minientrada Nuevos retos para Bay of Biscay Festival, un proyecto con ideas muy claras y objetivos muy concretos. GR76


Campa de Aritzatxu, Bermeo (Bizkaia), del 25 al 28 de julio de 2019

Debía ser una cita señalada, y probablemente lo fuera. Debería ser una convocatoria recordada, y de alguna manera lo será, ya sea por tratarse del quinto aniversario de esta iniciativa, ya sea por su nueva ubicación o por su cambio de denominación (aun continuando intacta su identidad), o tal vez por la climatología que inhumana se mostrara en gran parte del fin de semana. Un hecho anecdótico como algún graciosillo afirmara entre guasas de poca diplomacia y bastante malicia en una de las múltiples desbandadas buscando protección. Debería haber sido una celebración que aglutinara gentes diversas con diferentes inquietudes, variadas circunstancias y como nexo común, el rock and roll, cosa que afortunadamente sucedió aunque el número de asistentes no fuera el deseado. Debería haber finalizado siendo un rotundo éxito en muchos aspectos aunque el principal triunfo reside en las bondades de un equipo organizador comprometido con su entorno, orgulloso de su labor, optimista y soñador. Deberíamos conocer los pormenores de un proyecto que año tras año y edición tras edición supera todos los inconvenientes que se interponen en su camino y valorar la voluntad de la gente de Emankor Sarea, comprender su fe en el evento musical, gastronómico y social que nació como agradecimiento a una prestigiosa zona como Urdaibai. Deberíamos entender que la oferta de organizaciones del pelo es extraordinaria y que un alto porcentaje del público es prácticamente el mismo, pero lo único que podemos decir desde aquí y ahora es gracias, Bay of Biscay Festival. Gracias a las cabezas pensantes, gracias por la cortesía y las sonrisas a pesar de la delicada situación, gracias a los trabajadores, gracias a los colaboradores, gracias a las formaciones que puntualmente han subido al escenario demostrando un alto grado de profesionalidad animando el cotarro y gracias a los asistentes que han participado y aguantado el inaguantable temporal.

La lluvia es necesaria y caprichosa a la vez. La lluvia es poesía, melancolía, soledad y compañía. La lluvia es rocknroll. La lluvia, unas veces racheada, otras sibilina e impertinente en ocasiones pretendía ser la protagonista de una fiesta a la que nadie le había invitado, pero lamentablemente estamos abonados a los chubascos, calabobos o aguaceros desde la primera edición del festival. Tampoco es cuestión de aburrir con detalles del pasado, y cuestión de suerte o no, los pronósticos auguraban ligeros intervalos de lluvia que subieron en intensidad. Salvo el domingo azul y luminoso que pudimos disfrutar, el resto del fin de semana (de jueves a domingo concretamente) ha sido un tour de force en toda regla para un público impertérrito, paciente y comprensible y unos artistas que, repetimos, han dado el do de pecho. Podríamos recordar los ruegos de clemencia al cielo de Tarque, las plegarias de Rufus Wainwright, los ánimos de Caravan Palace, las confesiones de Ángel Stanich o las invocaciones de James Room & Weird Antiqua, los desplantes de The Mani-las, las prácticas de Mon Laferte, los juramentos de Backyard Babies o las peticiones de Dekot, que fueron quienes divisamos en ocasiones refugiados bajo las carpas (se habrían agradecido más, eso sí), debido a nuestra inseparable (y tediosa) amiga la lluvia. Al menos la campa contigua al camposanto municipal e inmediata a la playa de Aritzatxu no se convirtió tras tres días en un lodazal, lo cual es de agradecer, porque podríamos haber acabado en lamentables condiciones. La Wave Rave organizada como presentación el jueves 25 debió contar con una considerable afluencia, y por las informaciones recibidas las actuaciones de Maren, Niña Coyote eta Chico Tornado, Hinds, Belako y Crystal Fighters fueron seguidas y bailadas a pesar de la molesta inclemencia. Obligaciones de última hora no nos permitieron acudir, pero allí estábamos al día siguiente dispuestos a disfrutar, y con la inhóspita estampa de un emplazamiento completamente diferente al anterior comenzaba esta nueva aventura con el trío local Dekot. El auditorio anterior en la península de Santa Katalina en Mundaka tenía su encanto, pero era un espacio más reducido, por lo que esta novedad concede mayor capacidad y la posibilidad de ganancia y crecimiento para el festival en todos los aspectos. Ganan ellos, ganamos nosotros y en definitiva esta mejora de instalaciones beneficia a todos. Cambio obligado por temas administrativos, cambio que tuvo que realizarse con suma agilidad, pues las fechas se echaban encima con el quebradero de cabeza que esto suponía y la lástima por abandonar Mundaka. Finalmente, llueva o no a gusto de todos (nunca mejor dicho) la penitencia es menos dolorosa a escasos tres kilómetros en la localidad pesquera de Bermeo, célebre por sus túnidos y sus conservas donde nos han acogido con gran hospitalidad y a buen seguro el año que viene se repetirá la experiencia, eso sí, con un lindante y espacioso parking que estaban ultimando y con mejor tiempo. Como íbamos diciendo, los lugareños Dekot eran los encargados de cortar la cinta protocolaria en este quinto aniversario con su animado rock heredero de cadencias frecuentadas por Berri Txarrak, Cobra o Niketz, e intentando meter en situación al reducido público que tenían enfrente, pues el sirimiri se mostró testarudo con “Antartida”, “Gonbidatua” o “In The Ocean”. Esperanzadora inauguración.

La hoja de ruta concede unos minutos para tomar un cafecito… Sí, un reconfortante y humeante café nada más comenzar, pues en escasos minutos ya sentíamos en los huesos los rigores de la maldita humedad, y esa es otra de las agradables generosidades de este festival. Nunca viene mal un café, y para que otras organizaciones tomen nota de ello, lo resaltamos. El santanderino Ángel Stanich era el siguiente en aparecer por el enorme armazón de mecanotubo, y como hemos apuntado puntual se presentó ante un número de público mayor que sus predecesores. Pese a comenzar cantando sin lluvia pero con la amenaza de la misma… no se libró. Pocos se libraron, y todos, salvo Zona Cero, Sex Museum y The Bronson que actuaron el soleado domingo en el parque Lamera, y creo recordar Backyard Babies, plantaron cara al contratiempo y a la perversa llovizna. En cuanto al cántabro, consiguió que los curiosos quedaran maravillados desde la intro de “Twin Peaks”, por su sorprendente proceder y sus ácidas líricas mientras los adeptos seguían defendiendo el carisma de un tío que podríamos decir goza de estilo propio y ampara sus códigos creativos en maduras composiciones como “Mezcalito”, “Metralleta Jos”, “Un día épico” o “Mátame camión”, que interpretara entre el público consiguiendo las ovaciones del mismo. Sorprendente, tanto como la siguiente, ya que Mon Laferte es una mujer que desconocíamos casi por completo salvo algunas escuchas furtivas y vídeos buscados en la red una vez supimos su incorporación al festival. En realidad, la curiosidad podía más que el deseo, pues su propuesta entre cumbia, salsa, rancheras, boleros, pop latino y rock fronterizo no es precisamente nuestra debilidad, sin embargo reconocemos que la tía es un coloso sobre el escenario. Seductora, elegante, dramática, pícara, impetuosa y con unas privilegiadas cuerdas vocales provocó carcajadas, cooperaciones y emociones en una audiencia que supo agradecer la entrega de la chilena y sus compañeros, que ofrecieron un set ameno y por momentos hasta divertido. Merecido tentempié, charloteos y parlamentos y en breves minutos, los galos Caravan Palace, que se entre brincos, piruetas y exultante celeridad se presentaron ante un personal no menos bailón, pues las palmas y movimientos circulares o de derecha a izquierda indicados por Sonia Fernández eran respondidos por la peña que encantada se mostraba a pesar de la tiránica precipitación. No venía nada mal arrinconar las adversidades y emplear los cinco sentidos en algo más provechoso que la desazón o el quejido, y para ello nada mejor que rendirse ante el voluptuoso saxo de “Wonderland”, mimetizarse con el groove de “Midnight” o echar el resto con la brillante adaptación de “Black Betty”. Poco antes de dar por finalizada su actuación llegaba nuestro abandono, pues el cansancio hacía mella y debíamos reservar energías para días posteriores.

Dado que el trayecto de Bilbao a Mundaka (que no difiere demasiado con Bermeo) terció un tanto complicado el último año, cambiamos de estrategia y nos alojamos en un pueblo de mayor capacidad de hospedaje. De esa manera podíamos aprovechar las mañanas para meter el morro en las sesiones gastronómicas que también son rock & roll, o zanganear unas horas por el puerto, las atalayas, los miradores, el casco viejo… Poco pudimos hacer debido a la irritante borrasca, pero logramos descubrir en los fogones solos atrevidos, atinados solistas y grupos acreditados, armonías y estimulantes ejecuciones, frescor, sabor y la chispa necesaria de atracción. Eso y mucho más consiguieron en una carpa abarrotada los estrellas Michelín Ander González (Astelena 1997) el sábado y el domingo Andoni Luis Aduriz (Mugaritz) y Xabier Gutiérrez (Arzak) en unos show cooking de un atractivo comparable a la villa marinera.  Cuando estás fuera exprimes los minutos llueva, truene o pasees desesperadamente buscando una sombra, y aun conociendo Bermeo nunca está de más ver su desarrollo y aconsejar una visita. Si te atrae el olor a salitre, transitar por calles adoquinadas, subir y bajar cuestas y escaleras, contemplar la antigua arquitectura y la bella panorámica desde el dique, respirar hondo en espacios verdes y abiertos, conocer la vida de los arrantzales (pescadores) visitando un museo dedicado a ello, hacer una parada cuasi obligada en San Juan de Gaztelugatxe, degustar sabrosos condumios o conocer la historia de un pueblo que tiene marcada la fecha de una funesta galerna y posteriores sucesos que han reforzado el carácter bermeano, no lo dudes. Y si esa visita coincidiera con la celebración de Bay of Biscay Festival, miel sobre hojuelas. No te arrepentirás, aunque vayas provisto de impermeables y calzado de agua como hicimos el sábado. Nunca con paraguas, puesto que esa es una mala costumbre que deberíamos abandonar. Deberíamos dejar los molestos paraguas en casa cuando acudimos a un recinto dispuestos a presenciar algo con gente alrededor, por lo tanto, si abriéramos estos utensilios entre la multitud, hay algo que falla en la ecuación. ¿Será la vista? Exacto, aparte del respeto al prójimo y la seguridad, falla la visión, y varias de estas setas artificiales sufrimos durante la jornada en la que The Mani-las salieron en primer lugar. Lo forman tres mujeres de extenso curriculum y avalada conducta sobre el escenario como Mariana Pérez, Olaia Bloom y Maika Makovski alternando voces y protagonismo, sinónimo de talante, simpatía y dinamismo, no en vano la mayoría de crónicas sobre sus actuaciones coinciden en estas apreciaciones. Indudablemente se lo pasan bien, y desde el primer minuto transmitieron ese buen rollo con ramalazos de poder (“He’s Got The Power’’) y golpes directos en la línea de flotación (‘‘Sex Beat’’) consiguiendo, a pesar del riguroso sirimiri, el beneplácito de la gente congregada.

Tras ellas, el torbellino. El torbellino no se hallaba en el desafiante manto nuboso, sino en el escenario. El verdadero torbellino se llamaba (y se llama) James Room & Weird Antiqua, una mezcla de actitud, blues, sarcasmo, roots, nostalgia, garbo, soul, ingenio, y rock ‘n’ roll que deberías atender, pues tanto sus dos discos como sus directos tienen un savoir faire especial. Con la acertada novedad (no sabemos si será puntual) en la guitarra de un jovencísimo Asier Gallego, el festival recibía con los brazos abiertos a una banda que brinda unos primeros minutos frenéticos plenos en entusiasmo y actividad con composiciones como “Fear”o “Wild Mare” recibidas con aplausos, euforias y cierta estabilidad atmosférica cuando de repente… El pelirrojo frontman invoca cual chamán a los espíritus con “Storm Are We” y se origina la tormenta, provocando el aguacero y la estampida de bastantes seguidores en búsqueda de cobijo, aunque unos cuantos valientes permanecieran estoicos en sus puestos, pues no estaban dispuestos a tirar la toalla por un inconveniente menor. Preferían sentir en su interior la compasión de “No More Roses”, enfrentarse al chaparrón siguiendo el ritmo de Gabo Brown e Indigo en “Same Old Jack” y bailar la danza de la lluvia guiados por la hechicera armónica de Pablo Almaraz en “Honest Man Blues”. Entre tormentos, lamentos, tormentas y contentos, un claro en el horizonte permite la vuelta sobre nuestros pasos hacia los puestos de vanguardia y el tramo final del (de nuevo) extraordinario concierto se convierte en una fiesta de New Orleans con “On The Road Back Home”, “Trust Nobody Blues” y “Comin’ Down” la tradicional despedida coral que emplaza a una nueva liturgia de James Room & Weird Antiqua. Después de la tormenta llega la calma, porque a pecho descubierto y con la única compañía de un piano de cola y una guitarra acústica se presentó Rufus Wainwright en el lugar y en un momento un tanto desconcertante. Intimidad cuando lo apropiado era continuar con furiosas guitarras, poderosos rockanroles, ausencia de confesionarios y sones menos ceremoniales. Y cuidado, ni mucho menos censuramos su inclusión en el festival, simplemente creemos que costó asimilar aunque caballeroso mediara en la preliminar “The Art Teacher” y el epílogo “Cigarettes And Chocolate Milk”, además de la profunda exclamación de sorpresa y respeto que se intuyera cuando defendió con gran acierto las inmortales “So Long Marianne” y “Hallelujah” de Leonard Cohen. Mientras en el escenario cambian backline, rápido paréntesis para alimentarse y tomar un cafecito caliente, pues llegaba el turno de Tarque, un tío esperado y seguido desde que MClan estableciera con su ópera prima un sinfín de semejanzas y atenciones, pegara el pelotazo y encendiera todas las alarmas en el panorama rockero. Como él se ha encargado de matizar en muchas ocasiones, esta aventura en solitario (junto a la denominada Asociación del Riff) no es más que una oportunidad para dar salida a una serie de ideas que tenía anotadas y quizás no tenían cabida en MClan o en Gran Cañón, conjunto que se caracteriza por las versiones y adaptaciones. Pero centrémonos en un señor BO LA ZO que contó con un sonido acorde mientras la luminosidad flojeó, aunque haya ocasiones donde la electricidad más significativa es la produce la banda en cuestión con sus envites, sus plegarias o solícitos mensajes como “Ahora y en la hora”, enloquecedores laberintos como “Bailo” o sinergias con la madre naturaleza como “Lobo solitario”, una historia que gana enteros en directo cuando el cielo comienza a llorar y el vértigo te hace resbalar, te fusionas con las cuerdas de Carlos Raya o flotas en el espacio donde ya no exista gravedad. Aquí hay, aparte de dilatadas trayectorias, carácter y una fabulosa inercia que les proporciona verosimilitud y posiciona como abanderados (“El diablo me acompañará) en un periodo necesitado de gente del calibre de Coki Giménez, Iván ‘Chapo’ González, Carlos Raya y su tocayo Tarque; gente que, asociada a una delirante Strato, te introduce en una espiral de meditación y vudú con “Se hizo de noche cuando te conocí”, adapta con rigor y respeto el clásico de Cactus (“Peligro”), apela a la memoria con una pieza talismán como “Perdido en la ciudad” y roza las estrellas con reliquias como “I’m Gonna Leave You” o “Come Together”, completando un legendario recital. La siguiente aparición era anunciada por un amplio telón trasero. Los vikingos Backyard Babies, un llamativo cebo como para eludir, pues verles de nuevo en acción es un buen motivo para perseverar unos minutos más, aunque la reserva estuviera rozando la urgencia. Una demora inusual hasta ese momento provoca cierta confusión y se escuchan tímidas muestras de impaciencia cuando… Cuatro siluetas surgen entre la espesa humareda convirtiendo esas nimias protestas en júbilo total, y desde ese instante se sucedieron uno tras otro himnos imperecederos como “Look At You”, “Nomadic” o “Highlights”. Sin rodeos ni tonterías. Directos a la yugular. No obstante, algo no terminaba por cuajar. No sabríamos decir si era el sonido que decayó con respecto a los anteriores, si la concurrencia no era la que ellos habrían deseado o si los retrasos sufridos con el tráfico aéreo tuvieron parte de culpa. Lo cierto es que la conducta de los escandinavos durante los prolegómenos parecía un tanto perdida, y la tela de araña tejida por los convulsivos movimientos de Dregen, las cuestiones de Nicke o las bravuconadas de Blomquist mientras el barbado Carlsson cabalga oculto tras timbales y platos, no terminó por atrapar a la mayoría del personal. Intentos hubo, como “44 Undead” con Dregen al micro y el siempre eficaz “Th1rte3n Or Nothing”, pero había algo que fallaba. Aun así son los jodidos Backyard Babies y esto es rocknroll.

Domingo espectacular para rematar el fin de semana y de paso, despedir un certamen que tiene por costumbre agradecer al pueblo su hospitalidad y comprensión con una última remesa de actuaciones de libre asistencia. Ya lo hacían anteriormente en la vecina Mundaka, y esta primera ocasión Bermeo sería testigo de esa gratitud en el céntrico parque Lamera, donde Zona Cero serían profetas en su tierra con su callejero rockandroll, Sex Museum volvería a impartir una de sus habituales clases de veteranía y categoría y los mañicos The Bronson obligarían a bailar a los más timoratos con su funk. Eso sucedería a la tarde, y ya que el tiempo no había sonreído en jornadas anteriores, mediada la mañana preparamos los bártulos y nos disponemos a sentir la brisa del Cantábrico paseando por los taludes y el puerto de la villa, curiosear por cantones, plazas y lomas, cumplir con el solemne pintxopote del mediodía, acercarnos a la carpa del show cooking entre pintxo y pote, hacer la parada obligatoria para reponer fuerzas, dedicar unos minutos de tertulia a la intemperie con conocidos, y a la hora estipulada asomar por el animado tinglao del parque, donde el joven trío local manifestó sentirse entusiasmado por intervenir en un festival del que fueron espectadores y ahora ejecutantes. Con cautela y sin escrúpulos relataron “Historias Corrientes”, confesaron haber transitado “Sin Rumbo” encontrando finalmente el camino apropiado, porque “Esto es Rock & Roll”, un profundo sentimiento del que somos prisioneros y nos permite ser libres y salvajes a la vez. Tres lustros contemplan a estos ilustres obreros del rock n’roll (Fernando Pardo dixit) acostumbrados a pisar escenarios de toda naturaleza, ya sea en festivales, fiestas patronales, conciertos propios o ciclos culturales, amén de colaborar todos ellos en diversos proyectos con los que recorren festivales, fiestas patronales… El instrumental “Dopamina” es el primer aldabonazo de otro concierto que será recordado en la historia del festival, porque para esta gente el escenario pocos secretos tiene. De principio a fin se entregan azuzando al respetable obligándole a cooperar, utilizando el magnetismo de su presencia como transformador de energía ya sea cinética, acústica, térmica… y su psicodelia underground tiene el mismo peso que los amenos entreactos por parte del guitarrista, el carisma de su hermano Miguel es comparable a la vitalidad de Javi Vacas, y las caricias de Marta en los teclados imprescindibles como los arrebatos de Loza en la batería, quien tras la introducción da pie al activo vocalista con el redoble de “Breaking The Robot”. Los galones se demuestran, y esta gente posee argumentos suficientes para lucirlos con orgullo, pues se han ganado a base de trabajo y sudor el respeto no solo del público, sino de muchos compañeros y gran parte de una prensa musical. Hablando de sudor, la camisa de Miguel Pardo es fiel testimonio de ello, porque su grado de implicación es proporcional al nivel de transpiración reflejado en una prenda que paulatinamente subía en pigmentación, y esos divertidos intermedios venían de perlas para descansar y después afirmar que es un “Lucky Man”, desear a los asistentes un enérgico “Enjoy” e invitar a “Smoke On The Party”, divertida recreación de Beastie Deep o Purple Boys, no logro recordar. En definitiva, no sabemos si sus credenciales son superiores a sus acciones o es al revés, pero lo cierto es que Sex Museum cotiza en bolsa. Para terminar, The Bronson, agrupación que basa su sonido en el rhytm&blues y en el funk aderezado con raciones de humor zaragozano. Tipos jocosos que decían buscar un “Grammy”, campechanos entonaban la coreográfica “Funky Robot” y conectaron inmediatamente con los presentes dejando una grata sonrisa a la espera de la siguiente edición de Bay of Biscay Festival a la que esperamos asistir, disfrutar del sonido del mar y el abrazo de Urdaibai.

Rafa Robledo 

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