Una inmejorable noche recordando “Magnolia” de los Screamin’ Cheetah Wheelies | GR76


Sábado 10 de octubre de 2026 en la Sala BBK, Bilbao

Sin billetes, aforo completo, sold out. Concluyente y rotundo. A partir de aquí, poco más habría que añadir del recital ofrecido por The Screamin’ Cheetah Wheelies, ya que el llenazo de la Sala BBK habla por sí solo. Es decir, el que tuvo, retuvo, quien estuvo, estará. Hay bandas que no se olvidan y circunstancias (en este caso tres excelentes discos) que perduran y perdurarán, así que había ganas, había expectación e impaciencia por volver a estar frente a la banda de Nashville que, durante tantos años, hemos echado en falta e implorado a las estrellas por su retorno, aun intuyendo que perseguíamos una quimera. Pero afortunadamente esa quimera se transformó en realidad en el tour “The Long Goodbye 1991-2023” que les devolvía a los escenarios para, como rezaba el lema del reencuentro, dar un adiós que se prolongaría hasta homenajear, sin desmerecer las otras dos, una reliquia como “Magnolia”. Aquel soñado retorno caló en la gente, y entre quienes pudimos acudir a alguna de sus actuaciones y quienes escucharon distintas opiniones o valoraciones de aquella inesperada y fructífera recompensa, podíamos intuir el interés generado.    

La verdad, es complicado no caer en la reiteración después de haber escrito acerca de los Wheelies bastantes veces desde que conocimos sus intenciones, desde que comprobamos que este treinta aniversario de “Magnolia” lo conmemorarían sobre los escenarios. Personalmente es una banda idolatrada, no lo vamos a enmascarar; una de esas bandas que ha trascendido aguantando perfectamente el paso del tiempo pese a su prematura retirada que devino en años de sequía, años de angustia (salvo una fugaz confluencia astral a final de verano en la llanada alavesa) y décadas de preguntas sin respuesta aliviadas, de alguna manera, con las periódicas visitas de Mike Farris. Había que volver a invocar entonces a la providencia aguardando una incursión por los alrededores, algo que cabía en las probabilidades, visto que el señor Farris guarda un profundo cariño por esta parte del mundo, por sus rincones, sus gentes o agencias como Funhouse Productions o Dekker Events, encargadas de la ruta peninsular y cita bilbaína respectivamente, que es la que centra estas líneas.

Con escasos minutos de demora (imperceptible prácticamente) sobre el horario establecido, aparecen en escena los protagonistas entre la atronadora ovación de un auditorio dividido por la platea y un patio libre de butacas para la ocasión. Lo habíamos señalado ya, ¿no? Pues eso, a tope, si bien hemos de matizar que ese límite es cómodo y adecuado para desmelenarse con total libertad y disfrutar con los músicos que, en este caso, son los guitarristas Rick White y Bob Watkins situados en los flancos, el baterista Terry Thomas en la retaguardia, y además de Mike Farris al frente, Dean Tomasek con el bajo sustituyendo a Steve Burgess debido al reciente diagnóstico de Parkinson en fase inicial por el que se encuentra en tratamiento. Abrimos paréntesis, y como dijimos en su día, nuestras más sinceras muestras de ánimo y apoyo al bajista original. Cerramos paréntesis. La apertura enciende las alarmas y permite intuir que la noche va a ser especial, porque inauguraría la liturgia, al igual que el santo grial a evocar, la explosiva “Backwoods Travelin’” que dictaminaría sentencia. Soberbia. Impresionante. Un clímax que no abandonaron en las dos horas aproximadas de una función que atreveríamos en calificar con cifras elevadas una vez advertimos los entusiasmados rostros que nos rodeaban, sentimos los brotes de hechizo causados por una inmaculada “Gypsy Lullaby” o sacrificamos las glotis mediante una “Hello From Venus” absolutamente instigadora.

¿Un cum laude quizás? Eso ya son palabras mayores (que alguien pensará) y puede que nuestra devoción por The Screamin’ Cheetah Wheelies nos ciegue, pero podríamos asegurar que rindieron a altísimo nivel a pesar de un confuso sonido en el arranque. No obstante, sería rápidamente subsanado y el público pudo apreciar en su esplendor la elegancia de “I Found Love” o la complexión de una “Magnolia” medular y auténticamente hipnótica con la traviesa armónica de Farris que también sacaba a relucir sus cristalinas cuerdas vocales, brincaba o se desgañitaba, con las impetuosas guitarras de Watkins y White que ya habían obtenido encomios con el vicioso wa-wah y el bottleneck, con el preciso golpeo de címbalos y timbales a cargo de Thomas, y Tomasek demostrando el porqué de su fichaje. ¿Interpretarían el álbum en el orden conocido? Solo había que esperar. “Good Time” parecía validar nuestras teorías y el personal festejaba con coros un momento profundamente inspirador en el que sincronizaban la contundencia de su rock n’ roll con atenuadas transiciones. Era patente, aparte del título de la canción, que estábamos viviendo un gran instante sintiendo convulsiones y una electricidad cutánea que exigía máxima atención, pues el revelador soul incitaba y la sala en pleno irradiaba felicidad.

La siguiente debía ser, si el guion establecido era el imaginado, “Messenger’s Lament” y posteriormente “Fathers Speaks”, así que la garganta, la cadera, el cogote incluso la tensión podían sufrir fuertes sacudidas, puesto que son dos ejemplos de artesanía musical que entran, o podrían entrar, en muchas quinielas a la hora de confeccionar un repertorio. Todo salió según lo previsto, la audiencia respondió como mandan los cánones y había que frotarse los ojos porque era real, aunque “I Dreamed” pudiera parecer antagónico. Las guitarras, conjuntadas y en plenitud, los agudos y la armónica del maestro de ceremonias manejando las aguas cual profeta, el bajo marcando perfectamente el compás y las batutas de madera pulsando y dirigiendo con habilidad. Uff… Para completar la decena faltaba otra maravilla como “You Are” y teníamos claro que, inconscientemente, surgirían recuerdos, seres, presencias, unas cuantas ausencias y las lágrimas recorrerían las mejillas, cosa que sucedió mientras un fuerte estremecimiento se apoderaba del viejo cine Gran Vía.  

Sin embargo, en cuestión de segundos “Halcyon Days” conseguiría que abandonáramos esa tercera dimensión ubicándonos de nuevo junto a cientos de personas estupefactas ante la majestuosidad de una “Majestic” que anunciaba un tramo final de lujo, si bien la velada estaba siendo fértil y dichosa. Con la gente entregada y recompensada, arremeten con “Leave Your Pride (At The Front Door)” y las huestes exhiben brazos en alto que volverían a funcionar al unísono en una enloquecedora “Boogie King” para enmarcar, si bien entre ambas se colaron extractos de la célebre “Little Queenie” de Chuck Berry en la que Mike Farris exprimiría, tras preguntar airadamente si queríamos o nos apetecía un poco de blues, sus recursos realizando un alucinante show particular a capela mientras la concurrencia respondía, absorta y sometida, al “Go, go, go, little queenie” central. Extraordinario. Brillante. Un derroche de energía y una bocanada de aire fresco, aunque estuviéramos en una sauna y los preciados Wheelies sean una formación veterana que, como tal, volvió a recurrir a su pasado con la indispensable “Shakin’ The Blues” que seguiría las pautas de sus predecesoras, dando pie a una festiva despedida con la no menos indispensable y participativa “Ride The Tide” que supuso un acto de confraternización con sus simpáticos “Uh uh, uh uh” corales, con los mutuos agradecimientos entre oficiantes y asistentes y la placentera sensación de haber asistido a una ceremonia de profunda carga emocional saboreando las ricas fragancias sureñas. Una soberana lección para tener presente y si terciara, perpetuar hasta el mañana, impartida por los siempre necesarios e imprescindibles The Screamin’ Cheetah Wheelies.

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