Entre idas y venidas, ajustes o metamorfosis, los cántabros llevan en este tinglao la friolera de treinta y cinco años, que se dice rápido y pronto. Partiendo, por supuesto, de su estreno discográfico, pues resulta obvio que su génesis es anterior. En cuanto a conciertos ofrecidos, no sabemos o, mejor dicho, no llevamos la cuenta, pero aseguraríamos sin temor a equivocarnos que esa cifra atesora más de tres ceros, lo cual nos llevaría a computar una imponente cantidad de kilómetros recorridos en estas tres décadas y media, porque no habría que recordar que se trata de unos incansables currantes, unos tipos solicitados en los cuatro puntos cardinales y de absoluta garantía en las distancias cortas. Eso sí, con el inquebrantable Hendrik Röver al pie del cañón desde que el conjunto consiguiera colarse en los rankings de ventas poniendo de acuerdo a prensa y público con su subversiva presentación. Sí, ha pasado un tiempo desde entonces y el tren de la vida ha discurrido por vías estrechas o de alta velocidad, ha sufrido pesados retrasos, transbordos o insólitos destinos, pero haya tranquilidad, pues no vamos (ni intenciones tenemos) a remover en el pasado ya que la misión es hablar sobre “El Futuro” que es, aparte del título del nuevo elepé de los montañeses, la eterna pregunta existencial y el temperamento musical de un álbum que sigue la característica línea mordaz, inflexible, sancionadora y sarcástica del señor Röver, un sociólogo convertido en estadista, un estadista en músico, un músico en pedagogo, un pedagogo en compositor.
Sabido es que está acompañado por viejos socios necesitados de pocas presentaciones como el bajista Sergio ‘Tutu’ Rodríguez y Javier Arias a la batería y que todas las operaciones las realizan en laboratorio GuitarTown Recordings. En cuanto a la relación de discos publicados, este que nos ocupa, ocupa (valga la redundancia) la vigesimotercera posición, así que poca broma con los guarismos. Poca broma con la trayectoria de unos clásicos como Los Deltonos y de sus respectivas carreras al margen de la madre nodriza. Poca broma con las doce canciones que componen “El Futuro”. Poca broma con una banda que estimula el rendimiento neuronal con el categórico ritmanblus “El Color De Los Tiempos” o mete el dedo en la llaga con el ritmo tejano “La Campana” que de alguna manera se ha convertido en una especie de sello personal. Menos desdenes con su eficacia, porque con una respetable cantidad de trabajos realizados, continúan construyendo y buscando una excelencia anhelada en cualquier disciplina artística, si bien podríamos apuntar que la supuesta incertidumbre o “Indecisión” sobre este particular no es tal. Su insistencia es equivalente a su esfuerzo y ese esfuerzo es un inequívoco síntoma de evolución o de constante investigación. En ese cálculo podríamos incluir sin ningún tipo de ambigüedad títulos tipo “Meteorito”, canción que discurre con absoluta tranquilidad por los plácidos arenales cántabros que, por momentos, se vuelven feroces dependiendo de puntuales ráfagas o retoman la serenidad gracias a una meteorología más complaciente. O ese “Naufragio” final que es otra especie de alegoría sobre bastantes vicisitudes que hemos de abordar durante el camino y que el certero juicio del cantante de canciones acostumbra analizar.
Que es su propia definición sobre sí mismo, aunque la paráfrasis suene redundante y elemental. Una de sus grandes características que rozan la categoría de virtud, porque todas esas composiciones divulgadas hasta el día de hoy poseen dos componentes esenciales como son el verbo y el rock, la música y la palabra como queda demostrado desde la titular que funciona de bienvenida. En sus primeros segundos, cuando la camaleónica guitarra de Röver introduce las coordenadas a seguir, con toda probabilidad el sistema nervioso experimente convulsiones de semejante magnitud a la posterior atención y comprensión de su acertado y metódico compuesto gramatical. A partir de ahí, poco más abría que añadir, porque todo aquello que podamos sugerir hay que experimentarlo en primera persona, con la prudencia de la subjetividad o la osadía de la objetividad. Hay que descubrirlo sintiendo los aires bailables de “El Mal Menor” que exigen tanta actividad como la desahogada (admite diversas acepciones) “Andrés Muñiz” que te deja sin aliento; adivinando el brillo del slide juguetón de “Al Revés” que castiga y emociona, el dinámico y contagioso bajo de “El Día Aquel”, o la percutora y hacendosa batería de la polivalente “La Fuerza”. Según el estado anímico de receptores, esta última podría tener interpretaciones en varios sentidos, y ese es otro de los patrimonios del doctor Röver, o al menos una visión particular e intransferible de su firma y su alta capacidad de obligarnos a pensar sobre este misterioso galimatías que nos ha tocado vivir. Un mar de dudas, un horizonte incierto, un camino de ilusiones o un cuento iniciado con “Había Una Vez” cuyo final no se ha escrito aún, porque ese desenlace corresponde a “El Futuro”.
