Robert Connely Farr: “Country Supper” | GR76


Ya fuera por falta de tiempo o por escasez de ideas (nos inclinamos por esta segunda opción), el año pasado dejamos pendientes varios asuntos. Dicen que el tiempo todo lo cura, pero la cuestión del ingenio ya es otro cantar, pues hace falta una buena dosis de inspiración para abordar cualquier tarea descriptiva, o que al menos la musa te sugestione lo suficiente como para trasladar al papel tus propias creencias o teoremas. En el caso que nos ocupa, la reproducción de “Cypress Grove”, unida a la desesperante climatología que nos acompaña desde hace demasiados días, ha oficiado de resorte para remediar uno de esos cometidos aplazados: Robert Connely Farr, un hombre que logró, entre tanta zozobra y desilusión, sacar adelante tres discos, algo que podríamos catalogar como proeza en cualquier otra circunstancia, pero si a ello sumamos que experimentamos, incluso padecimos el peor año en todos los escenarios imaginables, pues se merece como mínimo una consideración por el esfuerzo. Además, nuestra sorpresa fue mayor cuando comprobamos que varios de vosotros considerasteis “Country Supper”, el último de esa trilogía compartida con “Gasoline” y “Live in EastVan”, uno de los principales trabajos de ese veinte que afortunadamente hemos dejado atrás. Tampoco vamos a decir que hayamos salido del maldito agujero, porque seguimos embarrados hasta el tuétano, pero aguardamos el mañana con otra disposición.

En gran medida pudimos superar ese vía crucis por medio de la literatura y la música, de la que resaltamos una vez más el protector y carismático blues. Los doce compases son de gran ayuda en según qué condiciones, y en ese escenario de precisado refuerzo moral echamos la vista atrás y dedicamos también algunos minutos a autores más contemporáneos; revisamos el archivo particular y añadimos nuevos ejemplares a la colección. Entre estos últimos, “Country Supper” de Robert Connely Farr, un oriundo de Mississippi afincado unos miles de kilómetros al norte y oeste en Vancouver, lugar donde ha establecido su residencia y su fortaleza, ya que se ha convertido en uno de los actuales referentes del blues canadiense. Vale, su partida de nacimiento está sellada en Bolton, pero como bien apunta el acervo popular… Y aquí se cumple. El longplay es una maravillosa recopilación de adaptaciones de clásicos del género como Skip James, Jack Owens, Henry Stuckey o su mentor, Jimmy ‘Duck’ Holmes, unidas a composiciones propias de marcado acento del delta. Allí es donde se gestó esta producción. Allí surgió la posibilidad del proyecto, pues las enseñanzas del señor Holmes están presentes en casi todos los rincones, si bien hay instantes de novedosas tendencias. Una de las grandes virtudes del caballero, su carrasposa voz, que dicho sea de paso, modula con acierto y habilidad, siendo la conexión precisa para que las resonancias del dobro encajen a la perfección con los ecos de los tambores, para que los espíritus acudan a su socorrida llamada secundada por la inquebrantable armónica en “Water’s Rising” (una de las originales) o para custodiar las danzas ancestrales de “Catfish” (otra de las prestadas).

En octubre de 2020 vio la luz el álbum, y muchas cosas han sucedido desde el tercer día de ese mes. Sin embargo, y aun habiendo escuchado con detenimiento sus canciones, no habíamos intentado hablar de ello hasta hoy, puesto que entendíamos que su origen es bastante particular, bastante emocional, poco habitual. Tal vez la mejor explicación a estas sensaciones se encuentre en “I Ain’t Dyin’”, el testimonio de una etapa personal complicada que en cierta manera fusiona pasado y presente no solo en escritura, sino en hechura musical. Podemos encontrar súplicas y sermones en el desarrollo del disco, podemos encontrar puro estilo Bentonia y rock más beligerante, podemos escuchar retazos de Hill Country o serenatas de amor, pero sobre todo podemos comprobar el inequívoco carácter de un gran tipo, un tipo grande que emociona tanto con sus enfáticas cuerdas vocales como con la destreza a las seis de la guitarra. La casualidad le ayudó a conocer a Jimmy ‘Duck’ Holmes en esa etapa comprometida cuando tuvo que regresar momentáneamente de Canadá, siendo posiblemente el génesis de este ejercicio orgánico e introspectivo. Gracias a esa eventualidad supo apreciar las particularidades que hacen especial una canción: el sentimiento, el sentido, la inmediatez, y buena muestra de ello es este conglomerado de inmediatas melodías (“Bad Bad Feeling”, “Girl In The Holler”…), múltiples sentidos (“All Good”, “Train Train”…) y profundos sentimientos (“If It Was Up To Mey”, “Lately”…) donde el bueno de Robert abarca con solvencia muchas de las disciplinas encuadradas en ese noble y luminoso lienzo coloreado con doce compases y armonizado con una infinita paleta de tonalidades, mostrando con orgullo sus propios miedos y valores como ser humano. Recordando las raíces, afrontando el mañana con vestigios de Pomoma, con significativas sombras, con resquicios de luz: “I Know I Been Changed”, la ceremonial despedida. Tal y cómo es él mismo y el blues. Tal y cómo son la sencillez y la gratitud.

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