Wicked Wizzard y Cordura hicieron saltar los fusibles de la Sala Blue de Santana 27 | GR76


Viernes 1 de octubre de 2021 en Sala Santana 27, Bilbao

Que iba a ser una noche electrizante lo sabíamos de antemano. Que sería una velada delirante lo intuíamos, ya que una convocatoria de dos bandas de la escena local como Cordura y Wicked Wizzard es lo suficientemente atractiva como para desestimar, aunque tuviéramos que esperar hasta última hora para saber si la agenda nos concedía una tregua. Ya dijimos en la previa que los seguidores de postulados psicodélicos, de macizos paramentos, de progresivas estructuras, de gaseosos sonidos o de desérticas avenencias tenían una buena oportunidad para aparcar los rompecabezas diarios y disfrutar de un par de horitas meneando las susodichas. Así fue. Así sucedió. Así ocurrió en ambos casos. Con los primeros la efusividad fue un poco más lacónica y con los segundos el histerismo se desató, porque el carácter de unos y otros encima del escenario conlleva la entusiasta actitud de un respetable que lleva diecinueve meses de estrecheces, pesadumbres e intransigencias. Curiosamente Wicked Wizzard fueron, allá por el mes de julio del año pasado, quienes de alguna manera iniciaban este maldito vía crucis con la presentación de un “Warlords Of The Dark Realm” que debió ser postergada con anterioridad por mor del cataclismo, y puede que de rebote sean quienes se apunten otro tanto siendo los portadores de esperados salvoconductos vistas las últimas noticias y las penúltimas medidas.

En cuanto al concierto, la Sala Blue (uno de los espacios de la Sala Santana 27) era el designado por la agencia HeyHeyMyMy para su celebración, y tras la correspondiente verificación del QR (¡cómo echamos de menos los antiguos y coleccionables tickets!), subimos por las escaleras que llevaban a una estancia preparada con las butacas de la discordia. Volarán. Pronto o temprano desaparecerán. Cordura era la formación encargada de abrir el telón, y con pocos minutos sobre la hora fijada aparecieron en escena cuatro viejos amigos que a buen seguro, y a pesar de tener media docena de (muy recomendables) elepés en sus vitrinas, conquistaron algún nuevo fan, puesto que se entregaron con su candente fórmula melódico-progresiva-psicodélica introducida por los teclados de “Ruta Suicida”, última aportación hasta la fecha que, aun siendo el epicentro del set, permitió la entrada de algunos vitoreados flashback, caso de “Objetivo Cumplido” o Animación Suspendida” de 2015 o la decana “Lo que dejamos Atrás” de 2009. El akelarre de progresiones, vibraciones y convulsiones mantuvo expectante al personal no solo por su hechizo musical, sino por unas paráfrasis tan envolventes como las propias melodías y por los incesantes requerimientos de aliento por parte de Anero desde los teclados y micrófono principal, por el empuje de Unai con platos y timbales, por el preciso equilibrio de las cuatro cuerdas de Beko y por el peso, el nervio y las escalas que ofrece Michi con las seis. La gente palpitó a ritmo de “Causas Perdidas”, se introdujo en las persuasivas dimensiones planetarias de “Hipernova” que absorben diferentes géneros y generaciones y conectó con una demandante “Caza de Brujas” que dibujó, gracias a una iluminación mortecina e incandescente a partes iguales, una noctámbula hoguera aprovechada por las psiques del lugar.

Tras un entreacto inaugural pleno de furia y voluntad, el ritual seguiría con Wicked Wizzard, un triángulo que al igual que el de las Bermudas secuestra a escépticos y profanos con su rico arsenal de densas frecuencias y sabbathicas reminiscencias. Son jóvenes. Tienen agallas. Optimizan recursos. Demuestran personalidad, y todas esas virtudes se descubren en unas performances en las que devoción y síncope van de la mano. Tras la frecuente intro, aparecen los tres chamanes de la congregación que, una vez situados en sus respectivas parcelas y espoleados por un enjambre de fieles que se entregarían en cuerpo y alma durante el oficio, hunden el aguijón con la contundencia de “Doomed”. Surgen las tinieblas de Birmingham y las nostálgicas franelas mientras los litigios, circunspectos o despreocupados, se apoderan del ambiente y uno fija la mirada, incluso el cálculo en la potencia de sus cuantiosas coordenadas percibiendo la insultante seguridad en sus propias posibilidades. Tanto es así que “Wichtstone”, uno de los capítulos de su prometedor estreno de 2018, aflora a continuación y las huestes repican sin miramientos las acometidas de unos Mikel, Iñigo y Unai camaleónicos, tenebrosos y rigurosos en cualquiera de las variantes que adoptan en una exposición bastante pingüe y florida ya sea en la turbulenta “Evil”, en la voluble “Blood” o en la absorbente “Dark Realm”, cinco minutos para refrendar los conceptos absorbidos y volar inconscientemente con las descargas asociadas a inmortales alcurnias como los Deep Purple, de quienes recordaron “Into The Fire” que cierra el directo compartido en plataformas digitales este mismo año. Los aplausos no cesaban. Las abnegadas muestras de arrebato tampoco. El estrépito general era comprensible, pues los chicos saciaron el apetito de estos rigurosos meses con la conspicua y ecuménica “Master Of All” que es toda una experiencia vivir en directo. En “Rednecks From Hell” se pudo paladear el exquisito manejo instrumental de cada uno de ellos y la función terminaría con una pletórica “The Barbarian” que no fue precisamente el postre del cenáculo, porque se atrevieron con una interesante novedad que, como novedad que es, en su momento presentarán. Sea antes o en Azkena Rock Festival, donde debían haber actuado y actuarán si Dio quiere, estaremos. ¿Estarás tú?

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