El espíritu salvaje de The Lords Of Altamont convierte el Crazy Horse en una caldera | GR76


Domingo 20 de marzo de 2020 en Crazy Horse, Bilbao

Desayuno, almuerzo, aperitivo, comida y casi merienda el domingo pasado en un Crazy Horse petado para despedir como se merecía la gira peninsular de The Lords Of Altamont. En loor de multitudes. En procesión. Entre gente que aún no se había acostado continuando la farra (gaupasa que decimos por aquí) del sábado noche y gente a la que se observaba síntomas de cierta cachaza atribuible al tardío despertar, gente que al contrario había aprovechado la soleada mañana luciendo rostros bronceados y hasta en algún caso signos de sofoco, quienes venían digiriendo la minuta adelantada debido a la función o quienes se tomaban un piscolabis previo a las puertas del local. En fin, gente dispar y gente afín, gente que se saludaba, gente que se agrupaba en corrillos y gente vinculada por un sentimiento común: el viejo y amado rock & roll. Licencioso en ocasiones, romántico en otras. Crápula, místico, sugerente, dinámico, sosegado, excéntrico, melancólico, lucífero o jovial. Simplemente rock & roll.

Y gran parte de esas descripciones caben en el cuaderno de bitácora de Jake Cavaliere y sus compañeros, que se despidieron de madrugada en Pucela y cruzaron la meseta con el sol naciente de cara, lo cual es un itinerario complicado para los amantes del hechizo lunar. El día anterior, bueno, toda la tourné salvo el concierto de Bilbao, habían estado acompañados de los hispalenses The Smoggers, y con pocas horas de diferencia y menos de sueño trasladaron los bártulos y ornamentos para oficiar otra ceremonia de disipación en el botxo, en una guarida a orillas de la ría y en compañía de ávidos discípulos de su caterva de géneros y condiciones. Con asumible demora sobre el horario establecido y bajo su banda sonora que hace las funciones de introducción, los Lords Of Altamont se situaron en sus respectivas posiciones y… Las canciones de “Tune In, Turn On, Electrify!”, su último disco, se suponían el eje principal del show, pero el comienzo con “Live With Me”, “I Said Hey” o “Death On The Highway” del tirón sorprendió a una buena parte de la audiencia que clamaba por un micrófono principal más nítido, pues apenas se distinguía a “The Preacher” con claridad. No sabíamos si modulaba correctamente, si se le escapaba algún gorgorito, si lograba alcanzar los agudos o afinaba sin problemas, pues la descompensación entre instrumentos y voz era notoria. Eso sí, como era de esperar, vatios a volumen once (“Million Watts”) y demostración de furia e intensidad (“Levitation Mind”) por parte de los cuatro, si bien todas las miradas se centraban en su carismático frontman que sube un par de escalones alcanzando la categoría de showman. 

Porque las dimensiones del escenario no son óbice para que el tío actúe con fervor, despliegue su manual de movimientos, soliviante al personal o manipule la situación a su antojo. Es un escurridizo animal de escenario que, aun teniendo minuciosamente estudiados sus guiños, ademanes o revoluciones, zarandea sin remilgos su teclado Farfisa (aclaraciones en la biblioteca cibernética) y se exprime durante hora y media junto a Dani Sindaco, Rob Zimmermann y Barry van Esbroek, guitarrista, bajista y baterista respectivamente que comparten coros y pacientes se mantienen en sus puestos hasta que llega su momento estelar. Con “Living In The Squires”, la primera en aparecer de su último trabajo, los decibelios se equilibraron cuando una rotunda línea de bajo marca el compás, la guitarra alterna el sensual wah-wah con cúspides pseudo punkarras y la batería ejerce de metrónomo mientras los teclados y los solícitos coros animan al respetable abstraído en su arabesca psicodelia, recuperando acto seguido la intensa “Going Nowhere” que demuestra porqué sus conciertos tienen fama de ser verdaderas sesiones de locura general. El termómetro aumenta su graduación y los ánimos de la peña, igual.

Bueno, para ser sinceros, la práctica totalidad estábamos en el garito expectantes por y para algo, así que no vamos ahora a alterar la realidad, ¿no? Y la realidad es que los californianos se esmeraron en una lúgubre taberna (“Going Downtown”) convertida en acalorada y comprimida caldera. La realidad es que son unos tipos competentes que se entregan con absoluto esmero sea el entorno que sea (“Like A Bird”) y proponen fases deja vu (“Velvet”) recibidas con muestras de éxtasis colectivo. La realidad es que practican un contagioso rock & roll entre la psicodelia y el underground que se clava en la médula espinal (“7th Day”) con la misma determinación de una precisa armónica y conocen el lenguaje del directo induciendo al concurso general con un himno como “Action” en el sudoroso tramo final. Y para rematar ese poderoso catálogo de ritmos pendencieros, atrevidos solos del señor Sindaco, progresiones setenteras o aires hardrockeros tutelados por el binomio Zimmermannvan Esbroek, la fuerte reverberación de “4.95” introduce en los tímpanos de la entusiasmada asistencia un zumbido que difícilmente eliminará. Un zumbido que nos acompañará los días necesarios como para no olvidar el show… y a los Lords Of Altamont, of course. Espíritu, compromiso, six six six y rock & roll.

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