El primer trabajo de este nativo de la Columbia Británica canadiense pasaría casi de puntillas para un servidor, pese a una serie de hechos que deberían haber significado lo contrario. Una buena amiga que es una concienzuda indagadora y fiel consejera, nos recomendó “Same Pain”, el debut de un chaval de impresionante corpulencia vocal y maneras de bluesman veterano, pero por esas inexplicables razones que ignoras por qué suceden tan a menudo, el encargo pasó directamente al cajón de potenciales. Más tarde supimos que, además, esa ópera prima obtuvo varias nominaciones a los Premios Canadienses de la Música, buenas posiciones en los rankings y sería el perfecto salvoconducto para ser invitado por Kenny Wayne Shepherd o John Fogerty en sus respectivas giras por USA. Asimismo, cuando el crucero “Keeping the Blues Alive at Sea” de Joe Bonamassa surcó las aguas de la costa de Alaska, sería uno de los inscritos en la tripulación. Tres años después nos llegaría un mismo soplo sobre Garret T. Willie, pero esta vez la estrategia de la remitente variaba, ya que uno de los implicados en su segunda entrega, “Bill’s Cafe”, es otro hombre admirado por ambas partes: Audley Freed. No se diga más. Habrá que prestarle atención, y nada más comenzar, delirio absoluto. Quedamos hipnotizados con “Hypnotist”, apertura donde evidencia una simpatía musical necesitada de poco esclarecimiento, puesto que la desinhibida guitarra lo especifica tácitamente.
El bueno de Audley no es el único que participa en el álbum, porque su producción se debe a otro ilustre como Tom Hambridge, en los créditos figura gente de la talla de Kenny Greenberg, Tommy Mac, Kevin Mckendree o Mike Rojas, se realizó en Soundstage Studios de Nashville, y la distribución corre a cargo de Gulf Coast Records, la firma del guitarrista Mike Zito. Por lo tanto, contrastada calidad. Competencia, genio y capacidad. Cualidades que, por cierto, distinguen a un hombre de veinticinco años que homenajea a su abuelo y, en cierta manera, a un Johnny Cash al que admira desde sus tiempos mozos. Aprovechando las sesiones de grabación en Nashville, tenía la obligación de visitar el museo dedicado al carismático hombre de negro pues ambos eran, según las palabras de Garret T. Willie, semejantes. Ambos tenían la misma mirada y afrontaban la vida con seriedad; ambos sirvieron en la Fuerzas Armadas y transmitían sinceridad. Quizás estén presentes en la gradual “Small Town People” que te quita las penas de un plumazo, o “It Won’t Get Done”, canción decidida y optimista fundamentada en su apartado musical en los diabólicos doce compases que pasan por ser el eje principal de “Bill’s Cafe”, y la visible inspiración de un autor que no escatima en recursos ni en expresiones del germen del rock and roll. Quizás “High Beam Blues” sea el ejemplo más palpable o más evidente por aquello del título o por su posterior conducta, pero…
Pero no deberíamos desestimar números como la estremecedora “Young Country Boy” que le traslada a su pueblo natal. Escúchala. Abrázala. Siéntela. Sumérgete en su pasado recuperando el tuyo, aprecia su escrupuloso entramado melódico y la jadeante voz que, casi con toda seguridad, te noquearán. Como el viejo blues, de inmediato se apodera de ti por su sensualidad, y gracias al viejo blues tu cuerpo sufrirá tiritonas al tiempo que la psique urdirá maquinaciones y arderá de pasión impulsada por una guitarra transformada en volcán. Resulta innegable que este chaval comprende el lenguaje del blues como si se tratara de un aguerrido bluesman habitual de clubs y honky tonks, y aunque llegue a afirmar “I’m Late”, tal vez hayamos sido nosotros los rezagados. No obstante, nunca es tarde para tasar el valor de “Devil Doll”, abrasiva secuencia que nos introduce en un local humeante (como el de su abuelo) donde un salvaje slide impone su ley mientras las bolas de billar golpean entre sí a ritmo de shuffle, si bien habla de una relación turbia que, probablemente, sea compartida por varias personas. Nunca es tarde para absorber las oxigenadas fragancias de “Going To Toronto”, contagioso rock n’ roll que podría producir un síncope momentáneo debido a un piano absolutamente sensacional, a un frenético solo de guitarra y su grandiosa actividad. O para aminorar la marcha con la emotiva y sentimental “Golden Highway” de acústico ambiente y relajado carácter donde hace gala de una gran tesitura vocal, frescura y enorme talento. Sin duda, excelente porvenir y un excelente ejemplar.

