Robert Jon & The Wreck: “Last Light On The Highway” | GR76


La presentación europea del nuevo disco de los californianos se planteaba como buena oportunidad para comprobar un estado de forma que no dudamos se encontraba en plenitud, pues previo a este escenario recibieron un galardón que les acreditaba como mejor banda en directo, y los testimonios que llegaban eran suficientemente seductores como para asistir. No seríamos pocos los que esperábamos estar frente a Robert Jon & The Wreck, unas repitiendo, otros debutando, sin embargo… Uno se pregunta si una esfera (a pesar de las tesis terraplanistas, que las hay) puede suspenderse de esta manera, y sí, el mundo en general ha experimentado una variación de 180º, no sabemos si en su eje de rotación o sobre la subsistencia de la civilización. El mundo ha detenido su movimiento, y nuestro tiempo parece haber sufrido una ralentización proporcional, ya que los días prolongan demasiado su duración. No vamos a descubrir la penicilina a estas alturas, y tampoco queremos aburrir con retóricas ni insistencias sobre la tiranía del minúsculo bacilo que está desafiando la estabilidad en todos los ámbitos. Uno de los damnificados, el rock ‘n’ roll, que si ya tenía sobre sus espaldas una pesada espada de Damocles, presiente la hecatombe porque la situación no es nada halagüeña y las bandas, los estudios, los sellos, las productoras, las promotoras y todo lo que pulula alrededor intentan mantener el equilibrio en un alambre demasiado fino que corre el riesgo de quebrar.

No obstante, en esta travesía hay esforzados trotamundos que confían en su potencial describiendo un mundo de espacios transparentes en vez de opacos agujeros. Gente grande como Robert Jon Burrison, un gran tipo no solo en la evidencia, sino en la competencia de un discurso desarrollado en tratados de liberación sensorial junto a sus compañeros The Wreck. El próximo mes de mayo podremos descubrir el talante de “Last Light On The Highway”, elepé con varias interpretaciones y un par de cuestiones derivadas del membrete y su ilustración. Para despejar la incógnita, nada mejor que sentir la bienvenida de la desprendida guitarra del señor James en “Oh Miss Carolina”, recibir sus salmos, alabanzas y el firme estímulo por seguir adelante (o al menos esa es nuestra impresión) sintiendo la combustión del rock, sintiendo posteriormente los vientos y solícitos orfeones de “Work It Out” o “Can’t Stand It”, dos piezas de indudable ambientación gospel que abrigan ofreciendo un propicio valor terapeútico en períodos de desgaste anímico. La primera de ellas es un oasis en el desierto, ya que es su primera grabación con metales tras nueve años componiendo y funciona, vaya si funciona. La voz de Robert Jon suplica, las teclas del señor Maggiora custodian el alma y las adjuntas líricas someten tanto como la aportación de la excitante sección de viento, mientras la segunda de ellas obra como antídoto a la apatía, pues se respira buen rollo y su letra apela a la superación.

Los elementos se fusionan con naturalidad ya sea en su variante decidida o melancólica, si bien la decidida sea la más utilizada porque tan solo bajan de revoluciones en “One Last Time”, “Gold” y la primera parte de la titular, románticas serenatas proclives al recuerdo, el sollozo o el arrumaco. Siguen manteniendo su dinámico argumento musical, su crisol de ecos y pátinas articulados con fe y defendidos con la elegante arrogancia del rock, que no es sino un abrupto recorrido que ha atravesado épocas y vicisitudes, y en cada una de ellas, varios ejemplos de discos creados por autores cuyo rédito aumentó. “Last Light On The Highway” debía ser uno de ellos, dada su receta y vitalidad, y quizás lo sea porque es época de reflexión necesitada de competentes refuerzos para no flojear. Estas once canciones pueden ayudar a profundizar en este examen global a través del soul, a través de las demandas del ayer (“Do You Remember”), la fortuna del porvenir (“Tired Of Drinking Alone”) o las promesas realizadas (“This Time Around”) con la sana intención de cumplir. Hay sombras camaleónicas, crepúsculos sureños y voluntad en todos los recodos del trabajo como en “Don’t Let Me Go”, alarido característico preñado de direcciones y manuales que podrían variar en función del oyente. ¿Quieres funk? Se puede intuir. ¿Acaso shuffle? Los señores Espantman y Murrel lo producen. ¿Guitarras deslizantes? Aquí las hay. ¿Descaro underground? Incluso podría haber. ¿Bases de southern rock? También, como en el capítulo final, el segundo fragmento de “Last Light On The Highway”, un progresivo y distintivo desarrollo tanto de las logias del género como en psicodélicas sociedades, que a fin de cuentas son parte de este viaje que nos transporta por la autovía buscando la esperanza, encontrando la luz.

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