minientrada Uncle Sal: You Ain’t No Bluesman. GR76


El segundo capítulo en la vida y obra de Uncle Sal es ya un hecho probado. Su retorno, su confirmación, su compromiso. Comprobado. Su primera tentativa discográfica, aunque ya siguiéramos sus pasos ocultados entre la distancia y el espacio, nos produjo una inmensa alegría por varios motivos. Primero, porque cumplían el sueño de ver registradas sus inquietudes, sus fascinaciones, sus tropelías y sus teoremas en un disco confeccionado sobre todo con el corazón. 16708367_1394830973902537_5374323658643429105_nSegundo, porque fue nuestro corazón el que se estremeció con la entereza de una grabación sin demasiadas opulencias pero con orgullo. Sin ínfulas excesivas y mucho sacrificio. Tercero, porque “Little Cabin Music” fue, es y será la obra encargada en emprender el camino del cuarteto, un estudio descriptivo sobre los doce compases y sus ramales que posteriormente varió de tamaño no sólo en su Ibiza natal sino en la península, convirtiéndose en una magna filarmónica y consiguiendo un diagnóstico unánime y alentador. Debía tener continuidad. En aquella oportunidad hablábamos del caudal de un río que finalizado su recorrido se abrazaba a un mar convertido en esta ocasión en un océano bravo, sereno, amplio y profundo. “You Ain’t No Bluesman” es ese paraíso salado de emociones y ondulaciones, otro ejercicio de liberación creativa que podría llevar a algún equívoco dado el título elegido. Aquí hay admiración por aquellos forajidos que purificaban sus almas cantando a la tristeza bajo la belleza y embrujo del blues, hay una demostrada inclinación hacia esas viejas leyendas espirituales, gran respeto por un patrimonio musical moldeado en cruces de caminos, campiñas, cantinas y manglares. Hay rock&roll, boogie, swing, soul. Hay blues.

Una vez reunidas las canciones que glosarían esta reválida, afrontan la terapia de grupo que supone aislarse en un estudio junto a un aliado como Joan Barbé, que vuelve a ejercer labores de producción y con quien comparten vivencias y experiencias, de lo que se deduce que el núcleo de la banda es mayor. Aquí hay… Oops!! Repetimos. Hay amistad, hay sintonía, hay otro brillante diseño gráfico a cargo de Rico Jazzbo, otro pulido trabajo fotográfico de Joan F. Ribas, hay aprecio, hay cordialidad. Hay fraternidad, o como ellos proclaman a los cuatro vientos, brotherhood. Hay precisas colaboraciones como las de The Moonshine Band en “Scarecrow’s Waltz”, el desequilibrio emocional de una historieta de inconfundible ambientación campera y sucesivos ecos generados en perfilados acantilados irlandeses. Hay apariciones como las propio señor Barbé a lo largo del disco aportando consistencia instrumental con el órgano B3 y la guitarra acústica de doce cuerdas y la de Pere Navarro incluyendo en “Three Days In New Orleans” un arreglo de trompeta distintivo de una pieza que logra dirigir tu mente hacia Louisiana y pasear por sus arrabales, vagar por sus avenidas o contemplar sus arenales situados en el Golfo de México. Retomamos el mundo marítimo. Partimos de él. Comprobamos cómo un deslizante bottleneck desafía la fuerte marejada en la apertura de “Red’s Lounge Boogie” que nos sitúa de nuevo en ese viaje al interior, a la comprensión, al origen. 16996487_1407909312594703_2402083736446008937_nUna experiencia llena de vida, una razón para entender esta “Hard Life” que nos rodea y se desboca con el implacable soplido de una armónica en “Delta Mud” o se conmueve con los bellos arrecifes de coral que podemos adivinar gracias a “Precious One”, un escalofrío que recorre la médula espinal cuando recuerdas, observas, suspiras, sientes su ascendente desarrollo o te hipnotiza su atormentada voz.

Unos cubos de hielo, unas gotas de licor, un brindis y una celebración. Situados en mitad del océano y rodeados de “R’n’R Brothers”, chapoteamos este contagioso ritmo que viene a testificar la pasión de cuatro amigos homenajeando de paso a los fieles por la causa, muchos de ellos hallados en el lugar de recreo donde habitualmente organizan interminables celebraciones, en Can Jordi, cuando la luz del sol va decayendo y se funde con el ocaso bailando “Little Wolf”, otra cantinela que alimenta el alma y bombea el corazón, donde podemos percibir variadas referencias de las que se nutre el imaginario de la banda, pero eso ya lo hemos dicho tantas veces que podría resultar cansino. Muchos ejemplos como para enumerarlos en cuatro líneas. Tan extenso como este impresionante panorama azul que nos sirve de hilo conductor, tan hondo como las fosas oceánicas que podemos encontrar, tan gigantesco como el tsunami “Soul Shakin’ Woman”, una corriente diabólica de considerables proporciones. Tras la tempestad llega la calma, llega la huida, el encuentro, la compañía, la soledad. El grito de libertad de marcada identidad canadiense y raigambre maña, ibicenca o chicaguense: “Green Eyes/White Mansion”, el desenlace final de Fernando, Francis, Gabe y Sandro. La ceremonia de Uncle Sal.

Rafa Robledo

“Three Days In New Orleans” fue la canción que amablemente cedieron para que la compartiéramos con todos vosotros apenas unas semanas antes de poner en circulación este álbum, y de la que Sandro nos contó su porqué, su metamorfosis, su desarrollo. Esta es su historia 

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