Oscar Avendaño y Reposado: “El Huevo de la Serpiente” | GR76


Probablemente el vigués Oscar Avendaño sea uno de los músicos más inquietos de nuestro entorno, dado que en su biografía podemos hallar bastantes filiaciones, semejante número de colaboraciones e individuales escarceos en algo más de treinta años que lleva en la farándula. Un tipo prolífico y mañoso; un tipo permeable. Por otra parte, no está en nuestro ánimo, ni cabe, la posibilidad de enumerar esas identidades pues la relación es tan extensa que casi con toda seguridad omitiríamos alguna andanza y no es cuestión de desdeñar asambleas o alargar esta introducción, algo que, precisamente, nos suscita alguna de las canciones del trabajo rubricado junto a Reposado “El Huevo de la Serpiente”, aunque sus sentidos o significados reales poco o nada tengan que ver con esta particular apreciación. Nos referimos a la saludable práctica de la apreciación particular, a la renuncia de estrictos contextos o procesos uniformes, a los cálculos o las pseudo exigencias, al hecho (o necesidad) de establecer circunstanciales barreras en la inmensidad del rock n’ roll, al tiempo…

Curiosamente, el tiempo (o el tempo) es uno de los grandes aliados del gallego. El tiempo le ha suministrado conocimiento y el tempo, un amplio vocabulario musical, condición sine qua non para continuar en este particular via crucis de hadas, brujos y alquimistas incluido en este nuevo manifiesto maquinado junto a sus dos compañeros de fatigas, Mauro Comesaña y Andrés Cunha. Siguiendo la táctica esgrimida con el patrón, evitaremos las referencias hacia la tripulación porque se trata de dos hombres con bastantes horas de vuelo y buen conocimiento del medio, así que, en caso de desconocimiento sobre sus respectivas trayectorias, las pesquisas en el espacio cibernético facilitarían el trabajo. Por cierto, ese navío, aeroplano o globo aerostático pilotado por los mencionados y otros insignes aventureros que se han aliado en alguna etapa como Pedro Gregorio, Miguel Herrero, Dani Herrero, Marcos Montoto, Javi Pardo, Hendrik Röver o David ‘Mr. D.’ Vázquez, posiblemente haya contemplado apacibles “Playas Desiertas” en las que la soledad baila al son del viento o el sonido de las olas, avistado alguna fulgurante y sorprendente “Estrella Fugaz” surcando el infinito, o partido hacia Baviera para visitar “Nüremberg”, aunque conociendo la querencia por el celuloide del señor Avendaño, puede que la obertura tenga alguna relación con el séptimo arte.

O puede que no, vaya usted a saber. Puede que, como ya hemos apuntado, tan solo sean especulaciones personales. Excusas, que dice una bienvenida convertida en canción, ya que entre sus versos asoma el encabezamiento de un productivo viaje sonoro por confines americanos como sucede en “Con el Labio Partido”, creación que irremediablemente nos conduce a concurridos clubs de Lousiana dada su viciosa cadencia y vigorosos metales o recónditos juke joints donde la gente huye de los problemas cotidianos; a través de la metrópoli parisina mediante “La Caída de La Línea Maginot”, vibrante secuencia mantenida a base de asociativas guitarras y envolvente estructura de frenético compás o por bravíos acantilados del litoral gallego o cantábrico gracias a una (“El Último Show de) El Increíble Hombre Voltereta” dedicada a su colega, el malogrado Piti Sanz a quien inmortaliza con nostálgicos versos y tenues melodías. En esa misma tesitura podría encontrarse “A Todos mis Amigos” ya no solo por un título suficientemente esclarecedor o su sintomático conjunto gramatical, sino por la maravillosa sensación de afectuoso abrazo musical establecida.

Tal como relata en “Harry Dean” embellecida con una armónica eficaz, polvorientos y solitarios desiertos donde el horizonte es firmamento y viceversa, forjan una acústica y conmovedora despedida que contrasta en forma y formato con dos piezas capitales, al menos bajo nuestro punto de vista, de “El Huevo de la Serpiente”. Por una parte, “Osos en la Era Espacial”, cuyo tramo final incluye un opulento desahogo instrumental que acelera el ritmo cardíaco, y por otro, la poética “Cuervos” que nos suscita todo tipo de encomios y otros tantos estremecimientos debido a una serie de detalles que usted debería averiguar, si bien el resto del volumen está dotado de enérgica perspicacia, nostalgia, temperamento, densidad y coléricos entreactos como “Muerto (y no lo sabes)”. Aquí exhiben músculo y socarronería, se despojan de artificiales ataduras y expanden su potencia rocanrolera en un par de arrebatadores minutos que, casi con toda seguridad, organizará densos alborotos en unas representaciones caracterizadas por el vínculo existente entre oficiantes y asistentes. Un ritual necesitado de atención porque Oscar Avendaño y Reposado es un terceto que no deja títere con cabeza y porque “El Huevo de la Serpiente” abarca y abraza, calma, reclama, concuerda y recuerda.

Deja un comentario