Hace un tiempo, entre pesquisas e indagaciones, dimos con el cantautor Antonio Hernando que gradualmente nos exigía, sin él saberlo, profundizar más en su floresta de versos, sentimientos, significados, melodías y sentidos. El hallazgo nos produjo cierto sobresalto, pues nos pareció interesante. Por aquel entonces su discografía se ceñía a un inicio en solitario tras probar fortuna durante una temporada en diferentes formaciones, circunstancia que siempre, en cualquier situación pareja, es decir, en las búsquedas y consiguientes encuentros, nos conduce a uno de los grandes alicientes de las expresiones artísticas. La literatura probablemente sea, a todos los niveles, la mayor fuente de inspiración, a través de la pintura o escultura podemos escuchar, el teatro es poesía, el cine invita a volar, la fotografía es comunicación, la danza, independencia y la música es libertad, tan profunda como un océano, tan grande como el mar. Aunque, bien mirado, cualquier supuesto es válido para retratar los distintos campos.
Los hallazgos son la clave para continuar el camino, y el amigo Antonio Hernando que es un tío inquieto, un observador y un infatigable rastreador, cierto día se topó con el oriundo de Belfast Ernie Graham. Le debió causar una muy grata impresión porque de inmediato surgió la chispa y, como nos ocurriera con él o con un sinfín de artistas, se convertiría en una especie de obsesión que le arrastraría a la compulsiva búsqueda de información y posteriormente, tras crear sus propias canciones durante varios años, a meterse en la piel del susodicho reinterpretando el único álbum que publicaría en 1971. Falleció treinta años más tarde y debió tener una vida tortuosa, pero ni es el momento ni el lugar de repasarla porque de ello se está encargando el andaluz. El objetivo, una edición escrita de su trabajo de ratón de biblioteca, si bien hay un especial radiofónico de La Hora de la Aguja (espacio realizado por Antonio) de hora y cuarenta minutos donde habla de la pujanza del disco en cuestión aportando detalles, semejanzas incluso testimonios. Mejor será que no ahondemos demasiado, aparte que nuestro conocimiento sobre el songwriter norirlandés es más bien escaso y la labor corresponde, reiteramos, a Antonio.
Por el contrario, creemos conocer un poco más la carrera del polifacético Antonio que, si se mete en esta cruzada es porque siente que vale la pena, porque confía firmemente en la labor de investigación y recopilación que lleva a cabo y porque las canciones registradas en ese vademécum musical fueron, como él mismo afirma, una epifanía. De algún modo esa revelación requería ponerse manos a la obra, coger la guitarra y cantarlas para cerrar el círculo. Sentía esa necesidad y con la colaboración de amigos como el guitarrista Suso Díaz, responsable del slide en “Blues To Snowy”, Tomás Virgós que en “Don’t Want Me Round You” refuerza con piano y órgano, más el violín de Manu Clavijo que aparece en “Belfast”, la última del lote, completa este homenaje personal en el que ha invertido el poco tiempo libre del que disponía y mucha ilusión. Fiel al espíritu del original, esta deferente adaptación cuenta con las mismas coordenadas fijadas en el manuscrito “Ernie Graham”, que es por partida doble el nombre a reivindicar. Sin embargo, hay diversos elementos que distinguen ambos volúmenes como la armónica introducida en “Sebastian” por parte del señor Hernando que, en definitiva, es el causante de estas líneas por partida doble también.
A medida que escuchábamos la reciente edición, la obligación por hacer lo propio con la raíz de este enredo acuciaba. Una vez despejada la incógnita, comprendimos los motivos de su interés, porque el modelo es de una magnitud equivalente a los puntos suspensivos y comprendimos así su decisión. El peso de un buen número de artistas se percibe en cada composición, siendo tan plausible la ascendencia celta como las acústicas canadienses o los ecos californianos. De ellos, de otras escuelas y del universo sonoro de la época intermedia de los sesenta y setenta, se alimenta, básicamente, el formulario de este hombre de peculiar acento entre jienense y castizo que, tan pronto embriaga con la ternura de una “So Lonely” cuyo resultado final mediante capas y ajustes es tan efectivo como estimulante, como vuelve a recurrir al ángel de la armónica en “For A Little While”. Lloverán los parentescos, lágrimas de emoción poblarán las mejillas y el lalalala empapará el ambiente.
Parecida consecuencia obtendrá la epopeya “Sea Fever”, donde conmueve el énfasis transmitido en una cadencia que va incrementando de intensidad hasta llegar a un punto culminante. Las guitarras predican, las voces reclaman y los estrépitos del mar invadan tu mente mientras lo borda en la melancólica “The Girl That Turned The Level” provocando toda clase de estremecimientos pues la modulación, el compás y sus remiendos le han quedado fetén, para qué no vamos a ir por las ramas. Él mismo ha asumido las guitarras acústicas y eléctricas, la armónica, el ukelele y las percusiones así como el proceso técnico. Para redondear el cometido, la imagen que lo ilustra es una acertada réplica y el complemento gráfico perfecto para esta revisión publicada el pasado 27 de abril coincidiendo con el vigesimoquinto aniversario del fallecimiento de Ernie Graham. Una sincera deferencia, un adeudo personal.

