosotros conseguimos que varios amigos escucharan nuestro consejo, caso del compañero Pedro, que más tarde nos aseguraría que acabó encantado y enganchado con la pócima humeante de los muchachos. Desde nuestro escondite podíamos adivinar su explosiva aleación de géneros y generaciones, y si bien ingresamos en el recinto con los coletazos de su vespertino akelarre, apenas hubo tiempo de verles sobre el escenario. Bueno, qué se le va a hacer. Cambiamos de orientación y nos vamos hacia el oeste. Nos vamos con los holandeses DeWolff, los segundos en parrilla de salida de la jornada que fueron nuestra primera alternativa y defienden un rock sustentado también en décadas pasadas, si bien su orientación es más blusera que los bizkainos. ¡Qué subidón! ¡Qué potencia! Ya conocíamos su carácter, pero hubo algo diferente. Quizás fuera el horario. Tal vez la luz natural o ese amago de lluvia que nos visitó mediada su actuación, pero lo cierto es que el terceto maravilló al personal con su efectivo y muy recomendable jukebox de blues psicodélico, rock setentero y canciones que inoculan adrenalina. Luka percutía con precisión de relojero en “Sugar Moon”, animó al personal en “Made It To 27”, Robin engatusaba con sus teclas y armonios que en “Tired Of Loving You” tuvieron protagonismo al tiempo que Pablo empleaba con la guitarra los métodos necesarios para reclamar al cielo que no llorara más acabando tirándose de cabeza al océano de brazos para ser arrastrado por la marea en la enaltecida “Deceit & Woo”. Volverán.

DeWolff

Intentando batir el record de la distancia que ostenta una habitual de las primeras filas, llegamos con la lengua fuera y unas pulsaciones de escándalo por evidentes razones y porque en el God Stage saldría otro ídem, otro tipo anotado con grafismo multicolor y signos de imperiosa necesidad, de obligada obligación: el capo Israel Nash. Era comprensible la inquietud de la gente que se arremolinaba a la sombra, pues el tejano venía avalado por una impoluta discografía y por las voces que instaban a no perder su función. Por los múltiples testimonios sobre su recordada visita al festival. Por las comprimidas asambleas que posteriormente fue realizando por el país en aquella ocasión. Por su refinada sucesión de sonidos americanos sutilmente orientados hacia místicos confines, sus manifiestas dotes compositivas, por su aguda y sugerente voz y porque debía comprimir todo este oropel de seductoras fragancias en los escasos sesenta minutos que tenía apalabrados. No había que perder detalle. Había que prestar atención y si conseguíamos hallar ese perseguido nirvana donde nos encontraríamos de nuevo, prueba superada. Tan solo el destello de la distintiva White Falcon de Israel nos predispone, así que imagínese usted cuando comienza a interpretar las canciones que estaban anotadas en un hipotético atril. Las lleva labradas en el lomo de la Grestch. Las lleva de equipaje. Y cuando las comparte, surgen las irrefrenables ganas de conducir un Pontiac descapotable por las nubes, asociarse con el solícito ‘uh… uh… uh…’ de “Woman At The Well” junto a ángeles desterrados, mover sensualmente las caderas en el ilimitado espacio galáctico que ofrece “Down In The Country” o perderse en los incalculables rincones de “Canyonheart” descubriendo simetrías, sugerencias y oscilantes placeres… Llorar de emoción repasando los suvenires de “Baltimore”. Flotar en la dulce, delicada y bucólica atmósfera de “Through The Door”. Sentir los sanadores efectos de “Rexanimarum”, medicamento apto para combatir estados de ansiedad y/o tristeza o recibir la fundamental fuerza centrífuga de “Rain Plains”, otra de esas largas y emotivas dedicatorias utilizadas como despedida, como ofrenda, como condecoración.

Israel Nash

Después de unos encuentros en la tercera fase que nos dejaron exhaustos, la siguiente, aun siendo la grandísima dama del country Emmylou Harris, lo tenía un tanto complicado para superar las altas revoluciones que el señor Nash nos había traspasado. Tampoco vamos a ser tan insensatos como para desestimar una oportunidad como la que se presentaba, y mucho menos sentenciar antes de escuchar. Pero repito. Uno estaba profundamente emocionado por lo que había presenciado y de alguna manera estaba digiriendo el éxtasis experimentado. Qué bueno es, qué bonito lo hace, y cómo nos hace llorar el jodido. Bueno, seguimos al rebaño en su trashumancia, nos situamos un poco escorados frente al escenario, levantamos la mirada y la señora Harris abre con las melodías de la costa oeste inmersas en “Here I Am” mientras imaginamos que está siendo inmortalizada por un sinfín de objetivos, tanto desde el coto privado de los camarógrafos como desde diferentes puntos a la redonda, porque gente había miraras donde miraras. Gente, ánimos, deseos y verdaderos síntomas de admiración, pues había que traspasar varias barreras humanas para situarse a doscientos metros. De todas formas había que intentarlo. A ciento noventa metros más o menos su blanca melena resplandece más, sus compañeros son más perceptibles y viejas flores silvestres como “Two More Bottles Of Wine” o más recientes epopeyas camperas como “Red Dirt Girl” establecen distintas perspectivas, así que tras una serie de clicks, vuelta al asentamiento inicial con “Gulf Coast Highway”, otra de sus eternas canciones retumbando en los altavoces laterales. Mucha clase, sin duda. Mucha calidad, no lo vamos a negar. Una delicia, pero a esas horas el estómago estaba travieso, y teniendo en cuenta lo que se nos venía encima, había que tomar una decisión. ¿Tomar un ligero tentempié para no desfallecer en las próximas horas? ¿Continuar con la ninfa de Alabama? Decisión salomónica. Un par o tres canciones más y a por alpiste.       

Emmylou Harris

Durante la espera del bokata nos percatamos de la nula deferencia hacia el Trashville, e intentamos enmendar el error. Intentamos, porque fue imposible. No porque estuviera a rebosar, sino porque en ese momento estaba tranquilo, no había función. Sin embargo, en el escenario de la entrada, faltaban minutos para que Ryley Walker terminara su intervención. Buena disposición con dos bateras más bajo y guitarra. Estuvo entretenido, y su rollo… ¿Experimental? ¿Alternativo quizá? No sabríamos encuadrarle en alguna escena, quizás también porque esas tasaciones no nos seducen demasiado, pero podemos garantizar que su oferta es variada y completa. Llegaba la hora. Se aproximaba el momento que, siendo absolutamente sinceros, uno ni se imaginaba condensara tantas emociones o alcanzara tanta magnitud. No imaginaba que infundiera tanta armonía, obtuviera tantas loas y poseyera tanto énfasis. Me pueden ustedes colgar del palo mayor o quemar en la plaza del pueblo por hereje, pero iba con la simple intención de relajarme frente a Patti Smith. Una leyenda, una mujer de impresionante carisma, una activa activista, eso ni se cuestiona. Sin embargo no había demasiadas ilusiones y visto lo visto, infundadas especulaciones. Una vez más, volvemos a errar, volvemos a precipitarnos, volvemos a meter la pata hasta el fondo, puesto que el 18 de junio de 2022 será, desde ya, una fecha que ocupará páginas privilegiadas en el amplio catálogo de la agencia bilbaína Last Tour y el Akena Rock Festival.

Patti Smith

La hora, las 21:35, cuando el sol inicia su retirada y sobre el este de Mendizabala se prodigan las tonalidades violáceas mientras la concurrencia batalla por hacerse un hueco donde seguir el concierto. Redonda imagen del entorno, con la gente en torno al God Stage flanqueado con los rostros de Mark Lanegan y Max Von Hell y aderezado con la bandera ucraniana más una corona de flores rodeando el bombo. Redondo instante captado por lentes naturales, lentes graduadas y lentes mecánicas, “Redondo Beach”, comienza el show. Estrépitos de las calles de New York se apoderan de la noche gasteiztarra, y un asombroso, particular e inenarrable sentimiento de culpa nos amonestó por la gratuita y previa apreciación, pues del cielo bajó una ángela reluciente, una mujer que seguiría con “Grateful” la homilía. Como ya hemos dicho y todos aquellos que escriban sobre ello habrán dicho o dirán, estuvimos en la gloria, movimos las caderas, movimos nuestras conciencias, cantamos a un alto volumen aunque las fuerzas estuvieran en reserva llevando nuestras gargantas a niveles de riesgo y descubrimos el poder del rock, de la palabra, de la alianza, del alma, de la gente. Coreamos hasta la extenuación casi todas las canciones de un impresionante setlist donde los himnos se iban sucediendo y nuestra plateada heroína se expresaba con las manos que constantemente agitaba y tendía a la absorta asistencia como símbolo de empatía y conexión. Surge su amigo el señor Zimmerman por medio de “The Wicked Messenger” y “One Too Many Mornings”, recuerda a otro consejero como Allen Ginsberg recitando el poema “Footnote To Howl” que fuera seguido con absoluto respeto, mantiene su puño cerrado y en lo alto como símbolo revolucionario, como símbolo de resistencia instando a la gente a no rendirse jamás, a luchar por sus ideales y por el planeta, se revuelve, interpreta con pasmosa teatralidad, instruye con sus lecciones, con el emotivo ‘el futuro es vuestro, el futuro es ahora’ que fuera respondido con una inconmensurable ovación… Y los Beatles vuelven a hacer acto de presencia, no como introducción, sino con papel protagonista en una excelente adaptación de “Helter Skelter” en la que su mano derecha Lenny Kaye se vació como a continuación hiciera en la frenética “I Wanna Be Your Dog” que en petit comité interpretamos como la icónica “Me gusta ser una Zorra” de aquel Bilbao punky, combativo, solidario, sindicalista, industrial… Además, el señor Iggy Pop nos enseñó el camino que más tarde han ido allanando los Wheelies, la Steepwater, Pearl Jam, Blue Cheer, Radio Moscow, las bandas del botxo y un largo etcétera, así que, teniendo en cuenta que estaba anunciado pero finalmente no pudo ser, deliramos un santiamén. Brincamos como posesos “Because The Night” donde recordara a su marido Fred ‘Sonic’ Smith cuando la presentó y la elevación molecular llegó con las mencionadas al comienzo del texto “Gloria” y el maravilloso cierre con la colaboración de Emmylou Harris en “People Have The Power”. Extendimos los brazos mirando al más allá. Nos miramos a los ojos. Sellamos de nuevo ese pacto que nadie conoce y todos reconocemos. Lloramos la ausencia de imprescindibles. Repasamos en minutos años y décadas. Franqueamos épocas, camisas de franela, botas Martens, tejanas, sneackers y atavíos hippies.

Patti Smith

Tras ese mágico, vivificante, magnánimo, astronómico, y casi perenne ejercicio espiritual teníamos claro que debíamos seguir con las hipnosis, con la momentánea evasión, con un paseo virtual por el cosmos sonoro de los canadienses Black Mountain, otra de nuestras apuestas. Otro nombre que llevábamos resaltado en el guion. Otro característico déjà vu del ARF que esperábamos con cierta ansiedad, ya que la huella del 2005 inducía a que no perdiéramos un solo segundo su proceder. No será precisamente una banda que se distinga por su desbordante actitud escénica, no vamos a disfrazar la realidad, pero esa aparente dejadez queda reemplazada con un extraordinario nivel musical, por una catarsis emocional que reconforta los sentidos, aunque el aspecto visual quedara un tanto descafeinado por la taciturna ambientación y su estático comportamiento. Ahora, nada que reprochar a la vocalista Amber Webber, a sus compañeros los señores McBean, Schmidt, Miranda y Bulgasem y a un repertorio que nos volvió a entusiasmar por sus variables visiones y porque si tu pieza de bienvenida es una soberbia y creciente “Mothers Of The Sun” de más de siete minutos de duración, nada que añadir señoría. El personal (al menos a nuestro alrededor) quedaría embobado y con pocos argumentos para refutar su alta capacidad filarmónico-psicodélica durante esos primeros compases que son aprovechados para obtener alguna imagen. Las chirriantes guitarras de “Stormy High” se cuelan entre las elipses del hammond y voces provenientes de grutas subterráneas donde el eco se confunde con la humedad, la humedad con el misterio y la magnitud de su concepto orgánico. Más tarde retrocederíamos unos metros. Vemos a lo lejos inquietantes rayos y allí captamos le esencia de “Druganaut”. Allí apreciamos cabezas agitadas en “Don’t Run Our Hearts Around” y bullicio gestual. Olemos fragancias de incienso, ámbar y jazmín. Suena “Angels”, se escuchan aplausos, y nos abstraernos en su profundo firmamento de progresiones y divisiones que serían aumentadas en la cardinal “Wucan”. Allí les despedimos con una merecida reverencia. Genial. 

Black Mountain

Había que interiorizar la sucesión de placeres cosechados mientras recorremos, sin apenas intercambiar tres frases, un trayecto en el que hemos acumulado kilómetros, desgaste y nerviosismo. Sería el último. Nos habría gustado que fuera el penúltimo, ya que Micharel Monroe se auguraba como una apetecible despedida a Mendizabala, pero no pudo ser. El cansancio acumulado se convertiría en un inoportuno compañero de viaje, no obstante pudimos festejar el vigésimo aniversario con Suzi Quatro y otro de nuestros particulares presentimientos, Daniel Romano’s Outfit. Tras pillar un refrigerio en décimas de segundo, y aunque la explanada estaba bastante ocupada por gente dispuesta a echar el resto, pocas dificultades encontramos para llegar al departamento que tenemos en alquiler. En décimas de segundo el rugido setentero “The Wild One” anuncia la aparición de la sonriente paisana de Iggy (el gurú). La gente brincaba, la gente enloquecía con el dinamismo de la veterana Suzi Quatro por quien parecía no pasaban los años, la gente respondía a sus peticiones de implicación, la gente gozaba con los juegos de luces, con la competencia de una glamurosa banda escoltada con coros y vientos y con canciones que han ido pasando de abuelos a nietos, de tutores a hijos, de profesores a discípulos. Aun sabiendo que esta mujer suele cantar “Rockin’ In The Free World”, y pese al bonito aspecto y la participación en “Daytona Demon” o en la traviesa “Tear Me Apart” sugerían continuar en la multitudinaria verbena, nuestra decisión estaba tomada de antemano. Levantamos el campamento, nos despedimos por si acaso de la troupe y nos dirigimos al Love Stage.

Suzi Quatro

El reciente disco de Daniel Romano’s Outfit, “Cobra Poems”, al igual que su anterior grabación en directo más el incuestionable talento del señor Romano eran razones suficientemente atractivas, excitantes o provocadoras como para no perder esta oportunidad que la providencia nos tenía reservada. Mejor dicho, el Azkena Rock Festival, un harmonioso purgatorio que en estos años de existencia nos ha concedido grandes conciertos, nos ha mostrado una rica variedad de fórmulas sin pompas ni formulismos, nos ha enseñado formaciones de esas catalogadas como emergentes ya afianzadas (si se pudiera insinuar que hoy en día algo lo esté) y nos ha premiado con otras legendarias por las que suspirábamos, pero entre todos esos provechos, entre todas sus bondades, entre todas las excelencias que siempre ponderamos de esta reunión anual, seguiremos defendiendo a las personas como su mayor logro. Su gran éxito. People have de power. Era así, ¿no? La plantilla de mantenimiento y limpieza que escrupulosamente ha realizado su (ingrata pero necesaria) labor, el colectivo que ha agilizado el acceso, quienes con amabilidad han atendido barras, txiringuitos y puestos de merchan, la asistencia sanitaria que se ha volcado con quienes han sufrido algún percance, la gente encargada de solventar dudas, la piña de aficionados que hemos deambulado por el recinto, y esos amigos (vosotros sabéis quiénes sois) que se han convertido en indispensables. Y reiteramos que este cumpleaños ha sido especial, ha sido una liberación, un acicate para enfrentarse a dilemas y convicciones, un oasis entre tanta crispación. Ha sido grandioso, como la demostración de salvaje rock and roll del canadiense y sus compañeros, que dejaron un muy, muy, pero que muy grato recuerdo a los asistentes con una deslumbrante demostración de facultades y continuos cambios de ritmo sin dejar de pisar el acelerador salvo en la majestuosa “The Motions”. Bufff… Neal Casal funcionó cual faro iluminando nuestro refugio secreto y Julianna Riolino alumbró nuestro encuentro con su bella voz. Bufff… Las rodillas traqueteaban, la cabeza vagaba y afloraban las preguntas. Suerte que uno cuenta con el firme apoyo de un hombro aliado que aguanta la presión. Evidentemente un solo título, por muy específico que pudiera ser, seguramente no sería sintomático, ni tan siquiera un fiel reflejo de la barbaridad sin paliativos que pudimos percibir, absorber, sentir y vivir. La cantante cogería más tarde una Rickenbacker con la que interpretaría “Lone Ranger”, anticipo de su primer disco en solitario, y “Tragic Head” voló más de una con sus susceptibles recovecos y esa encanto stoniano que tan bien acomoda el caballero. “Animals Above Our Town” mantuvo extasiada a la peña que no cejaba en su empeño y “Anyone’s Arms” fue catapultada por la homérica batería que dirigía la bacanal de voces y sensuales zarandeos. “Hard On You” sirvió para restaurar raíces americanas con vibraciones británicas y “Hunger Is A Dream You Die In” fue un solícito grito de paz, un grito de unión, un grito en la oscuridad, un sentido homenaje al señor Neal Casal. Abrumados y fatigados veíamos la salida, retadora, a escasos metros. No había tiempo para más. Un día menos para volver.

En memoria de todas aquellas personas que jamás desaparecerán.
En memoria de la gente que permanecerá siempre en nuestro corazón, en nuestra mente.

Daniel Romano’s Outfit

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