minientrada La luna, el soul y las buenas vibraciones de BBK Music Legends Festival. GR76


Un alto porcentaje de asistentes a esta cuarta convocatoria de BBK Music Legends Festival coincidía en sus impresiones al finalizar, y de ese tanto por ciento otro bastante elevado nos confirmaba que difícilmente perdería el quinto aniversario. Independientemente a gustos o inclinaciones, la organización del evento, o sea, Dekker Events, parece estar logrando el beneplácito de un público que tal vez, y con el riesgo que esto conlleva al no tener los datos que lo corroboren, consiguiera el pasado sábado 15 de junio el mayor pico de afluencia. ¿En qué basamos esta suposición? Tan solo en recuerdos, en imágenes, en contrastes, en sensaciones. En un espacio que aun siendo amplio por momentos reducido se mostraba. En las copadas zonas de descanso y en los puntos de abastecimiento que sufrieron los rigores de la aglomeración y aguantaron el temporal con diligencia. En el aliento de un auditorio entregado y en las constantes entradas de tropeles humanos coincidiendo seguramente con la llegada de los convoys de Euskotren, una estupenda conexión que siempre hemos aplaudido, ya que la existencia de esta línea facilita el traslado y lo convierte en un cómodo trayecto de siete minutos desde el centro del botxo, olvidando con ello las molestias del tráfico rodado y colaborando de alguna manera con la sostenibilidad del entorno. Uno de tantos factores positivos que impulsan a acercarse a Sondika y disfrutar del festival. Y si el reclamo principal te agrada, si el planteamiento musical te seduce, la solución es sencilla. Nos subimos al tren. Nos apuntamos en esta nueva oportunidad con la confianza de aprovechar las horas frente al escenario y con la satisfacción de poder compartir minutos de concordia con paisanos con los que sueles coincidir en saraos de este tipo, algunos de ellos de diferentes orígenes. Sin ir más lejos, el viernes, cuando estábamos a punto de entrar a la estación de Euskotren, primera sorpresa. Allí estaban los amigos gallegos. Allí estaban los zagales conocidos y reconocidos porque son tipos que habitan posiciones centrales en festivales y conciertos varios y son rostros fotografiados en multitud de primeras filas around the country, porque siempre que nos cruzamos hay buen rollo, y porque no deja de ser grato poder charlar y reír un momento con tipos como ellos.

Llegamos al lugar cuando todavía están las puertas cerradas y andan ultimando preparativos, pero no se demora demasiado la espera y con las pulseras colocadas accedemos al centro La Ola sin inconvenientes y palabras de bienvenida por parte de los trabajadores. Otro factor a añadir en la columna del haber. La camaradería y la hospitalidad de la amplia plantilla que conforma este colectivo. Saludos con unos, saludos con otros, saludos con semejantes, unos minutos de tregua, un cafecito y puntualmente se presenta en el escenario la banda encargada de cortar la cinta protocolaria de inauguración: Amann & The Wayward Sons, representantes locales que debían animar con sus canciones el ánimo de los allí presentes. El horario quizás no fuera el mejor para recibir un importante número de asistencia, y los chicos se afanaron en todo momento por contentar a la peña a golpe de “Free Soul”, su debut en el mundo discográfico que próximamente verá su continuación con un nuevo álbum. Su propuesta no se limita a una escena concreta ni a un género o estilo determinado, sino que toma como referencia el rocknroll en su amplitud con seductores desarrollos como “Flying”, expresivos manifiestos como “Lies” o reflexivos esquemas como “Till The End Of The World” (la alargada sombra de Steely Dan), todo ello facturado por un sexteto cosmopolita gobernado por el señor Pablo Amann y tripulado por un equipo de altos vuelos que realizaron un despegue perfecto, lo cual se tradujo en la buena respuesta de un público que aumentó en número para recibir a un tío muy respetado en Euskal Herria como Anje Duhalde. Se podría considerar al caballero uno de los artífices del rock euskaldun por haber influido a varias generaciones en una incólume trayectoria dividida en su carrera en solitario y en la militancia en conjuntos fundamentales como Errobi o Akelarre, de quienes se acordara en el poderoso inicio (“Gure lekukotasuna”, de los primeros) o en el tramo final (“Goizero”, de los segundos). A pesar del gris imperante y el conato de sirimiri, el respetable no cede su ánimo siguiendo con sumo ídem el comportamiento de Duhalde y sus compañeros, músicos de la talla de Rémy Gachis metiendo caña con las seis cuerdas, Iñigo Telletxea llevando el compás con las cuatro y su hijo Txomin dirigiendo tras platos y timbales, aplaudiendo las embestidas y coreando en diferentes fases alguna de sus misivas, caso de “Gitarra zaharra”, “Etxeko andre” o la efusiva “Bakezaleak”, en la que el musculoso solo de guitarra termina convenciendo a algún escéptico (si lo hubiera). Un muy buen segundo acto. Un acto muy bien secundado por un personal que gradualmente va asomando el hocico…

Hasta presentar una bonita estampa minutos antes de la participación de Suzanne Vega, que apareció en el escenario cuando la bruma desaparecía, dejando una perfecta temperatura para seguir sin ningún agobio de exceso o defecto de abrigo el proceder de la californiana. No obstante, un foulard protegía su garganta evitando males indeseados por esa humedad, y desde los primeros compases se pudo comprobar que su inclusión en el festival fue un acierto a pesar de salir tan solo con la compañía de un tipo acreditado como Gerry Leonard, lo cual podría acarrear ciertas desavenencias entre la audiencia. Nada más lejos de la realidad. “Marlene On The Wall” disipó cualquier atisbo de duda con una carga escénica ejemplar, y ni corta ni perezosa demostró tener una fe ciega en su refinado cancionero con la segunda de la noche, la célebre “Luka”. Volvemos a los contrastes. Por un lado, el asombro general, por otro, el silencio que requería la situación, y para terminar, una ovación final que imperó en los descansos, donde se mostró cercana atendiendo sugerencias e insuflando vitalidad, algo que en principio podría parecer incompatible con la mínima presencia de dos personas en un amplio escenario, pero todos esos prejuicios quedaron extirpados con “The Queen And The Soldier”, donde podríamos catalogar la labor de Leonard como esencial con los sonidos que era capaz de extraer de su guitarra. Un encantador impasse en el que pudimos soñar, bailar, sentir y volar con la expresividad de una mujer apegada a su poesía que encandiló con el bello mirador sobre las calles de Manhattan en la cinematográfica “New York Is My Destination”, el sincopado fraseado final de “Tom’s Diner” y la sugestiva orientación de un eficaz ejercicio. Visto que los cambios de backline son magnánimos y provechosos para tomar un respiro, minutos para un reconfortante tentempié previa salida de Paul Collins Beat, donde había depositadas grandes esperanzas por parte de un notable número de seguidores. Sinceramente, por nuestra parte no había tanta convicción, sino más bien cierta curiosidad. Sí, en cierta manera conocemos su historia, su recorrido y sabemos de su alta competencia en las distancias cortas, pero no vamos a adulterar la realidad. No era precisamente nuestra opción prioritaria. Craso error, porque los tíos dinamitaron la primera jornada con su competente rocknroll y su sincronía con fieles que exteriorizaban la misma euforia que transmitían himnos como “Rock ’n’ roll Girl”, “Dreaming”, “Always Got You On My Mind”, “Different Kind Of Girl” y un largo etcétera de canciones tan dinámicas como concisas, tan bailables como punkarras, tan decididas como inmediatas. Suponemos que embutidos en el meollo de la multitud apenas se notaría que la temperatura bajaba en intensidad a medida que asomaba la oscuridad, y tenemos que recurrir a esas prendas de abrigo que antes no echábamos en falta cuando retrocedemos unos metros mediada una actuación que estaba resultando fascinante. No debíamos ignorar a Paul Collins y sus compinches (Juancho López, Octavio Vinck y Ginés Martínez), que contemplando o no esta circunstancia (las bajas temperaturas) seguían ofreciendo una auténtica lección de pundonor y enjundia aderezados con dosis de humor y con “You Won’t Be Happy”, “Tick Tock”, “U.S.A.”, o el recuerdo a su viejo amigo Peter Case y la banda The Nerves con el bullicio beat “Hanging On The Telephone”. No supimos comprender el porqué de nuestra errónea conjetura, porque no pudimos apartar los cinco sentidos del luminoso escenario. No dejamos de observar el movimiento, ni renunciamos a escuchar las descargas de melodía y watios. Agradecimiento absoluto.

The Beach Boys

Tras la gran demostración del combo hispano-yanki difícil lo tenía el siguiente, a no ser que ese siguiente fuera The Beach Boys, quienes ya habían triunfado antes de salir a escena visto lo visto. Ya hemos dicho que los entreactos son suficientemente prolongados como para saciar la sed, mover el gaznate o aliviar la vejiga, pero a esas horas el meneo era más bien escaso. Había ganas. Había nervios, porque estar frente a una franquicia de copete como los playeros puede ser un gran acontecimiento, aun sin contar entre sus filas con Brian Wilson pero sí con el viejo Bruce Johnston o su primo Mike Love. Minutos antes de su partida el coto privado de los camarógrafos es un hervidero, y en las posiciones de vanguardia se aprecia impaciencia, ya que la puntualidad en este certamen es otro dato a reseñar. Y de repente, el estruendo. Se suceden las imágenes en la pantalla central, se perciben los sobresaltos, y entre ovaciones aparecen los chicos de la playa con un inicio demoledor. “Do It Again”, “Surfin’ Safari” y “Catch A Wave” funcionan como elemento percutor que exhibe el entusiasmo colectivo y son las tres canciones que podemos aprovechar en inmortalizar, y la verdad, lo que más podríamos resaltar de esos minutos que transcurrieron cual suspiro fue el calor y color irradiado no solo por las imágenes de olas, arenales y anocheceres, sino por el decidido apoyo de los esforzados de la valla y resto de fans que mostraban su júbilo. Una vez entre la muchedumbre nos dicen que todo marcha bien (“It’s OK”) y volvemos a surfear por medio del soberano “Surfin’ U.S.A.” y la salada “Surfer Girl”, constatando el nivel de una reformada escuadra reunida para la satisfacción de los más jóvenes y otros más maduros con ganas de recordar la juventud. Los minutos se dilatan con jerárquicos ritmos y como efecto dominó van cayendo una tras otra canciones jaleadas por una inmensa mayoría (“You’re So Good To Me” cantada por un animoso Johnston, “When I Grow Up (To Be A Man)”, “In My Room”…), mientras el casi octogenario Love giraba cual peonza animando más si cabe al grueso de la alborotadora concurrencia. En nuestro caso las fuerzas empiezan a flaquear, y con la sensación de haber presenciado las tres cuartas partes del recital y “God Only Knows” cantada por Christian Love, debemos partir sin haber escuchado “Good Vibrations”, pero eso sí, con muy buenas vibraciones.

Ben Harper & The Innocent Criminals

Al día siguiente el radiante sol aconsejaba no cometer ninguna imprudencia, así que por la sombra y con gafas de sol nos dirigimos a la parada de Euskotren. Allí estaban de nuevo los gallegos, y con la repetición de las mejores jugadas del día anterior durante el viaje nos apeamos en Sondika, mejor dicho en la estación de La Ola. Intercambiamos informaciones sobre el final que no pudimos ver y datos sobre alguno de los participantes del sábado y en cuestión de minutos estábamos en el resplandeciente espacio que horas antes habíamos abandonado con opuesta fisonomía. De la multitud a soledad, de la luna al sol, del fresco al calor, de la veteranía que nos despidió a la frescura que en minutos reinaría sobre el escenario. De leyendas a promesas, de estrellas a fantasías, y entre todas ellas, un tipo que sospechábamos se metería al público en el bolsillo. Watermelon Slim era el único participante que nos quedaba en nuestra particular colección, y se erigió en uno de los triunfadores de la edición, pero vayamos por partes. Comencemos hablando de un final que ha tenido unas cuantas voces discordantes y terminemos con el brillante comienzo que puso el listón muy alto para el resto de partenaires. De ese alto porcentaje de gente con el que hemos iniciado este repaso, una buena parte opinará que el concierto de Ben Harper junto a The Innocent Criminals resbaló. Y no vamos a ejercer ahora de abogados del diablo, ni tan siquiera vamos a pretender ser exclusivos cuando las opiniones vertidas van en sentido contrario, pero nuestro punto de vista es sencillo. Si hubieran alternado posiciones con Little Steven & The Disciples Of Sound otro gallo habría cantado. Porque la propuesta de Harper tiene mucho pedigrí. Con canciones como “Alone”, “Diamonds On The Inside” o “Fight For Your Mind” este hombre tiene una parcela propia en el firmamento del rock, y no todos comprendemos siempre la magnitud de las ejecuciones y los propósitos. Conste que tampoco nos vamos a poner quisquillosos, pero entre el frío climatológico, la aparente indiferencia escénica y el cansancio, la peña bostezaba, y aun comprendiendo el disgusto general, somos defensores de la valentía y la libertad del artista para defender su obra sin ninguna atadura, y eso es precisamente lo que honestamente creemos que realizó el californiano. Ta vez habría resultado más sencillo completar una actuación menos arriesgada, pero el tío se sentó libremente con la lap steel en “The Will To Live” cuando la gente solicitaba más acción, se refugió en los bosques tenebrosos de “Keep It Together”, y como él mismo aclaró, no se considera una leyenda, si acaso un artesano de la música. Tal vez no fuera el concierto deseado por todos, pero tampoco soporífero lo podríamos catalogar.

Por su parte el señor Van Zandt obtuvo grandes piropos, y en esta ocasión volvemos a ser la oveja negra. Todo nuestro respeto y admiración por su carrera e inestimable contribución al rock internacional, pero… Bastante show y menos soul, aunque reconocemos la profesionalidad y admitimos el entertainment. Tal vez ahí radicara uno de los principales motivos de nuestra contrariedad, porque el caballero es una de esas figuras a las que tenemos en estima y esta era la primera oportunidad para comprobar su actitud en un escenario (salvo las que hemos disfrutado con el jefe) al frente de los discípulos del soul. Con una brillante puesta en escena donde todo tiene pinta de estar planificado al milímetro y al segundo, los quince integrantes de la compañía sudaron de lo lindo desde una divertida salida con “Communion”, donde las coristas (Jessica Wagner, Sara Devine y Tania Jones) comenzaron con su particular repertorio de gestos, muecas, paseos y jadeos que maravilló a gran parte del público, aparte de su cristalino chorro de voz, por supuesto. Parecía pintar bien la cosa, pero a partir de “Camouflage Of Righteousness” el desarrollo de la actuación tomó otro cariz, exhibiendo más su faceta de actor y activista político que la de músico. Conste que ni mucho menos censuramos esta actitud, es más, valoramos su compromiso social, pero hubo momentos un tanto sobados como el manifiesto de “I Am A Patriot” o las arengas de “Soul Power Twist” replicando patrones de la escuela callejera. Sí, los músicos demuestran un extraordinario nivel, doman los tiempos, deleitan con sus aldabonazos y se mimetizan correctamente entre las sombras y las luces, pero algo nos chirriaba hasta en “Sun City”, una de esas canciones que apela a la reflexión de manera juguetona y visualmente podría resultar contagiosa (que lo fue para una importante sección). El contagio no nos llegó, y con la celebrada despedida de “Out Of The Darkness” comprobamos que continuábamos en las antípodas de una inmensa mayoría. Anteriormente abandonaron el escenario los hermanos londinenses Durham, o sea, Kitty, Daisy & Lewis, quienes intercambian continuamente instrumentos y faceta de cantante, lo cual les otorga una característica un tanto peculiar en el circo del rocknroll, y si añadimos que se acompañan de sus progenitores… Bueno, en esta ocasión al bajo no figuraba su madre, que era sustituida por un varón, y de cuando en cuando soplaba la trompeta otro compadre. Su rica fusión de swing, rhytm&blues, country, blues y todo tipo de ecos vintage implicó notablemente a la gente, y cada uno de esos intercambios ahora en los teclados, ahora con la guitarra, con la batería, el micrófono y la armónica vinieron precedidos por muestras de incredulidad entre el grueso del pelotón. Fue agradable, tuvo ritmo aunque bajo nuestro punto de vista esas permutas privan dinamismo a su actuación, y el recinto lucía una bonita estampa entre el cielo azul, los rayos de sol que se unían por momentos a los haces de luz, los botes de la gente siguiendo el compás de “Slave” “Buggin’ Blues” o “Good Looking Woman” y el buen rollo generado en una tarde donde había que exprimirse.

El amigo Watermelon Slim se exprimió, y de qué manera. Se entregó en todo momento, congenió de maravilla con el público y comandó una buena jarana cuando bajó hacia el ecuador de su intervención a solas con su armónica. Un tipo con una vitalidad pasmosa para su edad, veterano de guerra como quedó constatado cuando pidió un minuto de memoria y respeto requiriendo a aquellos que tuvieran la cabeza cubierta se descubrieran, y un tipo locuaz que encandiló con sus cabriolas, su dominio del slide y una fuerte personalidad demostrando que no se necesita demasiada parafernalia para conseguir las alabanzas. Tras una tortuosa vida ese reconocimiento tarde le ha llegado, y como reza el viejo proverbio popular, nunca es tarde si la dicha es buena. Afortunadamente los elogios y los premios han hecho justicia con este hombre acostumbrado a las segundas y terceras filas durante su vida, y nuestra corazonada se cumplió. El viejo bluesman conquistó Sondika. El viejo blues inmovilizó a los presentes y de allí no se movió un alma. Aclaración: del sitio, porque el oleaje de cabezas y brazos fue una constante de la función. ¿Quién defiende esa peregrina teoría que viene a decir que el amado blues es monótono? ¿Quién osa en defender tal especulación con fenomenales ajustes como “Archetypal Blues”, “Call My Job”, “Too Much Alcohol” (no la de Rory Gallagher), “61 Highway Blues” o estupendas adaptaciones como “Smokestack Lightning” (Howlin’ Wolf) o “Gypsy Woman” (Muddy Waters)? ¿Quién puede decir que el concierto del enjuto y risueño septuagenario careció de actividad…? Cualidad compartida con los primeros del día, por cierto. Finalizamos con el inicio. Terminamos con Mississippi Queen & The Wet Dogs, una formación seguida con sigilo desde sus primeras actuaciones y bajo varias alineaciones que esa tarde jugaba como conjunto local, lo cual, unido a un horario inhabitual y una solana de campeonato proclive a alguna insolación, podría lastrar su ceremonia u originar apatías entre el personal. Pues va a ser otra vez que no, porque terminaron aplaudiendo a una audiencia que paulatinamente fue multiplicando su número y que desde el primer minuto se entregó al soul, funk y elegante rhytm&blues de Inés, Malamute, Ander, Kike y Mikel. Una audiencia que supo corresponder el esfuerzo y la competencia desde la valiente apertura del tándem fundador en un emotivo homenaje a una de sus musas, Amy Winehouse. Si el sabio Fernando lo apunta, hay que tener un par o una confianza absoluta en ti mismo cuando sales a por todas con “I Heard Love Is Blind”, pero quienes conocemos un poco su línea sabemos de su admiración por la londinense. El escalofrío se apoderó de los presentes y a partir de ese instante los bailes, las picardías, los aleluyas y las ovaciones se sucedieron entre “Speak When Spoken To”, “Lucky Red Dress”, “Long Gone” y “Try Me” que alternaron con fantásticas melodías como “Try Matty’s” de Aretha o “Watch Dog” de Etta caldeando (si no fuera poco con el calor climatológico) el ambiente con simpatía, aplomo, un absoluto dominio de la situación, la sugerente voz de Inés,  la indiscutible categoría de Malamute a las seis cuerdas y los necesarios aportes de Kike, Ander y Mikel demostrando ser el inicio perfecto de una fecha legendaria. I’m legend, que afirma el lema del festival.

Rafa Robledo

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