Will Hoge: “Wings On My Shoes” | GR76


Con poco más de veinte años metido en este berenjenal y once grabaciones de estudio a sus espaldas, el anuncio de una nueva entrega de Will Hoge nos ponía en alerta y bastante inquietos también. Además su adelanto, “John Prine’s Cadillac”, del que se extraía el título de este disco que completaba la docena, era (y es) una estupenda presentación. Una característica creación del amigo. Una de esas que hablan de personajes reales o ficticios tipo “Queenie”, de esas que filosofan con sueños imposibles o realidades palpables, de esas que alcanzan amores inalcanzables como “It’s Just You”, de esas que transitan por vías secundarias, solitarias o concurridas que incorporan los mecanismos necesarios para continuar el camino (“You Are The Place”). De esas que sirven para afrontar los sinsabores de la vida o como incentivo (“Ain’t How It Used To Be”) a pesar de sus grietas melancólicas. De esas tildadas como crónicas que el ¿tenesiano? borda. Bueno, no vamos a esconder nuestra simpatía por el caballero. Tampoco es nuestra intención, porque desde que descubrimos el fortalecedor carácter de sus códices, se ha aupado por méritos propios en puestos de vanguardia de nuestra modesta colección musical cumpliendo, además, perfectamente su función de consejero, pues a raíz de ir profundizando y conociendo su obra, esta nos ha encaminado hacia otras, ya fueran novedades o frecuentadas.

Cuando aparece su nombre surge la típica oleada de artistas que se manejan en la aristocracia del rock americano, pero como la lista está en boca de todos, es suficientemente sabida y manida, y la verdad, a un servidor no le apetece demasiado hablar de terceros cuando nos referimos a alguien en particular, aparquemos las reciprocidades. Si el sujeto en cuestión está emprendiendo su camino, hasta se podría llegar a entender o aprobar, pero si por el contrario tiene un bagaje como el señor Will Hoge, las referencias a fulano o mengano están de más. Una opinión, sin más. Y de alguna manera en “Wings On My Shoes” deberían cesar esas sombras, pues la solidez de su candidatura debería otorgarle la indulgencia del personal. Por ejemplo, saca a relucir su sello identificativo en “Dead Man’s Hand”, la pieza más extensa que aun conservando el clima representativo de los sonidos enraizados o reflejando la enjundia de sus propios guías, sigue demostrando que es un romántico artesano, un versado compositor y un concienzudo currela, ya que él mismo produce el disco grabado en Sound Emporium Studios de Nashville junto a sus habituales compañeros, o sea, el baterista Allen Jones, el bajista Christopher Griffiths y el guitarrista Thom Donovan a quienes se sumaría el polivalente Joshua Grange, encargado de teclados y pedal steel.

Y como viene sucediendo últimamente, gran parte de su interior fue compuesto durante la lúgubre época que hemos soportado y sigue dando el coñazo. Por otra parte, buena oportunidad para escribir o crear, y aunque este tío nos haya demostrado a lo largo de los años que poco necesita la primavera, el otoño, el sosiego, las tempestades, de tinieblas o de resplandores para componer, ahí va un ligero detalle del cariz de un ejemplar que insistimos, permanece fiel a su esencia, sin métodos grandilocuentes pero con gran efectividad. Luciendo picardía como en “All I Can Take”, canción que fuera grabada del tirón y nos podría situar perfectamente en las islas británicas o en las barriadas de Philadelphia, o demostrando su alta capacidad para enternecer con conmovedoras historias como “Birmingham” en la que la sentimental lírica torna urgente al tiempo que el peso melódico procede efectivo y templado mientras la carta de amor “The Last One To Go” que habíamos dejado para las últimas líneas desgarra por su intrínseca belleza y una carga emotiva de quilates. Por todo ello y por el ritmo campero “Whose God Is This?” que cumple perfectamente la función de cierre, este disco de Will Hoge que en apariencia muestra un hombre sosegado, golpea con fuerza en las profundidades del alma examinando muchas conductas, muchas contingencias, demasiadas arbitrariedades. Una cataplasma que te deberías usar para cicatrizar la herida.          

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