A primera vista podría resultar chocante que, tratándose de un álbum instrumental, la californiana Laura Chavez haya elegido para su ambicionado estreno individual el lema «My Voice», pero ese mensaje esconde de manera contundente y gráfica cuál es su verdadera palabra: la guitarra. Después de tantos años acompañando a mujeres de la talla de Candye Kane, Deborah Coleman, Vanessa Collier, Nikki Hill o reconocidos bluesmen como Dani Wilde o Monster Mike Welch, decide experimentar qué se siente al lanzar por cuenta propia un álbum que condense y proyecte su condición musical. Por otra parte, ha quedado sobradamente demostrado que esa propiedad es tan fuerte como amplio es su conocimiento acerca del universo del rock and roll, así que es de suponer que todos esos indicios hayan sido propicios para llegar a un acuerdo con la casa Ruf Records. O sea, un sello de prestigio para un disco que sondea diferentes ópticas del blues, un disco que profundiza en las raíces latinas de su comarca natal y naturalmente, familiares, en el penetrante soul o en otras disciplinas que favorecen el éxtasis corporal o el desahogo mental.
Por cierto, no debe ser sencillo, tal y como está hoy el asunto, lanzarse al mercado con un primer trabajo donde la voz brilla por su ausencia, pero aquí es la guitarra quien toma la palabra arremetiendo con visceralidad o funcionado cual cataplasma deteniendo hemorragias cuando la ocasión lo demanda. La guitarra es su fortaleza y su debilidad, es su medio y método de comunicación. Aunque suene poco original, es su voz. La adaptación inicial de “Born On The Bayou” es fiel reflejo de esa particularidad, y hasta podría ser que entones su estribillo como si fueras John Fogerty, pero esa labor corresponde a la camaleónica guitarra, al órgano desbocado de Léa Worms y al resto de la compañía que aporta la energía necesaria para que la gente pille la indirecta y, enloquecida, se ponga a canturrear, no en vano hablamos de una canción que tenemos archivada en la memoria. Algo similar podría ocurrir con “La Llorona”, canción tradicional mexicana popularizada por Chavela Vargas elegida para despedir el elepé de manera sobresaliente, ya que esta reinterpretación conjuga pasión y estremecimiento, indulto y reprobación. Llorarás, es irremediable.
Entre ambas queda constancia la flexibilidad y competencia de una mujer que captura la esencia de diversos géneros como el swing (“Mind Your Step”) o el shuffle (“Shot-Zee”), convirtiendo sendas composiciones en animados ritmos surf de la costa oeste americana. En instantes más susceptibles donde la guitarra echa humo tipo “Wandeer”, la emoción está asegurada, y en los más activos como “So Long Baby, Goodbye”, desarrollo con el que rinde tributo a sus orígenes dada su orientación, el éxtasis será general. Evidentemente todo el camino recorrido hasta ahora y el hecho de haber sido reclamada por artistas de la categoría antes apuntada tiene su vital importancia. Sin embargo, la californiana sentía la necesidad de emprender un desafío personal que desemboca en esta grabación cuajada de puentes, vínculos y vaivenes como “Mamba Negra”, donde salen a relucir referencias sesenteras mientras asoman siluetas de solitarios coyotes, o en la eléctrica, electrizante y deliciosa “Napa Street”. La influencia fronteriza apunta de manera ostensible en “El Cascabel” y las pulsaciones, aun manteniendo un ritmo estable, podrían sufrir subidones debido a la sensual frecuencia “Chinese Checkers”, momento inspirador en el que la guitarra segrega endorfinas forzando al meneo material. Hace tres años obtendría el galardón como mejor guitarrista en el Blues Music Award siendo, además, la primera mujer que lo consiguiera, así que aquí tenemos otra demostración de la excelencia e incuestionable calidad de una guitarra que alza la voz. Una voz encarnada en guitarra.

