Y flotamos de nuevo junto a cinco amigos, frente a Quaoar | GR76


Sábado 21 de febrero de 2026 en Kafe Antzokia, Bilbao

Nunca hemos perdido la fe. Nunca hemos desistido y, con los pies en el suelo, hemos mantenido la ilusión intacta no solo en el resurgimiento de Quaoar, sino en el de otras formaciones de nuestro entorno más cercano que, al ser unas cuantas, conservaremos en reserva por temor a dejar alguna fuera. Pero, aun sospechando que no habían arrojado la toalla, la noticia del regreso de la banda fue un auténtico subidón: “We are back”. Rotundo. Explícito. Alentador. Ocurrió en marzo del año pasado, y en el momento de compartir nuestra alegría y por qué no, tranquilidad por la anhelada continuación, dijimos algo así como que su última referencia, “Dreamers. Dreaming” parecía haberse convertido en una profecía que, curiosamente, se cumplió a principios del año en curso siendo el nexo de unión entre ambas etapas separadas, entre sí, por un largo periodo de coraje y liberación. Así comienza “Five Friends Floating”, el álbum inacabado que debían rematar y el álbum que presentaban el sábado pasado en casa, en Kafe Antzokia.

Al tratarse de una vuelta de tal envergadura, adquirimos los tickets con la antelación suficiente como para no quedarnos a dos velas, pues entendíamos que se trataba de un acontecimiento sin igual. Una especie de “A Big Hole”, una de la incluidas en un repertorio difícil de olvidar, pues han sido muchos años aguardando, especulando y escuchando canciones de sus anteriores entregas. Muchos años repasando un álbum de fotos carente de actualizaciones de los chicos y vigilando sus respetivas gestiones con James Room & Weird Antiqua, Mississippi Queen & The Wet Dogs, Factory Lane, Arima, Aguanieve, Avalanch… Por lo tanto, los nervios a flor de piel. Como imaginamos que ellos los tendrían, porque cumplir con una reentré de esas características frente a rostros familiares y caras conocidas debe ser, cuanto menos, peliagudo pese a su probada experiencia. Bueno, en realidad emprendieron esta nueva etapa en Torrelavega la semana pasada, y por lo visto o leído más bien, siguen en plena forma. Y lo podemos confirmar con toda seguridad. Hugo y Josu son dos excelentes y bien avenidos guitarristas, Aitor es un poderoso bajista, Bjorn es un prestidigitador de las baquetas, Iñigo tiene unas privilegiadas cuerdas vocales y todos ellos conforman una abrumadora, sociedad: Quaoar.  

Para llegar hasta aquí han plantado cara a la providencia superando reveses y ratificando su amistad, creyendo en ellos y en su alianza musical. Como resultado, “Five Friends Floating”, en el que han contado con la tenacidad y asistencia del sexto elemento, Borja Muro, artífice no solo de la grabación del disco, sino del cristalino sonido de un convite, una recepción o un espectáculo que tenía los ingredientes necesarios para convertirse en algo más que un concierto de rock. Así fue. Mágico. Plácido y veloz. Emocionante, intenso y conmovedor desde el instante en que se apagara el sonido ambiente. Nervios. Un nudo en la garganta que imaginamos sería general irrumpe, pues la intrigante intro a modo de latido, crea más impaciencia y un síntoma inequívoco de expectación. No obstante, esa sensación se diluyó cuando se colocan en sus respectivas posiciones con la consiguiente ovación… y ruge la masa con un estallido de euforia y profunda felicidad. Había quien se frotaba los ojos para verificar que era real, se percibían lágrimas de emoción, rostros de satisfacción, semblantes de incredulidad, y, sobre todo, un tembleque general cuando “In My Head” produjo todos esos efectos entre una asistencia que sí, iba predispuesta a la enajenación transitoria y a volver a absorber la energía de una estrella de otra dimensión. Una asistencia que terminaría rendida, recompensada y profundamente extasiada al comprobar que ellos se vaciaron y del mismo modo acabaron también.

El objetivo era claro. Por nuestra parte (como público), darles un sincero abrazo, entrar de nuevo en su vorágine musical y percibir de nuevo el hechizo de sus equilibradas pócimas. Por su parte (como banda), abrazarnos con sus progresivas combinaciones después un tiempo buscando su dorado particular mediante sinergias, liturgias y mucha fuerza de voluntad. Con esas premisas nació “Five Friends Floating”, álbum que de alguna manera compendia el paréntesis vencido y que se entendía como el núcleo de su intervención, aunque probablemente las mayores fogosidades del respetable se concentrarían en anteriores frecuencias como “Love The Muse” que organizó un considerable pitote cuando Bjorn la introdujera con el identificable redoble acompañado por Aitor, Hugo y Josu… Estábamos flotando, dando cabezazos y al unísono patadas al suelo mientras los recuerdos se fundían con los estremecimientos del presente. El Antzoki, un sortilegio. Un nirvana de agujeros negros y vértigos lunares que sucumbió ante el estrépito “Memento Mori” que no deja títere con cabeza. Otro himno. Otro desfase en el que Iñigo demostró su poderío vocal con registros antagónicos entre sí. El contundente bombo de Bjorn, a pleno rendimiento. Las guitarras de Josu y Hugo, hermanadas, las cuatro cuerdas de Aitor, incandescentes y las armonías vocales, como sucedería a continuación con la novedosa y arrebatadora “Oblivion”, apabullantes.   

Entre la expectante audiencia apenas se veía movimiento salvo las efusivas (individuales y colectivas) muestras de entusiasmo. Eso sí, en el mismo puesto de vigilancia, no fuera que perdieses el brillo del slide en “A Big Hole”, los hipnóticos wah-wah que relucirían en “Go To Momo”, extraordinaria secuencia secundada la noche de autos por un auditorio que ni mucho menos llegaba al agudo vibrato del barítono, así como en “Touch Guy”, una de esas canciones que consiguen aunar afonía, espasmos corporales y desbordada actividad durante su fulminante desarrollo. Sin tregua. Con tesón. Había que emplearse a fondo y con los cinco sentidos despejados, pues debíamos distinguir las múltiples proporciones de “Five Friends Floating” y digerir su mensaje, su porqué que no es baladí ni gira en torno a una situación de “Irrelevance”. Todo lo contrario. Es ánimo. Es resistencia. Es empeño, genio y hermandad. Es el motivo precursor de este comeback y puede que fuera un momento para agradecer, para compartir, para celebrar e insistir, pero su verdadero germen, al margen de sus otras consideraciones, es “Man’t”, un zarpazo de absoluta creatividad que supuso que, entre otras tantas personas, quedáramos atrapados en la robusta telaraña tejida por unos chavales cuyo límite musical era, curiosamente, tan ilimitado como el tratamiento de una canción que trajo consigo más compromiso por parte del público, más clamores y más excitación, pero… 

Pero estábamos llegando al final. Se estaba consumiendo el sueño aunque estuviéramos con los ojos abiertos, y para despedir el recital nada mejor que “My Anger Runs” que, junto a “Goodbye”, encargada de la misma función minutos antes y previa a los rutinarios bises, merecen un capítulo aparte. Sendos estremecimientos. Sendas dedicatorias y sendas ofrendas personales. Ambas nos remueven las tripas y abruman por su melancolía y fortaleza, algo que podríamos hacer extensivo al resto de asistentes, porque el ambiente generado fue extraordinario y una clarividente muestra de absoluta comunión entre banda y público, público y banda. “Goodbye” no es un adiós como tal, sino un hasta luego (Iñigo dixit), pero es una monumental canción que obliga a reflexionar, a reunirte en la inmensidad con personas especiales, a llorar y sentir orgullo a la vez. Eso sucedió cuando una recóndita voz se apoderó del momentáneo silencio animando y proponiendo: ‘!Vamos, Hugo!’ El aludido contestaría con un vibrante solo de guitarra y la gente, encendida, retribuida, fatigada, y atenta. Lo podríamos ampliar al pletórico remate final, porque las evoluciones o los sobresaltos producidos son y fueron semejantes a la antes mencionada o al resto de una noche trascendental que pudimos presenciar, pero lo ampliaremos a la inmensa fortuna de vivir y por supuesto, a cinco amigos, a Quaoar.

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