Lucero: “When You Found Me” | GR76


¡Menudo revuelo se ha montado con el nuevo disco de Lucero! Unos defienden lo que otros censuran, y los reproches van en todas direcciones. Hacia Ben Nichols, hacia el seguidor que defiende a ultranza los nuevos aderezos o hacia ese individuo que larga y larga sin piedad, hacia el productor Matt Ross-Spang, hacia un teórico cambio de orientación, la supuesta pérdida de no se sabe qué integridades o el problemático proceso de evolución, hacia el peso del teclista Rick Steff en el sonido del disco en detrimento de otros factores, hacia las ásperas guitarras de Brian Venable caramelizadas en esta ocasión… En fin, cantidad de conjeturas o controversias originadas cuando el objeto de las mismas posee las credenciales de la banda de Memphis, algo que no vamos a objetar a estas alturas, si bien hemos de matizar que nuestro apego hacia la formación comenzó una vez había transcurrido un tiempo de su estreno y navegando contra corriente gracias a un tipo autorizado como Michael Dean Damron y los añorados I Can Lick Any Son Of A Bitch In The House. A partir de ese instante… Nos rendimos ante una colección de canciones de quitar el hipo, una colección que tal vez no haya obtenido posteriormente la repercusión que algunos habríamos estimado conveniente, pero quizás ese haya sido el impulso necesario para escribir historias que en cierta manera suponen el indiscutible capital del conjunto y descubren la cualidad de Ben Nichols como compositor. Profundidad, misterio, melancolía e ilusión.

Sin embargo, la publicación de “When You Found Me” ha abierto una nueva y sorprendente escisión entre sus incondicionales, porque su interior debe flojear. O no. Bien mirado, no. Bien escuchado, para ser más precisos y bajo nuestro punto de vista no, porque las diez canciones que componen este undécimo (o duodécimo, según como se mire, pero personalmente creo que diez no son) trabajo en estudio de Lucero se deben escuchar, cuatro, cinco, veinte o las veces que haga falta, porque el análisis más equilibrado es el que uno mismo puede extraer, aparte que atravesamos una época en la que tendemos a oír en lugar de escuchar. A medida que vamos digiriendo “Have You Lost Your Way?” o “Good As Gone”, dos ejemplos de esa aparente transformación, vamos cogiendo el tranquillo al elepé, y al margen de lo vertido en un par de publicaciones sobre la idoneidad de varias cuestiones anteriormente citadas, uno no encuentra diferencias tan sobresalientes entre este disco y otros lanzamientos. Por supuesto lay hay, no lo vamos a negar, y esa debería ser una autoexigencia tácita para cualquier artista o cualquier persona en cualquier faceta, circunstancia u oportunidad, pero no siempre comprenderemos los motivos que han impulsado a, en este caso Lucero, entregar el susodicho cedé. Ahuyentar los demonios que nos han acompañado estos últimos meses se antoja una empresa imposible, y lamentablemente el monotema acapara demasiadas horas, demasiadas tertulias, demasiadas páginas, demasiados pensamientos, demasiadas exequias, demasiadas polémicas y demasiados púlpitos. Tal vez hurgando por ahí encontremos parte del fundamento argumental.

En ese dramático contexto se gestaron las ideas que Nichols fue perfilando y enviando en forma de demos a sus compañeros, y sin apenas ensayos en conjunto se plantaron en Sam Phillips Recording Studio de Memphis en julio del año pasado. Tras haber asimilado individualmente cada una de sus piezas y en ese estado de perturbación colectiva abordaron el disco que cogería el testigo de, curiosamente, el relevante “Among The Ghost”. Las sesiones de grabación van llegando a su recta final y en septiembre aparece “Time To Go Home”, single que parecía destinado a ser la avanzadilla del esperado álbum suscitando el interés entre la afición, pues la ilustración más el propio tratamiento eran suficientemente atractivos como para esperar que el nuevo trabajo siguiera los pasos del predecesor. En cuanto al diseño de la carpeta, y al igual que otros ejemplares en la historia de la banda o en el que editara en solitario en 2008, era obra del señor Nichols como homenaje esta vez al Memphis Buccaneer Lounge incendiado tiempo atrás. El anuncio definitivo de la fecha programada llegaría un mes más tarde sin rastros de “Time To Go Home” y con “Outrun The Moon” como adelanto, así que desde entonces hemos aprovechado para realizar el tan recurrente repaso de su discografía y sí, confirmamos la existencia de cierta variación, pero no hallamos algún atisbo de pérdida de identidad en “Coffin Nails”, “Back In Ohio” o “A City On Fire”, tres historias que se amoldan perfectamente a los patrones utilizados en veinte años en el negocio, aunque contengan, eso sí, novedades en su concepción musical.

Los sintetizadores utilizados deben ser el origen de tantas peloteras, pero deberíamos alegar en su defensa que su empleo, al contrario de lo leído y escuchado, no monopoliza el curso del disco, sino más bien es un recurso requerido por el propio contexto, y según ha manifestado Ben Nichols la incorporación de tanto arsenal surgió mientras experimentaba en su sótano diferentes sonidos durante la composición. Por lo tanto, el señor Steff aceptó la sugerencia, y está exento de toda sospecha. Posiblemente sea una decisión que podríamos haber catalogado como inimaginable en su proceder, pero la artimaña ni mucho menos deriva en herejía, ya que la producción de “All My Life” y “Pull Me Close Don’t Let Go”, donde Nichols abre su alma en canal, añade más sensibilidad a dos canciones que son un manifiesto de dilección hacia su familia por la seguridad y complicidad que le transmiten. Además, en la segunda de ellas, los ecos espirituales son el acompañamiento óptimo para remarcar la confidencia como si de un mantra se tratara: Pull me close, don’t let go… Pull me close, don’t let go… Pull me close, don’t let go… En el polo opuesto podemos encontrar “The Match”, una de las clásicas fábulas pendencieras tan recurridas en el imaginario del caballero entre garitos y madrugadas, con whisky, con colegas, con un piano carcomido y una guitarra, y para finalizar, la titular. Una nana dedicada a su hija que, en clave de recitado y con el espartano abrigo de los sintes, teclas y guitarra acústica deja entreabierta una puerta ¿desconocida quizás? Es un álbum particular, sin duda, y aun comprendiendo desconciertos, tiene la firma de Lucero, y eso significa criterio. Eso significa Rock n’Roll.

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