La prometedora, emocionante y concurrida primera edición de Bilbao Blues Festival | GR76


Viernes 29, sábado 30 y domingo 31 de 2022 en la Plaza del Arenal, Bilbao

Desde que comenzáramos a retratar con palabras algunos shows, actuaciones, conciertos o festivales musicales en este rincón, en contadas ocasiones nos hemos enfrentado a la labor narrativa perdidos, indecisos o abstraídos, y cuando eso ha sucedido, o hemos mantenido la boca cerrada o hemos procurado que esas limitaciones no interfirieran en nuestro afán. Pues bien, esta es una de esas ocasiones especiales en la que nos gustaría mantener la mente despejada, nos gustaría utilizar correctamente el lenguaje y procurar ser rigurosos y corteses con una experiencia que nos ha servido de acicate personal procurándonos la gasolina necesaria para proseguir el camino. El fin de semana pasado fue un cúmulo de contrastes, de apoteosis, desahogos, gratitudes y aleluyas. Sobresaliente y pletórico. Algo que por otra parte imaginábamos, pero que ha superado nuestras previsiones. Como máximo culpable (en el buen sentido) de todo ello, este novel Bilbao Blues Festival que tan nuevo no es, ya que continúa la senda emprendida hace años por el Hondarribia Blues Festival, afamado certamen que por varias divergencias se viera obligado a cerrar la persiana en 2019, encontrando un nuevo estímulo cruzando la autopista A8. Bueno, en realidad quien persiste con esta idea es la gente de Crazy Blues con el señor Carlos Malles a la cabeza, y conociendo el magnífico ambiente y los logros de la versión gipuzkoana, el relevo bizkaino se presentía apasionante.    

Micky & The Buzz

El guion tenía una pinta excelente con un listado de artistas de incontestable nivel. La ubicación, en el Arenal bilbaíno a orillas de la ría, más que óptimo. Otro gran aliciente, el resto de actividades programadas, y como incentivo, su calidad de acceso libre. Eso que tratamos como gratuito y uno entiende como un contrasentido aunque lo pueda entender. Una opinión. Sin más. O sea, el programa tenía el gancho preciso, y el público en general solo tenía que responder afirmativamente a la llamada, cosa que ha sucedido durante las tres jornadas en las actuaciones principales, en las programadas al mediodía en el Kiosko del Arenal así como en las convocatorias didácticas celebradas en el Museo Guggenheim. El txupinazo correspondió al quinteto local Micky & The Buzz, quienes pusieron todo de su parte para que la gente disfrutara con su explosiva combinación de clásico rock and roll, punkbilly y mucha diversión. Así lo certificó la introducción instrumental “The Huckebuck” que desatara las primeras cabriolas en los puestos de vanguardia, los gritos de apoyo y la voluntad de sus componentes (Carlos, David, Rodrigo e Iván) que acto seguido recibirían a su vocalista (Micky) con “Mellow Down Easy” de Little Walter. Esos primeros compases fueron un tanto confusos debido a cuestiones técnicas. Fue fugaz. Se esfumaron (los problemas) en un pispás, y su intervención se desarrolló como nos tienen acostumbrados. Contagiaron vitalidad, mostraron sus cartas y supieron aprovechar la coyuntura, el escenario, la asistencia, el entorno y en torno a su proposición artística fueron cayendo composiciones propias que alentaban al personal como “Coffee To Go”, la reivindicativa “Strong Woman” que fuera intensamente coreada y recibiera multitud de aclamaciones, material incandescente como “Funnel Of Love” de Wanda Jackson o “Wasn’t That Good” de Stray Cats. Por descontado, interpretaron una canción que ha pasado de pantalla convirtiéndose en una especie de himno como “Fetta di Limone”. Energía para inaugurar el festival.

Roonie Baker Brooks

El siguiente en subir al escenario era Roonie Baker Brooks, un tipo que dejaría maravillada a gran parte de la concurrencia porque se entregó en todo momento ofreciendo, aparte de un par de fantásticas adaptaciones muy festejadas de los Stones como “(I Can’t Get No) Satisfaction” o la preciosa “Miss You” que sirviera para dar por zanjada su brillante actuación (aunque ese papel correspondería a “Roadhouse Blues” de los Doors), una bonita selección de estándares del acreditado Chicago Blues, Eso sí, visto también desde su óptica como en “I Got The Blues”, donde exhibiera su vena funky junto al hammond de Daryl Coutts. Recordó a ilustres del género como el trío de reyes (BB, Albert y Freddie) a quienes mencionara al igual que a su progenitor Lonnie Brooks en el shuffle “Give Me Your Heart”, dedicó la melancólica “See You Hurt” a las féminas del lugar, perpetuó clásicos de los diabólicos doce compases como “Born In Chicago” donde mantuvo un bonito pulso con el personal, y paró los relojes en insólitos instantes como en la extraordinaria “Let Me Love You Baby” del maestro Buddy Guy. Bajó del escenario. Paseó por medio del auditorio. Saludó amablemente mientras atendía las seis cuerdas. Sonreía y desafiaba. Como la vieja escuela cantó a capella como a través de una guitarra que azuzaba y lamía extrayendo sonidos agudos, sonidos punzantes, sonidos festejados… Arreciaron los aplausos. Dominó y evidenció carácter, no en vano de casta le viene al galgo. Flamante actuación.

Dana Fuchs

Complicado lo tenía quien viniera a continuación, porque el señor Brooks se había desgañitado demostrando su valía. Sin embargo Dana Fuchs era, posiblemente, uno de los principales reclamos de esta primera edición del Bilbao Blues Festival con toda la subjetividad que acarrea esta afirmación. Quienes hemos tenido la oportunidad de ver en acción con anterioridad a la leona sabíamos de lo que es capaz y la imagen de una plaza petada (como era el caso) confirmaba la vitola de una mujer cuya biografía, colaboraciones y éxitos cosechados son su auténtico salvoconducto, así que con la acostumbrada puntualidad de estos saraos, una atronadora ovación anuncia su salida y… Comienzan con el delicado swing “Ready To Rise” y el ritmo creciente “Handful Too Many” que no termina de carburar. Algo no cuajaba en nuestra hipótesis previa. Además, en el prólogo de esta última Dana arrancaría con aquello que acabó siendo la tónica del convite: los monólogos. Sobre todo tipo de materias. Sobre la familia, sobre el amor, sobre la paz, sobre la guerra, sobre la solidaridad, sobre el planeta… Todas las canciones tenían un porqué y guardaban una relación que debía explicar, y bajo nuestro punto de vista ese motivo sobrecargó un concierto donde hubo división de opiniones, si bien es cierto que quórum también. Esto fluctúa así. No hay más que darle más vueltas. Ahora, un concierto de Dana Fuchs es una experiencia que no se puede obviar a la ligera, porque escuchar en vivo su vozarrón y sentir la presión de revisiones de celebridades como Otis Redding (“Nobody’s Fault But Mine”), Gil Scott-Heron (“Home Is Where the Hatred Is»), en la que se sentó al cajón exhibiendo sus dotes rítmicas, o el delirante aullido de Queen (“Under Pressure”) que sirviera para comprobar su grandioso rango vocal, no puede ser sino una liberación personal. Esa particularidad la hallamos, por ejemplo, en “Long Long Game”, que procedió determinante, combativa, rockera e impetuosa. Vamos, como Dana Fuchs.

Miriam Aparicio

El segundo round lo iniciamos en la charla matinal que ofrecía Manuel López Poy amenizada al piano por Miriam Aparicio sobre las pioneras del blues titulado “Divas y Luchadoras: Pioneras afroamericanas y damas del Blues” que, evidentemente, trataba del fundamental papel de la mujer en el nacimiento y expansión del blues. Historias de lucha, anécdotas, trasiegos, perjuicios y todo tipo de trabas que esas mujeres coraje han debido superar. Como la vida misma. En la amena narración a cargo del escritor y divulgador gallego, se colaron nombres como Madam C.J. Walker, la primera millonaria negra gracias a sus revolucionarios productos de belleza, la actual y galardonada activista Ruby Bridges Hall, primera niña que asistió escoltada, a los seis años de edad, a un colegio de blancos o Harriet Tubman, espía y una de las primeras feministas negras, así como Ma Rainey, Bessie Smith, Mamie Smith, Memphis Minnie (“Nothing In Rambling”) o Gladys Bentley por citar algunas, dando por concluida la conferencia que se celebraba en el auditorio del Museo Guggenheim con la emblemática “(You Make Me Feel Like) A Natural Woman”. Muy recomendable. Con tranquilidad nos dirigimos al Arenal contemplando la ría y el paisaje, contando chascarrillos propios de la villa, funcionando como guías turísticos y matando un tiempo que se nos fue en un suspiro, sin embargo pudimos estar en el Kiosko del Arenal frente a Blues Triumvirate, un combo intergeneracional de conocidos de la escena bluesera hispánica como Francisco Simón, Mingo Balaguer, Pablo Sanpa, Fernando Torres y Pascu Monge. Buen aperitivo, ya que la hora era propicia para ello. Maravilloso enclave, bajo la arboleda y con el blues como elemento catalizador, el típico manto bilbaíno de fondo y gente de todas las edades bailando sin cesar bajo el influjo de la armónica del sevillano (“Blue Mambo”), al son de la guitarra del madrileño (“Route 66”) que lleva acumuladas más de sesenta y seis o seiscientas rutas, o con la celeridad que transmite “Just Keep Loving Her”. Acabamos rendidos, y quizás por ese motivo las fuerzas no nos acompañaron como habríamos querido hasta el final de la jornada. No tenemos la correa de tiempos mozos, está claro. Pero que nos quiten lo bailao, que no ha sido poco.

Blues Triumvirate

Ya en horario vespertino, como primera opción y al igual que el día anterior, otra formación vasca, donostiarra en esta ocasión: Noa & The Hell Drinkers. Rostros sorprendidos, brazos al aire, semblantes exultantes y todo tipo de buenas impresiones ofrecían los espectadores, ya que los cinco demostraron tener, aparte de muy buenas maneras a nivel individual, un consistente repertorio de blues, soul, rhythm and blues y todas las ramificaciones posibles que pueda usted imaginar provenientes de la llamada música negra. Hasta la inmortal “Ace Of Spades” dejaba entrever la variedad de referencias que manejan estos gipuzkoanos liderados por una Ainhoa Egiguren que se mueve con provocativa soltura conectando con el público con tan solo una mirada, un gesto y un timbre espectacular. Sensuales todos ellos como el movimiento de sus caderas en “My Friend Johnny”, sugerentes como el aroma a humeante garito de “Voodoo Woman”, brillantes como “They Call Me Big Mama”, o desbocados como sus compañeros Sergio Villar (guitarra), Manu Gestido (bajo), Igor Telletxea (batería) y Paul San Martín (teclados). Una intensa y muy agradable apertura que a muchas personas les serviría para iniciarse en la investigación de una banda curtida en programaciones del pelo (Hondarribia, Burlada, Jazzaldia, Benicasim, Cerdanyola…), con dos reveladores discos publicados y que si usted no controla demasiado, debería remediar.   

Noa & The Hell Drinkers

Se anunciaba otro momento muy esperado, y la gente respondió aclamando por todo lo alto al veterano bajista y cantante Bob Stroger cuando recibió la txapela concedida por Bilbao Blues Festival como premio a su dilatada carrera. Con un envidiable currículum en el que se incluye gente de la talla de Otis Rush, Pinetop Perkins, Eddie King o Jimmy Rogers entre otros, acudía a esta cita en Bilbao con Chicago All Stars después de haber pasado por Hondarribia. Le acompañaban Joey Saye (guitarra y voz), Ari Seder (guitarra y bajo), Piano Willie (teclados y voz), Kenny Smith (batería), Kimberly Johnson (voz) y Mike Avery (voz), o sea, un contrastado conjunto de músicos experimentados y suficientemente representativos de ese blues que llevan tatuado, como amuleto, como identidad. Todo un lujo a orillas de la ría. Un placer para los sentidos, una delicia absoluta que podremos guardar en el baúl de los recuerdos. Una sinergia de deferencias y tributos a la ciudad del viento, uno de los grandes pilares del género. Costaría bastante concebir el extenso caudal del blues sin la existencia de un afluente de estas características, así que estábamos dispuestos a recibir las lecciones oportunas sobre historia impartidas por estos catedráticos y… Atendimos. Captamos el mensaje. Fuimos correspondidos y agasajados con una masterclass en toda regla. Fuimos tocados por una varita mágica volando de generación en generación con la ayuda de continuos intercambios en la faceta vocal, con fases de histrionismo colectivo como sucediera en la vacilona “Tell Me Mama” o en la insistente “Next Time You See Me”, con legendarias canciones como “Baby, What’s Wrong With You?”, interpretaciones ceremoniales como “Baby What You Want Me To Do” en la que Kimberly Johnson maravilló con su chorro de voz tanto como en la carismática “Hound Dog”, impresionantes registros soul de esos que erizan la piel como un “Out Of Bad Luck” ejecutado cual jilguero por el elegante Mike Avery, una colaborativa “Got My Mojo Workin’” con todos los integrantes (juraría que Ronnie Baker se colgó la Telaca) encima del escenario… Y la luna de Bilbao se reflejó en la ría mientras la gente aplaudía, mientras la gente celebraba, mientras la gente sucumbía al blues.   

Chicago All Stars

Salimos del recinto con la intención de tomar un tentempié, pero lamentablemente la manecilla rozaba la franja de reserva, con lo cual tuvimos que ausentarnos. Una retirada a tiempo es una victoria, y no era cuestión de arrastrar el cuerpo el último día que se barruntaba emotivo y tan condensado como el anterior, pues había trascendido que la actuación que pondría el broche de oro a esta primera edición, la de Travellin Brothers, contaría con las colaboraciones de Mikel Erentxun y Fito Cabrales, siendo una fiesta para dar la merecida bienvenida al festival. Pues bien, la fiesta, se convirtió en un sentido homenaje, la fiesta sobrepasó límites terrenales y eclipsó la fatalidad. Todos los asistentes lloramos en buena medida la pérdida de Unax, el hijo de Eneko Cañibano, y arropamos tanto a él como a su hermano Aitor, a su primo Jon y al resto de la familia Travellin. Sabíamos que todos debíamos remar en la misma dirección. Sabíamos que debíamos corresponder con nuestro apoyo intentando mitigar el amargor. Sabíamos que era una ocasión muy, muy especial. Única. Excepcional. Y lo fue. Resulta muy complicado, por otra parte, juntar cuatro letras bajo estas circunstancias, así que debe ser un acto de heroicidad, generosidad, empeño o simple lealtad saltar al escenario con esa angustia en el corazón. Vaya desde aquí un grandísimo abrazo por parte de la familia GravelRoad76 a los mencionados, porque nos volvieron a demostrar el tipo de personas que son. Nos demostraron principios, entereza, compromiso y todas esas virtudes que aun presuponiendo, descubrieron que no son una pose. Veraces son.

Travellin Brothers

Pero mejor narremos lo sucedido en su orden cronológico, empezando por la simpática y cercana Shemekia Copeland que reunió a un considerable número de seguidores, paseantes o curiosos. Y aquí, en este asunto, está la eterna disputa de las audiencias, carencias o afluencias, de la gente que acude con mayor o menor regularidad el resto del año a conciertos musicales, de la gente que se apunta cuando no tiene que rascarse el bolsillo o la gente que por el contrario, para poder sufragar esta afición administra como puede sus ahorrillos. Aquí entran las administraciones públicas, las iniciativas privadas, los grandes eventos o los austeros garitos. Aquí entran quienes se sienten con la autoridad baladí de tratar al prójimo con arrogancia por su supuesta veteranía o quienes piensan que ya que van, hay que darlo todo. Todo en su justa medida, damas y caballeros. Hemos de buscar un equilibrio. Como el que encontramos en el terapéutico blues, ese que nos gustaría tuviera mayor repercusión. Ese que Shemekia fue asimilando desde temprana edad y al que dedicara un “Married To The Blues” en el que sobresalieron tanto los gorgoritos de la dama de ébano como el magistral solo de Willie Scandlyn, quien alternó cometidos guitarrísticos con Arthur Neilson. Del primero destacaríamos sus impetuosos slides en la no menos impetuosa “It’s 2 A.M.” o en “Walk Until I Ride”, y del segundo la desenvoltura y eficacia en “Aint Got Time For Hate”, o la picardía mostrada en “Pie In The Sky” o “The Wrong Idea”, canciones en las que Shemekia pidió la colaboración de chicas y chicos, obteniendo una más que respetable respuesta en ambas. En otro apartado más entrañable situaríamos “Guetto Child”, original de su añorado padre Johnny Copeland. Se lució. Destacó. Miró al cielo (muchos lo hicimos también) y confirmó aquello que ya sabíamos cuando retiró el micrófono exhibiendo la garantía de sus cuerdas vocales. Terrible. Celestial. Escalofriante. Valió la pena, vaya si valió, y posiblemente sea uno de esos mágicos momentos calificados como culminantes, pero…

Shemekia Copeland

Quedaban aún unos cuantos que nos impresionarían, que nos extasiarían, que instalarían un hondo sentimiento de turbación en toda su gama de naturalezas, que nos situarían en otras dimensiones. Quedaba, además de los Travellin (sin apóstrofe nos acostumbramos a escribirlo), Fantastic Negrito, un tío de buena reputación, un Grammy en sus vitrinas y positivos consensos sobre su directo; uno de esos denominados platos fuertes que cumplió con creces, pues su aparición dejaría un reguero de boquiabiertas y recompensados. Fantástico, si se nos permite una licencia poco arriesgada y demasiado facilona. Xavier Amin Dphrepaulezz, que así se llama este atlético y excéntrico individuo, conectó con el público tanto por su teatralidad como por su iconoclasta propuesta que abraza todo tipo de suertes, si bien es indiscutible que la médula que vertebra sus flexibles costillas es la música negra de la que se nutre extrayendo todo su jugo. Blues del siglo XXI que alguien en su día rotuló. Activo irrumpió (característica que no abandonaría) con el funky hiphopero “Transgender Biscuits” que radiaba luminosidad no solo en el aspecto puramente ornamental, sino en la atmósfera creada. Desde esos prolegómenos verificamos que un torbellino había llegado a la ciudad. No paraba un segundo. Se movía constantemente a lo largo y ancho del escenario incitando y excitando con sus espasmódicos movimientos, con atrevidos rockanroles (“Chocolate Samurai”), con despóticos ritmanbluses propios de Tennessee (“An Honest Man”), con súplicas góspel (“In The Pines”) finiquitadas con nervio y donde el chileno Tomás Salcedo impuso su ley con un vertiginoso slide, con extractos de soul underground tipo “Man With No Name” o un ritmo fronterizo con trazas rastafari llamado “Nibbadip”. Un volcán. Un artista con todas las letras. Un tipo que, estuviera previsto o sea una paranoia personal, lanzó un “¡cállate la boca!” que igual, quizás o tal vez fuera dirigido a algún corrillo. Bravo por Xavier

Fantastic Negrito

La inclusión de los Travellin Brothers y ocupación como encargados del apoteósico cierre, no era sino un síntoma inequívoco de su categoría. Los bizkainos de New Orleans que les bautizamos desde el momento que les conocimos, comparando la desembocadura de la ría con el delta del Mississippi así como el antiguo tejido industrial de las riberas del Nervión con los viejos campos de algodón del sur. Eso nos dictaba su tendencia, llevando por bandera esos sonidos ya fuera en compañía de una Big Band, con más o menos metales, con coristas, con colaboradores de prestigio, en glamurosos teatros, fiestas patronales o arropados en forzosos reductos. Vamos, en todo tipo de situaciones de las que han salido airosos y triunfantes, porque esta gente conoce el medio y ha aprendido a capear el temporal. Han creído en sus posibilidades, han crecido en el escenario recogiendo premios y aplausos por aquí y allí. Y reiteramos que este último día de julio de 2022 se recordará como un día exclusivo. Vital. Trascendental en la biografía de los chicos, inolvidable para el equipo organizador de Bilbao Blues Festival y muy emocionante para toda la gente que tuvimos el privilegio de participar, en la medida que fuera posible, en la fiesta de Unax. Así estaba establecido y así transcurrió.

Travellin Brothers

En voz de su tío Jon Careaga lo averiguamos, gracias a la camiseta del Athletic que gobernaba el escenario con el nombre del protagonista sobre el simbólico número 10, gracias a las entrecortadas palabras de su tío Aitor Cañibano y gracias a las muestras de agradecimiento de su padre Eneko Cañibano también. Huelga decir que fue recibido con un sonoro y sentido “¡¡Eneeeko… Eneeeko… Eneeeko…!!” que se oyó en las faldas del Pagasarri. Faltó que se uniera a la fiesta el típico sirimiri del boxo que habría colaborado con su lamento, pero esas lágrimas recorrieron nuestras mejillas contribuyendo al hermanamiento. Se hizo imposible no llorar, imposible no recordar las solidarias campañas para recaudar fondos que paliaran los gastos derivados de operaciones o tratamientos de Unax, un chaval al que diagnosticaron al poco de nacer una cardiopatía compleja tipo atresia pulmonar. El alto nivel de empatía alcanzada, así como la emoción y los muchos instantes de estremecimiento, ya fuera por la descorazonadora entrada de “Better Day”, ya fuera en la fraternal ofrenda final con “Space Captain”, ya fuera con cualquiera de las epístolas invocadas en una ceremonia que difícilmente podremos olvidar, condujo este acto de deferencia y amor. Un homenaje. Una cortesía que disimulaba la pena con el ánimo que insuflaba el pasacalles “Oh My River” en el que los vientos de Iker Figueroa (trombón), Javi Pérez (trompeta) y Alain Sancho (saxo) ostentaron autoridad mientras el chamán Careaga insistía en la implicación de unos presentes que, consternados por los motivos ya conocidos, seguíamos sus denuedos en títulos como “Goodbye Louisiana” en el que los hermanos Cañibano dinamitaron guitarra y contrabajo o una delicada “Angel Cry” que, dirigida por el piano de Mikel Azpiroz, nos situaba en tabernas de Baton Rouge.

Travellin Brothers

Hay cosas, sucesos, incluso avatares que se hacen difíciles explicar por mucho que insistamos, y uno de esos casos es un concierto de rock ‘n’ roll. Un concierto de los Travellin Brothers entra en esa tesitura. Un concierto de los Travellin Brothers debería estar pautado como tratamiento contra la desgana, la apatía, el sufrimiento o las desgracias de la vida, porque la vida, aparte de ser maravillosa puede ser despiadada a la vez. La vida son promesas, son recuerdos, son valores y tributos. La vida es un jodido blues, y el blues es parte de la vida, como así se pudo comprobar en la radiante “Movin’ On” con un alegre Ander Unzaga al hammond, en el eco “Adelene” con la asistencia vocal de Inés Goñi que junto a Ainhoa Egiguren oficiaban de coristas, en la rutilante “Burning Love” interpretada por el donostiarra Mikel Erentxun o en la siempre festiva “When The Saints Go Marching In” que las baquetas de Isi Redondo suelen anunciar colocándonos inconscientemente en el Mardi Grass. Por supuesto, la canción favorita de Unax no podía faltar, y el maldito destino quiso que Fito, quien en su momento donara una de sus Stratos para colaborar económicamente en la campaña de Unax, compartiera escenario, dolor y un “Midnight Train” en el que la gente se volcó. La gente se subió a ese tren que nos dirigía a la estación final, porque el tren es sinónimo de esperanza. Como la vida, que es fe, aunque la fe no tenga que ser dogma.

Travellin Brothers

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