Qué poco nos gustan las despedidas Mariano. Qué poco nos gustan los penúltimos abrazos, las momentáneas cortesías y los fríos hasta luego. Nunca adiós, porque siempre quedaba pendiente un futuro encuentro, una nueva oportunidad para compartir animadas tertulias, alegrías o nostalgias acompañadas con un estimulante pintxopote, amigo. Ese es el término que mejor te define, porque amigos son la familia que eliges o te elije, y en este caso, ambos elegimos, ambos acertamos, ambos sellamos un acuerdo bajo el cielo de un rincón secreto que brindaba una maravillosa perspectiva de un botxo bullicioso. Un retiro espiritual, un lugar para pensar, eliminar tensiones y confraternizar. Allí arreglábamos el mundo compartiendo chascarrillos, hablando de titanes del rock como el señor Zimmerman, como el viejo Young, Nick Drake, los sempiternos Beatles, el Boss, los Doors… En fin, un largo etcétera. Del gran Neal Casal también, sobre los cuervos, los leones o cualquier otro asunto sobre una actualidad enrarecida y siniestra en demasiadas circunstancias, o del montón de veces que nos habremos cruzado en el Casco, en los añorados Umore, Kogoio o Trapi, en Zugasti, en la extinta Universal, en aquellos conciertos de La Casilla en los que la espesa humareda imperaba o incluso en viajes a algunos de esos conciertos como el del 86 de Rory en Lekeitio o tantos otros. Pero el destino, o la fortuna más bien, quiso que ese primer encuentro se diera en Azkena Rock Festival, donde nos conocimos antes de conocernos. Todo tiene una explicación.
La organización tuvo a bien habilitar una barra donde servían café en cierta edición que lo requería, pues el fresco gasteiztarra demandaba una dosis calentita de cafeína, y ahí estábamos, levantando los brazos al unísono multitud de clientela esperando a ser atendidos por un personal que no daba abasto. La aglomeración era tal, que lamentablemente no se ha repetido ese servicio salvo en la zona de acampada en alguna ocasión, pero tal vez algún día… La vuelta sería bienvenida y ampliamente recompensada. Pues en cierto momento una empleada se dirige a nuestro amigo, y este le dice que aquel tío de la otra esquina estaba antes. Ese tío era yo, amablemente nos cede su puesto y evidentemente, le damos las gracias por el gentil detalle. Ese era y así era Mariano. Todo bondad. Al cabo de un par de años nos pusimos cara y más tarde, en una de tantas tardes de cervezas y sonrisas, recordamos una anécdota que nos sorprendió por aquello de las coincidencias, las casualidades y que el mundo es un pañuelo. “¡Kabentxos, no jodas, gudari!” Ambos guardamos aquella historieta con cariño, y el destino, la providencia o vaya usted a saber qué, nos colocó en las mismas coordenadas. En Mendizabala, pero con más gente alrededor. Con nuestra gente. En nuestro oasis particular, en nuestra guarida, en nuestra parcela. Nuestro punto de encuentro con camaradas de Galicia, Catalunya, València, Eivissa, Madrid, Castilla, Asturies, Canarias, Andalucía…
En ese espacio de sueños y realidades conocimos a un tipo entrañable, aunque el hecho de ser bilbaínos facilitaría el mutuo encuentro con anterioridad. Corroboramos los presentimientos, puesto que una primera noche que se alargaría, descubrimos un hippie de admirable personalidad y enorme escuela que se entrega con absoluta naturalidad. Un hombre fiel a sus principios y leal con sus amigos, con su inseparable compañera de vida, con sus queridos hijos y una nieta que era la niña de sus ojos. Y nunca mejor dicho, porque cuando le mencionaba, sus pupilas brillaban, sus pupilas reflejaban amor y felicidad. La misma que le aportaba una familia de la que se sentía orgulloso. La familia era innegociable. El círculo familiar podía crecer, pero el núcleo duro siempre ha estado a su lado y él ha estado al suyo. Y la cuadrilla, su válvula de escape, su perdición y bendición. Esa cuadrilla era tal y como nos la describió y, sin duda, el estrecho vínculo que desde la adolescencia forjaron, seguía presente a pesar de que sus respectivos caminos habían seguido diferentes derroteros. Eso sí, el distanciamiento personal no existía y nos acogieron de maravilla, como colegas de siempre. Pudimos comprobar la sencillez de una gente que creció a orillas de una ría flanqueada de fábricas siderúrgicas donde, siendo unos chavales, comenzaron a currar, progresaban a medida que afianzaban sus lazos o cambiaban de chip, encontraron nuevas compañías, sobrevivieron a la reconversión industrial y, sobre todo, lucharon.
Para quienes conocen a Mariano a través de este mundo paralelo que es eso, paralelo y en no pocas ocasiones frío e intolerante, seguirás siendo el gudari. Con buen criterio decidiste un día abandonar el espacio virtual porque se estaba convirtiendo en un hostil hábitat de serpientes venenosas, depredadores y alimañas. Estaba entrado en una peligrosa espiral de cátedras, intransigencias y desavenencias en consonancia al sistema político social que tanto nos fatiga, porque ambos tenemos opiniones muy semejantes en este aspecto, queridísimo gudari. Te quedaste con el apelativo porque eras un incansable luchador y un buen fajador. Un tipo con el que era muy fácil dialogar y congeniar porque era lúcido, un hombre de palabra, un caballero y todo un personaje, todo corazón. Tenías un don, amigo. Tenías una visión electromagnética. Veías el interior de las personas, captabas las frecuencias del alma y una vez analizadas, tu cerebro emitía el veredicto final. Eso sucedió, por ejemplo, con la banda del Azkena que añorará tus bailes, tus carcajadas, tus achuchones, tus consejos y tu presencia en una explanada de Mendizabala descompuesta ante el profundo vacío que dejas. Han transcurrido exactamente tres meses desde tu partida y aunque a uno le cueste hablar a través de estos medios sobre cuestiones personales, alguna fuerza extraña nos empujaba a hacer un pequeño esfuerzo que, visto el porqué, se convertía en una dura prueba de fortaleza anímica. Una especie de deuda contraída con nuestro (posesivo amplio y muy abundante) amigo Mariano. Como decía el admirado hombre de negro, “nos encontraremos de nuevo/no sé dónde, no sé cuándo/pero sé que volveremos a encontrarnos algún día soleado”. ¡Qué poco nos gustan las despedidas, Mariano!
