Cuando alguien recibe elogios en cualquier faceta de la vida, y el rock n’ roll es una de ellas, es porque ha reunido los méritos suficientes como para merecer tal deferencia, y cuando esos réditos le confieren cierta estabilidad o le proporcionan mayor repercusión, va por el buen camino. Cuando alguien insiste y no desiste en su idea, es porque cree en sus posibilidades, y cuando alguien, en este caso el terceto neoyorkino Handsome Jack, consigue con sus discos o actuaciones que prensa y público coincidan en sentires o veredictos, es indudable que, si el río suena, agua lleva. Pues estos tíos son ríos, son como cauces fluviales. Mansos, feroces, serpenteantes, sobrios o virulentos; crecientes, subterráneos, fértiles y necesarios. Muy necesarios y fundamentales en esta época, ya que su sugerencia es una invitación a arrinconar los problemas mediante el hegemónico rock n’ roll. Podríamos calificar la evolución del trío nacido en formación de a cuatro como natural dadas sus inclinaciones sonoras. Viejas estrategias, viejas premisas; viejo y polivalente rock n’ roll auspiciado por acreditadas formaciones de los sesenta o setenta que surgen a la mente inmediatamente y son repetidas hasta la saciedad. Algo que no haremos, porque aparte de la obviedad sonora, no nos gusta demasiado recurrir a terceros a la hora de referirnos a alguien en concreto.
Y como nuestro objetivo se centra en hablar sobre la banda que forman el guitarrista y cantante principal Jamison Passuite, el bajista Joe Verdonselli y el baterista Bennie Hayes que aportan también sus voces coreando o cantando indistintamente, pues omitiremos cualquier otra referencia salvo al legendario Tony Joe White a quien rinden un sentido homenaje tomando prestada la célebre “Polk Salad Annie”. Ecos del sur. Ciénagas, juke joints y, como no podía ser de otra manera, blues, roots, boogie, honkytonk, y por supuesto, swamp rock que impera en “Barnburners!”. Cumpliendo las promesas del título del disco e introducción (con signo de exclamación y sin él respectivamente), salen a por todas asegurando “We’re gonna light it, we’re gonna burn it down”, y a partir de ese instante, predomina el fuego. Predomina la combustión, las altas temperaturas y la sensación de ardor corporal con el ritmo sostenido, las contundentes percusiones, una incisiva guitarra y una trama coral propia de la costa oeste en “Tonight We Ride” que llega a continuación. También existen minutos para la oxigenación como en “It’s Only Business”, blues en toda regla tanto en forma como en trama, ya que aborda problemáticas comunes o complejas situaciones sintetizadas en un escueto y comprometido “The economy is busted, I’m running in the red”.
Similar tratamiento recibe “Poly Molly”, esta vez con un vicioso bottleneck y una diabólica cadencia que provocará fuertes convulsiones entre quienes tengan a bien escuchar el disco. No se arrepentirán, y en caso de ocurrir casualmente, repetirán con toda seguridad, porque descubrirán la sensualidad de la armónica en “Blue Falls Motel”, la salerosa vocación de “Let’s Go Downtown” o la potencia embaucadora de “Ghost Woman”, rematando así una entrega plena en picardía, desenvoltura vocal e instrumental. La mayor parte de la tarea creativa corresponde al fundador y único miembro original, el señor Jamison Passuite, lo cual nos lleva a comprobar que el característico sello de la banda nace de la inspiración de un caballero que, recordemos, tiene su propio criterio pese a componer música siguiendo los influjos y estela de sus héroes. Vamos, como la práctica totalidad de artistas que pululan por el planeta y nos socorren en momentos de soledad, nos transportan a lejanas dimensiones o, simplemente, nos serenan o encienden… Como sucede, y no cabe duda porque es gráfico y notorio, en “Barnburners!”, álbum distribuido por la casa Alive Naturalsound que explota con rigor el temperamento del rock americano en sus múltiples semblantes, caso de “I’m Hooked”, descarga digna de bayous de Louisiana o el grito “Do It! To It!” que nos sitúa en algún recóndito cruce de caminos donde se percibe la trascendencia de los diabólicos doce compases, se adivina una cabaña que proyecta llamaradas y se presiente el calor del swamp rock.

