Shawn James: “A Place In The Unknown” | GR76


Cuesta, vaya si cuesta, escribir sobre alguien como Shawn James. Cuesta, vaya si cuesta, condensar en una columna, cuatro frases o cinco minutos, impresiones, parábolas o requiebros que puedan estar a la altura de su figura. Cuesta, vaya si cuesta, atreverse a profundizar en sus recónditos escenarios e inmaculados torrentes repartidos en su antología de volúmenes musicales (no glosamos la cantidad cuando hay tanta calidad). Cuesta, vaya si cuesta, radiografiar su esqueleto o analizar su temperamento y cuesta, vaya si cuesta, hacer un ejercicio similar con cualquier artista, pero quizá en este caso nos pueda la absoluta admiración que sentimos por este individuo, no lo vamos a ocultar. Ni queremos, porque es un tipo impactante, un tipo comunicativo, un tipo sencillo y un tipo apasionado que traslada todas estas virtudes a una miscelánea sonora que rehúye de automatismos, ya que investiga en todas las parcelas posibles nutriéndose fundamentalmente de nostalgias, vibraciones y emociones. Bueno, todo eso más un impresionante chorro de voz que requiere de un minucioso estudio aparte. 

En este “A Place In The Unknown”, aun continuando con el carácter polivalente de sus entregas anteriores, adopta perfiles un tanto más orgánicos e introduce detalles más sólidos. No obstante, la identidad de Shawn James sobresale en todas las secuencias del álbum, teniendo muy presentes sus litúrgicas avenencias souleras (“No One Knows”), sus viscerales aproximaciones a recias órbitas (“Only Cowards Drop Bombs”), sus persistentes clamores que escarban (“Ghost (You Don’t Know My Name)”) e instan a la demanda personal, o sus respetos por las polifonías de la tierra, las armonías astrales o aureolas indígenas que puedas concebir escuchando “Attached”, una bella epopeya que reluce más todavía con los escalofriantes refuerzos vocales que moldean una épica conmovedora en medio de la inmensidad. El comienzo del álbum con la mencionada “Ghost (You Don’t Know My Name)” es sintomático de por sí, pudiendo ser una buena iniciación para quienes no estén muy familiarizados con las epístolas del reverendo, con su arrebatadora voz (sí, volvemos a resaltar su voz), con la honda cicatriz del sempiterno blues, con el estrépito de su resonador y el vigor de un bottleneck que destaca en la rabiosa apertura.

Y a partir de ese instante… la mente vuela, el alma se resquebraja y el corazón azuza en cada una de las canciones del elepé, porque sus diversas orientaciones favorecen tal posibilidad. Los pies siguen el contagioso ritmo de la asombrosa “No Blood From A Stone”, canción que describe perfectamente su capacidad y conocimiento sobre las diferentes variantes de la música contemporánea, simultaneando en su curso varias recetas desde las raíces al presente. En ese cuasi eterno espectro de fundados credos y originales tratados, siempre dotados de intensidad lírica y corporal, se mueve la ponencia del señor James, siendo otro buen ejemplo de esa alianza creativa “Lead The Way”. Seduce por su fuerza emocional. Atrapa por su sobriedad, por su intrínseco empuje y un mensaje motivador que se une a su recapitulación de plegarias y dictámenes sobre la condición humana, elementos que revelan la faceta filosófica de este oriundo de Chicago afincado en Nashville que acto seguido clama al cielo con “Not Alone”. Una mirada. Un reclamo. Un auxilio. Una carta sentimental que espolea por su intensa emoción y por el profundo escalofrío que causará, pues su acústica traslada a riscos donde se descubren encuentros y se pueden hallar respuestas.

Continua explorando refugios y apuntando al más allá en “The Stones Cried Out”, mientras “Sodom & Gomorrah” es otra estructura de indiscutible poderío que debería congregar una nutrida caravana de amantes de duros cordajes y aguerridos compases, puesto que en su disposición podemos sentir calimas desérticas y convincentes direcciones hardrockeras. “Heavy, heavy, heavy, heavy is the head that wears the crown” que brama y trama en su elocuente estribillo. James asume sus constantes, sus denuedos y las transiciones de su música, y tras la acojonante perturbación producida por las penitencias de “No One Knows” abandona momentáneamente el racial soul para vestir de nuevo una pulida coraza. Resistente. Diabólica. Metálica. Una coraza llamada “The Devil’s Daughters” que comienza contenida destapando más tarde revoluciones impugnadas por el vigor de exclamaciones esquizofrénicas, ofreciendo el testigo a una delirante adaptación de la célebre “War” de Whitfield/Strong popularizada por Edwin Starr, los Temptations o Springsteen. Está claro que el montante de recursos manejados por el caballero es colosal, pudiendo batallar junto a incandescentes guitarras y ásperas gargantas al tiempo que su espíritu nómada se establece momentáneamente en bucólicos parajes en los que, gracias a la acústica reinante, los sueños y las esperanzas viajan de la mano hasta enclaves austeros y extremos a la vez. El sol y la luna, el origen y el porvenir, su Torre de Babel. El blues y el fuzz, el soul y el folk, desierto y metal, su hábitat natural. Su karma, “What Dreams May Come”.

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