La ansiada convocatoria de Wolfmother agotó entradas y revolucionó Kafe Antzokia | GR76


Viernes 20 de mayo de 2022 en Kafe Anzokia, Bilbao

Apoteósico final el viernes pasado en un revolucionado Kafe Antzokia de Bilbao. Los aussies Wolfmother llegaban al rush final de su actuación superada la medianoche y, cual lobos encolerizados y con la célebre “Joker And The Thief” como chispa que encendiera la llama, arreciaron los pogos en las primeras filas. La gente, cual efecto dominó se fue sumando al tumulto y explotó, se implicó en el jaleo, enloqueció intercambiando sacudidas y vapores propios mientras gotas fermentadas rociaban nuestras espaldas. Había ganas, cierto es. Eran instantes para vaciarse y despojarse de los demonios que nos han tenido maniatados y como dijera Andrew Stockdale en varias ocasiones, ellos también estaban deseosos, pues venimos de donde venimos y al fin pueden realizar el tour europeo que debieron posponer un par de veces. Y para celebrar el akelarre, nada mejor que un recinto petado de fervientes semejantes que había colgado el cartel de no hay billetes (parece ser que la noche anterior la Riviera madrileña presentó una imagen similar, al igual que la barcelonesa Razzmatazz veinticuatro horas depués), el simbólico cambio de día y el adictivo compás de una canción que ha traspasado el umbral convirtiéndose en un himno mundial.

Pero seamos rigurosos con la cronología. Seamos deferentes con sus partenaires, los riojanos Messura, y abordemos esos otros asuntos un poco más adelante, pues los tíos que, aparte de tener un material interesante le ponen ganas y actitud, eso es incuestionable. Tenían una bonita oportunidad como banda soporte (vamos, los teloneros) de los australianos, y con muchos factores a su favor para captar nuevos fans demostrando su valía, agentes externos, o sea, sonido e iluminación lastraron en buena medida su actuación. Entre ecos, penumbras, voces difusas y tinieblas se vaciaron embistiendo con las distorsionadas guitarras de Diego y David, pasajes psicodélicos, contundentes ritmos fabricados por el baterista David y el bajista Germán, y un proporcionado underground que lamentablemente no obtuvo la recompensa pretendida, si bien se escucharon algunos coros y gritos de ánimo entre la concurrencia cuando arremetieron sin piedad con “Horizontes”, con “Mienten”, con su último single “Reinass” o cuando invitaron al personal a su “Carnaval” particular. Pese a los inconvenientes remataron la faena de forma categórica blandiendo sus armas y hasta repartieron, ante la incredulidad de quienes antes miraban hacia otro lado y mientras roadies y técnicos se afanaban en el cambio de line-up, varios ejemplares de su elepé “Animal” que por cierto, recomendamos desde aquí.

Durante ese intercambio de equipos fijamos la mirada en el apartado que tenemos e escasos metros. Aquí se situará Andrew Stockdale, no hay duda. Monitores en semicírculo, una pedalera de grandes dimensiones y en el flanco opuesto, un solitario teclado rubricaba nuestras opiniones. Lo dicho. El decano de la banda, el único superviviente de la formación original, el líder espiritual de la congregación, aparece ente tinieblas y aplausos junto a sus dos compañeros, cada uno se sitúa en sus respectivas trincheras y “Dimension” hace lo propio confirmando que será una velada especial, una velada de gorgoritos colectivos y muestras de entusiasmo aunque siguiéramos con una iluminación bastante saturada y confusa debido en gran parte también a la nebulosa y un sonido un tanto remolón. Poco a poco fue mejorando la situación, y tanto “New Moon” como “Woman” son celebradas, son recibidas con regocijo por parte de una audiencia que ya estaba atrapada en la tela de araña tejida.

Cabeceos, manos en alto, gritos acompasados y discretos movimientos se iban sucediendo al tiempo que los chicos no aflojaban el ritmo con sus pesadas (múltiples acepciones pero un único sentido) estructuras y sus psicodélicos torbellinos salvo, finalizando, la emotiva “Mind’s Eye” que derivó en espejismo cósmico gracias al aporte de los marfiles de Alex McConneell antes de la solícita “Pyramid”, que se intuyó como una especie de preparación para el jolgorio ya comentado. Esa esquizofrenia grupal pudo aparecer antes con la energía británica de “Apple Tree”, con el escándalo fuzz de “Midnight Train”, con el extraordinario ramalazo “Victorious”, con la colosal (valga la redundancia) “Colossal”, o con la serpenteante “Gypsy Caravan”, donde los tambores y platillos de Hamish Rosser tuvieron su cuota de protagonismo, pero no. A pesar de la controlada entrega del público durante los minutos precedentes, el arrebato llegó, como ya hemos apuntado con “Joker And The Thief” que cerraba la noche. Bueno, ese era el guion. Esa era la intención, porque la gente no abandonaba mientras los currelas del Antzoki se afanaban para que la cosa no se complicara. La gente insistía y quería más. La gente, desinhibida, enardecida y agradecida recibió a unos tipos que, bajo toallas y con miradas de escepticismo por la estampa, obsequiaron a la esforzada concurrencia y fuera del setlist (aunque evidentemente las tuvieran ensayadas) con “Rock Out” y “Love Train”. Noventa minutos de éxtasis y sudor. Señor Stockdale, a sus pies.

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