Ryan Adams: “Wednesdays” | GR76


Tan solo ha pasado un mes desde que saliera el disco, y desde entonces se ha convertido en una obsesión por varios motivos. Primero, por los infructuosos intentos realizados hasta la fecha para hilvanar un par de frases, aunque seguramente todos esos motivos tengan como causa principal otra fecha que insiste, insiste e insiste sin cesar. Numerosas penitencias y escasos consuelos. Demasiadas pruebas diarias. Demasiados cambios, excesivos descartes y vuelta a empezar. No dábamos con la tecla, pues cantidad de ideas (incoherentes la mayoría) colapsaban el subconsciente e inmediatamente todo se reducía a un número, a una fecha, a una canción, una obsesión. Todas ellas (las fechas, las canciones y las obsesiones) tienen sus particularidades y sus sinergias, sus claves, sus sazones y facilitan distintas sensaciones, siendo la obsesión, evidentemente, una de ellas; ya se habrá dado cuenta usted que la obsesión marcará el ritmo en esta ocasión. La circunstancial conexión por la cifra, el once, la no menos caprichosa casualidad del día, el miércoles, y el esperado regreso de Ryan Adams otro once que, aun siendo viernes, llevaba tatuados nítidos miércoles en su interior. Algo nos decía que era una señal, puesto que nuestro cariño por el de Jacksonville nació del siempre atinado y oportuno chivatazo que desgraciadamente no volveremos a recibir y de la obsesión surgida al escuchar una canción. El consejo, fraternal. La canción, maravillosa y sentimental.

Apenas recordamos si la canción en cuestión sonó en la cuarta edición de Azkena Rock Festival (otra obsesión), pero en estos últimos años hemos podido disfrutar de ella repetidas veces en voz del señor Gonzalo Portugal, lo cual aumenta nuestras ansias por repetir la experiencia lo antes posible. Vuelve la obsesión, vuelve el deseo no solo por los escenarios, sino por otros muchos detalles que de alguna manera nos forzaban a escrutar los eslabones de esa cadena de tinieblas, cuestiones, perdones y superaciones que imaginábamos en “Wednesdays”, un trabajo que reafirma la categoría del caballero a pesar de sembrar discordias entre parte de la afición en sus últimas entregas. No obstante, en todas sus obras hay inequívocas demostraciones de genialidad, sigue escudriñando con energía la fragilidad y sin duda esta reciente presentación tendrá sus porqués para el autor, pero si lo llevamos al terreno personal, cobra un sentido especial al tratarse de una reiterada interrogante sobre los azares de la vida. De nuevo volvemos al principio, y sondeando el remordimiento de “I’m Sorry And I Love You” vuelven las obsesiones, las inercias y las dificultades, porque es complicado, muy complicado ordenar el desbarajuste emocional en esta rigurosa realidad. Para eso está el soporte de las canciones, y este tío tiene almacenado, en la amplia gama de tonalidades pertenecientes al género americana, un buen número de fórmulas que procuran emoción y seccionan el alma. No vamos a obviar, por supuesto, que el señor Adams está habituado a navegar aguas turbulentas e incluso ha permanecido al borde del precipicio largas temporadas, pero tampoco seremos quienes examinen sus decisiones o censuren su conducta. Quizás todos estos conflictos hayan sido en veinte años su fuente de inspiración.

Anunciado como trilogía, su nuevo desafío se ve salpicado por esa peculiar inestabilidad, y la prometida edición se ve envuelta en subterráneos capítulos y amargos sucesos que hacen perder fuelle al proyecto. Tras replantear la situación, se encuentra con diecisiete composiciones, pero sigue sin concretar la jugada hasta que mueve ficha de nuevo reemplazando nueve de ellas por tres nuevas obteniendo el resultado final. Once, nuestro número fatídico. Nuestro azote particular. La obsesión arrincona otra serie de formulismos, y tras el piano preliminar que dibuja sombras, destellos y formas de un firmamento musical que seguirá iluminando el transcurso del elepé, su tortuosa travesía y la obstinada búsqueda personal se ve reflejada en “Who Is Going To Love Me Now, If Not You”. Más giros, más intercambios, más encrucijadas. Modifica la ilustración original. Aquella simulaba otra de sus inspiraciones (una obsesión más a sumar), de quien podemos atisbar paradójicos perfiles en “Walk In The Dark” por ejemplo, aunque también se podría acercar al lamento del preámbulo, al ensueño del cronista de Duluth, a las hechuras de otra ilustre cantautora canadiense o al inequívoco acento de un cómplice que ahora brilla en la hipérbole celestial. Conjeturas que también podríamos vincular a “Birmingham”, la pieza más acalorada en cuanto a efecto y orquestación de un puzle templado y analítico dividido, al igual que la semana laboral, por “Wednesdays”, el equilibrio de nuestros miedos o nuestros caprichos, nuestros defectos, nuestras virtudes o nuestros imperecederos vínculos como los esgrimidos en “When You Cross Over” o “Mamma”. Dos cortesías. Dos gratitudes que tocan la patata por su diáfana ternura y que en el caso de la primera adquiere cotas de escalofrío con su determinante armónica, mientras la segunda es una selecta súplica que presiona tanto como el vacío de la ausencia. Y aquí, precisamente aquí, con la compañía de la guitarra, el piano, sentidos coros y la ceremonial sinfonía final, es donde bajan las defensas, asoman los recuerdos y un sinfín de imágenes nublan la mente, humedecen las retinas y descubren la arrolladora capacidad de Ryan para doblegar con la sensibilidad de una canción. Prescindiendo de disciplinas o pelajes, esa es cualidad fundamental para que una canción consiga toda clase de sentimientos y revoluciones en el receptor, y el resto del registro no le va a zaga, ya sea ofreciendo instantes bucólicos (“Poison & Pain”), sobrecogiendo con frágiles pasajes (“So, Anyways”) o introduciendo introspectivos minutos (“Lost In Time”) rematados de forma brillante con la nostalgia de los marfiles, los envolventes ecos y la afligida voz de Ryan en “Dreaming You Backwards”. Sueños, tormentos, honores, obsesiones…

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