Un año más recogiendo energía en Mendizabala, absorbiendo la “Essence” de Azkena Rock Festival | GR76


Jueves 19, viernes 20 y sábado 21 de junio de 2025 en Mendizabala, Vitoria-Gasteiz

The Flaming Lips

Son muchos los años que llevamos trasladándonos a Vitoria-Gasteiz para completar una dura prueba de resistencia de tres días en la explanada de Mendizabala. De cuando en cuando la competición constaba de dos días, y sus organizadores han barajado diferentes fechas o meses para su celebración. Ahora, la meteorología siempre ha estado en el foco o en el foro de peloteras, debates, discrepancias o acuerdos. Esta edición no iba a ser menos, porque sin duda saldrá a relucir en cantidad de crónicas la cuestión climática que ha sido, como frecuentemente lo es, despótica. A título personal nos impediría cerrar el festival como en años precedentes. El sábado, y antes de medianoche, salimos a toda prisa cual Cenicienta debido a las malditas descargas eléctricas que se vislumbraban en el horizonte mientras Margo Price descargaba su arsenal en el Respect Stage, y esa circunstancia afecta demasiado al correcto funcionamiento de una cabeza ya de por sí un tanto tarambana. Por lo tanto, debimos dar nuestro adiós al querido Azkena pese a que teníamos la intención de permanecer hasta que las fuerzas llegaran al límite. Las teníamos (las fuerzas) porque en la última jornada nos pertrechamos durante bastante tiempo bajo la haima que había en el recinto y mientras los hermanos D’Addario, o sea, los Lemon Twings, actuaban en el citado escenario, y dado que la lluvia no cesaba, debimos salir en búsqueda de prendas y calzado de agua. Se prolongaría en demasía la pausa y solo pudimos presenciar el festivo final de los Flaming Lips por quienes sentíamos curiosidad a pesar de no ser una banda de nuestra cuerda. Es famosa su puesta en escena, y anteriormente habíamos comprobado que el God Stage tenía preparado el fondo que la banda de Oklahoma utilizaría para sus combinaciones lumínicas y el espectáculo visual que suele ofrecer.

God Stage

Volviendo a las haimas, cubiertas o similares. Recordamos la edición de 2016 en la que, con gran acierto, la gente de Last Tour colocó tres grandes carpas disuasorias repartidas en el recinto debido a las adversas previsiones meteorológicas. Pues no se ha vuelto a repetir pese a que hemos soportado diluvios como, sin ir más lejos, el año pasado, y horas de incesantes cortinas de lluvia en un alto porcentaje de las veintitrés ediciones de Azkena Rock. Sería todo un detalle que instalaran una estructura que evitara la desbandada de gente en casos de aciagos pronósticos, y sin duda sería beneficioso para todas las partes, ya que el público podría seguir las actuaciones aunque fuera desde la distancia en caso de condiciones desfavorables, sea con agua o con la solana que acostumbra comparecer con crueldad. El viernes, por ejemplo, hubo varios manguerazos refrescantes lanzados desde el foso de los reporteros gráficos porque Lorenzo tenía ganas de achicharrar al personal con sus tiránicas radiaciones, y volvimos a recordar situaciones similares de agradecidas y disfrutadas cascadas artificiales de agua, así como los enrojecidos semblantes de artistas o espectadores que hemos podido contemplar hasta el día de hoy. Seguramente no hayan pasado a más y no tengamos que hablar de insolaciones o serios golpes de calor, pero, ¿quién no recuerda a Rose Hill Drive? ¿Marah? ¿Backyard Babies, Berri Txarrak o Israel Nash (cuando empleaba Gripka)? ¿Redd Kross? En su última comparecencia, claro, porque esta es otra cuestión que precisamente ahora ha levantado suspicacias y ampollas.

Respect Stage

Este año las repeticiones no han sentado bien. Han sido centro de controversias, y por lo visto, o mejor dicho, por lo escuchado, en sus veintitrés (en caso de repetir, es preferible recordar una cifra nada despreciable) años de historia y otras tantas ediciones realizadas, la organización nunca ha acudido por segunda (o tercera vez) a la llamada de artistas. Podríamos confeccionar un listado considerable con nombres de vueltas y revueltas, pero mejor dedicamos las líneas a lo sucedido, o al menos, a nuestras impresiones sobre una nueva experiencia en Mendizabala que, as usual, ha sido gratificante y totalmente productiva aunque hayamos descuidado de nuevo el Trashville, apartado que desde su implantación ha ofrecido una programación delirante, antagonista, rebelde y underground de gran aceptación. Habrá quien nos sancione por desleales, pero lo hemos intentado e insistido en el intento sin grandes resultados. Que no hayamos ingresado a sus dominios (contadas con los dedos de una mano), ni mucho menos significa que no reconozcamos el atractivo del espacio y la buena acogida por parte de sus grandes defensores, que los hay. Tan solo con ver la enorme hilera de gente esperando a poder entrar, más que suficiente para entender su valor. Recordamos que es el único coto techado dentro de un área a cielo abierto donde el aforo es limitado, así que, en caso de lleno, que por otra parte es habitual, dos salen, dos entran. Toca esperar. A ver si suena la flauta. Y por añadidura, hemos de alegar en nuestra defensa la sensación de condensación que debemos evitar.     

Escenario La Salve

Retomando el (nuestro) final, seguramente habrá sido la primera ocasión que desertamos en la última jornada a medianoche pese a que teníamos intención de estar frente a Nicke Andersson y sus compañeros que se encargaban de echar el cerrojo. Por cierto, y si las cuentas no nos fallan, que bien podría ser, se trataba de la cuarta participación de The Hellacopters en el festival y durante un fin de semana en el que te tropiezas con unas y otros con bastante regularidad, pocos comentarios sobre esa contingencia y por el contrario, una opinión generalizada sobre el acierto de su elección como responsables de la clausura. Por lo tanto, el tema aburrimiento en cuanto a repeticiones va por barrios. Como ya hemos apuntado con cierta frecuencia en GravelRoad76, estos casos se vienen produciendo desde el comienzo (curiosamente Diamond Dogs, aparte de esta última edición estuvieron en su inauguración) y no había un sentir generalizado de desacuerdo en algunos casos, aunque obviamente existirían voces enfrentadas. Seguiremos manteniendo nuestro criterio. El Azkena tiene como apellido Rock (con lo que ello conlleva) el festival se efectúa en un recinto de significativa capacidad y entre el amplio espectro de posibilidades, la empresa organizadora del certamen ha de sopesar y valorar infinidad de cuestiones que desde fuera se nos escapan. Hasta el día de hoy la gente ha respondido, digamos, adecuadamente y no hemos sufrido las masificaciones que sufren otros ateneos del pelo, así que no nos rasguemos las vestiduras, por favor.  

Margo Price

Sería conveniente que asumiéramos o evaluásemos el festival con objetividad y a poder ser, sin mala baba, lo cual ni mucho menos significa que debamos resignarnos. Las discusiones (nunca airadas o arbitrarias) o los intercambios de posturas son necesarios y hasta fundamentales pero nunca, bajo ningún concepto, serán bienvenidos los subjetivos o súbitos cambios de parecer cosa que, este año y en esta edición, ha sucedido. Tampoco vamos ahora a seguir la manada como dóciles ovejas o corderos ni decir que sí a todo como borregos, pero el ambiente ha estado, o mejor dicho, sigue estando, turbio en materias de todo tipo, y eso que, aparte de la nutrida cuadrilla de la propia Vitoria-Gasteiz o de la provincia, un número importante se acerca al festival (hay quienes ni se asoman por las inmediaciones y con total impunidad lanzan dardos envenenados a diestro y siniestro) en ferrocarril, buses, aviones o cruzando autopistas y gente que acude uno, dos o los tres días en los que Mendizabala muda de piel. Hasta esa particularidad (la duración) ha propiciado discordias, por no hablar de las sempiternas coincidencias horarias (¿en qué quedamos, hay o no hay oferta?) que traen de cabeza a buena parte de habituales o los precios de consumiciones (tema peliagudo). Sin embargo, si algo hay que ponderar, sin problema. En ese grupo de felicitaciones incluiremos al equipo de limpieza que ha mantenido en perfectas condiciones explanada y aseos, a la gente encargada de la seguridad que generalmente se muestra comprensiva y dialogante, así como el resto de personas entre las casetas de merchan, los puestos de avituallamiento o responsables de la organización. ¡Ah! Y por supuesto a la multitud de azkenazales que, un año más, se ha comportado de puta madre.    

Ezezez

En fin, a lo que vamos. A Margo Price, que lamentablemente fue nuestra despedida porque el inquietante sirimiri acompañado de amenazantes relámpagos con el que comenzaría, terció, tras un leve respiro, en un inquietante tercio final de lluvia racheada que ensombreció su actuación de tal manera que debió concluir, acompañada tan solo por la pandereta, con “Mercedes Benz” de Janis Joplin. Primera incursión por aquí de Margo, y primera en la frente. Si la función se hubiera cancelado, poco nos habría extrañado porque en más de una ocasión sus compañeros, Sean Thompson a la guitarra eléctrica, Logan Ledger con la acústica, Alec Newman al bajo y Chris Gelb guarnecido tras los platos y tambores, debieron pedir asistencia al técnico para secar los instrumentos y cubrir los amplis o pedales con plásticos mientras el respetable aguantaba estoicamente bajo plásticos (y algún imprecado paraguas) el chaparrón. Por lo tanto, otro gran aplauso para una banda que tuvo que poner buena cara al mal tiempo tocando varias canciones de “Hard Headed Woman”, próximo álbum que se prevé esté disponible en agosto y en cierta manera, es síntoma inequívoco de la autoconfianza de su autora, pues no es muy frecuente que en circunstancias similares alguien tire de material inédito. Del disco sonaron “Don’t Let The Bastards Get You Down” que conocemos dado que es su avance y la audiencia festejó, o “Don’t Leave Me Up” que apuntamos como posible y sí, también pertenece al disco. Antiguas (si las pudiéramos calificar así con menos de diez años de existencia) como una magistral “Loner” que propició el sollozo del cielo y asistencia o una reveladora “Tennessee Song” que ayudaría a mover los pies como si estuviéramos en un humeante local konky tonk que aumentaría de temperatura en la sentimental “Too Stoned To Cry”. En el capítulo de covers, recuerdo al añorado Waylon Jennings por medio de “Kissing You Goodbye”. Acabamos fríos debido a la inclemencia, calientes por la experiencia.

Eh, Mertxe!

Había que decidir si esperar unos minutos a ver si la situación mejoraba, y visitamos por unos minutos a los sevillanos Derby Motoreta Cachimba. No amainaba y llegó a desesperar hasta el punto de renunciar. Bueno, como defendemos, una retirada a tiempo es una victoria, aunque durante el camino hacia el aparcamiento de Medizorrotza convertido en restaurante, lugar de intendencia u hospedaje, charlábamos sobre el mal fario de la tercera jornada, aunque lográramos exprimir las horas iniciales con visitas a The Chesterfield Kings, Richard Hawley, The Pill, Eh, Mertxe! y Ezezez, una de las grandes alegrías que esta edición de Azkena Rock nos tenía reservadas. Un auténtico vendaval en todos los aspectos. Musicalmente, porque será muy difícil ceñir a un estilo concreto (algo que, por otra parte, nos encanta pues no somos muy amigos de los formulismos) su rollo, y escénicamente, porque le ponen entusiasmo y en el buen sentido, son desvergonzados. Podríamos añadir cuestiones más personales, pero ese es otro asunto. Aparte de su exuberante popurrí de formas y modales que comenzarían con la asombrosa “dariokdio” que encendería los ánimos de comparecientes, cuentan con un frontman histriónico, agitador, mordaz y teatral como Unai que se vació (“Zikin”), aunque ni mucho menos deberíamos desdeñar la actitud de Álvaro (“ez da iristen”), Mikel (“noraezean”) o Eneko (“laberinto club”)” en sus respectivas funciones. En poco más de dos años de existencia su novedosa propuesta ha ganado enteros, se encuentran en plena forma y sin duda su actuación del ARF seguirá sumando al igual que su último álbum publicado en mayo: “Kabakriba”. Una revolución. Un paso adelante donde muestran gran madurez en unas composiciones audaces y completamente vanguardistas que en directo son un desfase. El que se vivió en el bautizado Escenario La Salve que nos ha salvado en más de una ocasión y en esta, nos fascinó.

Libe

Previamente nos dimos un garbeo por el God Stage donde el cuarteto de Oion, Eh, Mertxe!, tenía la oportunidad de dar un puntapié en Mendizabala, cosa que por otra parte, no dudábamos sucediera porque es su modus operandi. Como dijo Ibai en uno de los pocos instantes para coger oxígeno, estaban enormemente contentos por cumplir uno de esos sueños que parecen inalcanzables, pero al fin podrán incluir en su currículum una fecha tan importante como el sábado 21 de junio de 2025. Orgullosos podrán afirmar que no solo actuaron en un festival del que son incondicionales, sino que lo hicieron en el escenario principal. Los tíos sudaron, como no podía ser menos, con la energía de un vitaminado repertorio (“Jakingo bazenu”) lleno de estrepitosas alternancias (“Phantom Mover”), desenfadados tramos (“Ácido es su Ser”) o subversivos rockanroles (“Aitaren etxea”) que conquistaron a los espectadores por la osadía mostrada, por el ritmo impuesto y la constante interacción con la peña. En parecidas condiciones actuaron Libe y Sarria, ya que ambas actuaciones fueron las encargadas de inaugurar las dos jornada precedentes. Los malagueños, el viernes en el mismo escenario, y la gasteiztarra, de la edición en el Respect Stage. Probablemente no fuera el mejor horario para que Libe García de Cortázar demostrara su solvencia en el escenario, pero bien es cierto que ser y tomar parte de un festival como es el ARF debe ser un impulso extraordinario y por supuesto, una inmejorable oportunidad para aumentar tu radio de acción. Además, el hecho de ser la encargada de dar la bienvenida constituye cierto privilegio y de alguna manera puede marcar el desarrollo del festival. No vamos a negar que a esas horas en las que aún continúan los preparativos en los bastidores de la campa de Mendizabala, en los puntos de avituallamiento, en los aseos o en los tenderetes de merchan, la gente se acercaba timorata y a cuentagotas. Quienes se mostraban dubitativos, quienes había oído hablar de Libe, quienes se percatabann de su presencia en el año 2023 con la banda Pasadena o quienes conocen al dedillo una trayectoria que incluye formaciones como Sorkun, Neubat, Izaki Gardenak, la antes mencionada y su proyecto personal: Libe. El público, tuviera pocas o bastantes nociones sobre la gasteiztarra de adopción, reconoció la penetrante idea de la banda mostrándose concentrado y profundamente embebido en episodios como “Esnatzea”, “Zorabio” o “Elai”.

Sarria

Al día siguiente cambiábamos de orientación, lo cual se agradece porque a esas horas la solana es inmisericorde, en el escenario de enfrente podíamos sufrir un soponcio y el God Stage proporciona una sombra muy apetecible y una imagen curiosa. Como girasoles, pero al revés. Todo el mundo buscando la sombra porque, además, la luz es cegadora. También se mostraron encantados como dijera su alma mater, el hombre que da nombre a la banda, Nacho Sarria. Y de momento, la apuesta le está saliendo bien, puesto que su rock mestizo está obteniendo bastante popularidad gracias a sus shows, al disco “El Mundo Es Cruel (pero creo en él)” editado el año pasado o una excelente hoja de servicios para su edad. Eso demostró. Un eficaz directo en el que destacaron canciones de ese elepé como “Mala Racha”, “Mi amor no se vende (se regala)”, “El Cálido paso del Tiempo” o estratégicas de su historial como la enaltecida “El Camino” donde las guitarras forcejearon y la representación de fans allí presentes pudo certificar su aparición después de reivindicar, durante bastante tiempo, su inclusión. Otro de los nombres que aparecía en consultas, apuestas o predicciones desde hace varias ediciones era el de Robert Jon & The Wreck que debía estar porque reúne todos los requisitos y tiene espíritu Azkena. Particularmente, y aun entendiendo el concepto, es algo no logro comprender. Pues compartían horario con Turbonegro, motivo por el que nos perdimos a unos noruegos que no habíamos perdido en sus anteriores participaciones en el festival. La primera y de madrugada, sentados en el centro de la explanada en sillas publicitarias de plástico que han pasado a mejor vida. Se echan en falta esos descansos y por supuesto, esos puestos de vigilancia que venían de perlas después de horas de escenario a escenario. ¿Retomarán ese suplicado hábito? Habrá que volver para comprobarlo, ¿no?

Robert Jon & The Wreck

De principio a final seguimos el recital de los californianos porque les guardamos cariño desde sus primeras visitas por aquí y porque se marcaron un recital. Remunerados salimos del concierto de la señora Lucinda Willians, y aunque había suficiente margen de maniobra decidimos, en detrimento de los nórdicos, aproximarnos a las primeras filas del Escenario La Salve ya que debíamos apoyar y… Salieron entre penumbras y gritos de entusiasmo con “Hold On”. Salieron dinámicos y con una fe ciega en sus posibilidades, que es su gran virtud. Salieron sonrientes y gratificados, otra gran condición de Robert Jon y Andrew que siguen al frente desde el principio, mientras Henry James, Warren y Jake, han ido sustituyendo a los antiguos miembros cubriéndoles perfectamente las espaldas e imprimiendo su personalidad en según qué lances. Todo cobra sentido en directo, y dependiendo de las exigencias de las canciones, cada uno de ellos asume diferentes roles, eso sí, en beneficio del conjunto y para el regocijo del personal. Sucedió en “Ashes In The Snow” que sugestionó y congeló relojes cuando el carismático slide obró el milagro como sucedería después con “Ballad Of A Broken Hearted Man”. Quizás la iluminación no ayudaba en el aspecto visual, sin embargo el sonido, la elección del setlist y la interpretación del mismo fue emocionante, porque no se dedicaron simplemente a cubrir el expediente. Se lucieron, enseñaron las garras y acabaron por todo lo alto con una escalofriante “Cold Night” que enalteció aún más a la gente con el aplaudido duelo instrumental, y la evocadora “Oh Miss Carolina” obligaría a afinar al unísono las gargantas. “Blame It On The Whiskey” nos recordó sus primeras escaramuzas, “Red Moon Rising” enseñaría el perfil psicofunky del quinteto y en “Dragging Me Down” pillamos acomodo en una nave interestelar.  

John Fogerty

A continuación estaba programado uno de los platos fuertes de la edición, la que podríamos considerar como aparición estelar: el señor John Fogerty. Debido a la charla que mantuvimos con amigos gallegos y parte de la comitiva de Robert Jon & The Wreck tras el hechizo recibido, llegamos tarde y con la lengua fuera a la inmediaciones del God Stage. Intuíamos que la concentración humana sería comparable a la vivida en su anterior audiencia o en otras multitudinarias que nos vienen a la mente, y no andábamos muy equivocados. En el camino, poca gente. Frente al escenario, un porcentaje muy elevado, rozando el cien, y la sensación de embudo era tal que, tras un par de intentos por un flanco u otro, decidimos plantar la tienda de campaña en el centro de la explanada con “Born On The Bayou” comenzada. Desde allí se percibía la exaltación de la asistencia que se convertía en estruendo a la hora de tararear cualquiera de sus himnos o a la hora de aplaudir hasta la extenuación. Se distinguían las coloristas imágenes que adornaban el escenario, la simétrica iluminación, el volumen y nitidez del sonido eran adecuados y las pantallas laterales ayudaban a ver primeros planos de los protagonistas. Un espectáculo. La segunda que escucharíamos sería “Who’ll Stop The Rain” y entre risas le decimos al bueno de Fogerty que no, que no mente a la bicha que se presenta cuando menos la esperas y puede aguar (nunca mejor dicho) la fiesta. Por otra parte, y aunque las cuerdas vocales ya no estén para alardes, debemos resaltar su vitalidad y el estado de felicidad cuando interpretaba el legado de la Creedence vía “It Came Out Of The Sky”, “Keep On Chooglin’” o “Have You Ever Seen The Rain?” (por favor, John, no sigas por ahí). Sabido es que recuperó los derechos de esa etapa (lo celebraría brindando con champán), aunque él fuera su autor. Son de su propia cosecha como “Fight Fire” que pertenece a los orígenes, cuando antes de pasar de pantalla con Creedence Clearwater Revival se hacían llamar The Golliwogs. La cantaría en compañía de sus hijos Tyler y Shane y la felicidad se sentía en todo el perímetro de Mendizabala, no obstante hubo instantes para el estremecimiento con “Joy Of My Life”, una ofrenda a su mujer fallecida que por nuestra parte también utilizamos como homenaje a seres queridos que no estaban físicamente y permanecen en nuestra memoria. ¿Disfrutó? Creemos que sí. ¿La asistencia? Creemos que también porque el sin duda es una estrella universal y podía alargar la performance hasta el alba, puesto que el caballero posee un registro de canciones demoledor que contiene ejemplares como “Fortunate Son”, “Rockin’ All Over The World” o “Proud Mary” que sería la encargada de despedir el show.

Reckless Kelly

Alumnos aventajados del señor Fogerty podrían ser, aunque utilicen distintas técnicas, los hermanos Braun que esa misma tarde ofrecieron un compacto concierto al mando de los tejanos Reckless Kelly, acompañantes de Lucinda Williams en su actual tour. Otros que estaban subrayados al igual que Bobbie Dazzle con quien pugnaban en mismo horario pero… Siempre con los peros. Hay que tomar decisiones. Hay veces que alternas mitades o cuartos, incluso varios escenarios, pero no estábamos por la labor teniendo en cuenta que podíamos constatar el talante de una las destacadas bandas americanas de la actualidad. Su salida fue determinante para la elección. Una de sus últimas aportaciones, “Miserable City”. Un lujo. Una maravilla, una pequeña muestra de lo que podía pasar en los siguientes minutos, ya que esta gente conoce los secretos del directo y cuenta con material inflamable como “Nobody’s Girl” que obligaría a mover los pies, “Lost Inside The Grooves” de semejante propiedad y que fuera aclamada por un numeroso corrillo de fervientes, la folky “Seven Nights In Eire” donde Cody nos transportaría al país celta gracias al inevitable violín, o la melancólica “Wicked Twisted Road” donde su hermano Willy, ayudado por una delicada armónica, produciría grietas y acapararía encomios. Optamos por alejarnos unos metros y desde el flanco izquierdo observamos las evoluciones del respetable con la rockanrolera “Look At That, Look At That” de los Fabulous Thunderbirds con Willy Braun dirigiendo la compañía cual Kim Wilson, la romántica “Vancouver” (si hay un género idóneo para estas materias, es el country) y el homenaje final a Alejandro Escovedo a través de “Castanets”.

Quique González

Salvo la programación del Trashville, el jueves es el día en el que vuelven las sensaciones de antaño. Las caminatas de oeste a este y viceversa, los cambios consecutivos de escenario, las carreras para pillar sitios privilegiados. El día idóneo para presenciar cada una de las actuaciones con la salvedad de momentáneas interrupciones en cualquiera de las estaciones de servicio. El día perfecto para examinar el terreno aunque conozcamos al dedillo los rincones, y el día que otro tipo que suele estar en las quinielas, de hecho hace años cumplió los deseos un buen número de incondicionales, actuara: el madrileño Quique González. Semejante a los anteriores en cuanto al lenguaje musical, ya que si añadiéramos una virguilla a la ‘n’ de americana, obtendríamos una buena definición de su reflexiva sugerencia. Otra de sus características. Llena salas, es indiscutible, se ha ganado el respeto del público así como de un importante número de compañeros del sector y varias de sus canciones serían tarareadas por el grueso del pelotón. “Kamikazes enamorados” ejerció de resorte, y a partir de ahí el orfeón de Mendizabala continuaría apoyando con coros, palmas y clamores todos los entreactos, ya fueran moderados (“Detectives”), intensos (“Miss camiseta mojada”), apremiantes (“¿Dónde está el dinero?”), conocidas (“Trucos fáciles para días duros”) o inéditas (“Terciopelo azul”), aunque esta no lo fuera tanto ya que es el adelanto de su próximo álbum. En cuanto su nombre sale a relucir aparecen todo tipo de suspicacias, contubernios, ansias o intrigas, pero no deja de ser una garantía porque tiene un soberbio cancionero repartido en once discos en estudio (dos en vivo) que como ya hemos dicho serán docena en agosto y en Mendizabala manejó con la contribución de un séquito de campanillas. El bajista Jacob Reguilón, Toni Brunet y Javier Pedreira en las guitarras, al órgano Raúl Bernal, y Karlos Arancegui a la batería. Orgánicas acústicas, indulgencias, dilemas, sutilezas, una brillante adaptación de “Is Your Love in Vain” del eterno Dylan titulada “¿Es tu amor en vano?” y un pletórico triunvirato final con “Salitre”, “Charo” o “Vidas cruzadas”. A por la siguiente.

Psilicon Flesh

Que abordaremos más adelante, porque seguiremos con otros madrileños pese a cambiar de registro. Al día siguiente inauguraban el Escenario La Salve los noventeros hardcoretas Psilicon Flesh que compartían unos minutos con los mañicos La Estrella Azul que, imaginamos, se tostarían en el Respect Stage. Intentaríamos la hazaña y sí, había que recurrir a gorras, pamelas, agua para hidratarse o rociarse y cremas protectoras, porque tenían un duro hueso que roer. Tenían la difícil tarea de enfrentarse a la asfixiante canícula. Semanas o días antes hicimos los deberes recopilando detalles sobre su creación y sobre la música que realizan que, básicamente, es la banda sonora de la película de mismo nombre basada en las peripecias del músico zaragozano Mauricio Aznar en Latinoamérica. Sones de aquellas latitudes y ritmos rockabillys que caracterizaban al caballero estimularon a gente valiente que se enfrentaba al fuego astral, sin embargo los sombríos laterales agrupaban más clientela y advertimos una cara familiar en el escenario: el bajista Guille Mata. Había que hidratarse como fuera, ya que fueron unos minutos sofocantes emprendidos, eso sí, por Psilicon Flesh. El cuarteto madrileño (retomamos su concurso) llevaba, con puntuales reuniones intermedias, unas cuantas temporadas fuera de circulación, siendo esa circunstancia un aliciente para su seguimiento o simplemente que la disyuntiva no implicara interrogantes, así que conseguimos hacernos un hueco entre las aglutinadas filas de vanguardia. Movimientos pendulares y circulares, regreso al pasado, canciones como “Think”, “Rew”, “Trust” o “Chest Pain”, y el alto grado de compromiso por ambas partes, las continuas disputas (en el buen sentido) y las defensas del territorio conquistado así como la transpiración soportada requerían retroceder unos metros.

La Estrella Azul

Algo similar nos sucedería más adelante con los australianos C.O.F.F.I.N (acrónimo de Children of Finland Fighting in Norway) tras comprobar la actitud del iracundo John Lydon manejando el timón de PIL (acrónimo de Public Image Limited). ¿De qué humor se habría levantado esa mañana el londinense? ¿Montaría una escena como la ocurrida en su anterior aparición en el festival con los Pistols? ¿Toleraría, si se diera el caso, actitudes como aquella? ¿Soportaría de buen grado la tórrida temperatura? ¿Seguiría maldiciendo? ¿Aprovecharía los minutos concedidos…? Desconocemos la respuesta de esta última pregunta, porque aguantamos lo justo para acreditar su presencia y raudos recorrimos los metros de separación entre escenarios, pues los aussies cogían el testigo de sus paisanos Tropical Fuck Storm que el año pasado salieron victoriosos. No había que dejar pasar el tren. Aún así, permanecimos unos minutos en el Respect Stage y tal vez el señor Lydon no defraudaría cumpliendo las expectativas de fans que no dudamos habría. Tiró de manual y de ironía cuando tocaba, alzaba la mirada y desafiante miraba de reojo a los reporteros gráficos, lanzó puyas a sus excompañeros sin dejar de increpar con continuos “fuck off” que reclamaba fueran reproducidos por la asistencia, extendía sus brazos con autoridad y la verdad, aguantar el tipo con esa indumentaria y las irritantes llamas solares de cara es cuanto menos meritorio. Tampoco nos vamos a dar el pegote diciendo que tocó tal o cual, porque reiteramos que no seguimos toda su intervención, pero anotamos “Home” y “This Is Not A Love Song” que marcó nuestra retirada.

PIL

Por regla general, cuando cruzas Mendizabala con el tiempo justo haces lo propio con bastantes camaradas, así que comparecimos en el Escenario La Salve una vez comenzado el turno de los C.O.F.F.I.N con la contundencia de “Cut You Off”. La onda expansiva era gigantesca y el pavimento desgastado por las altas temperaturas retumbaba pues el estruendo era de asombrosas proporciones y el escándalo, registrable en la escala de Richter. Sí, un terremoto o un volcán en erupción. Era tal la concentración humana que nos situamos a medio camino pues era una proeza intentar avanzar unos metros más y porque desde allí se podía distinguir tanto el ímpetu de unos tipos que llevan al límite su extrovertida fusión de ritmos candentes, como el absoluto desenfreno originado con una salvaje “Riff Raff” de AC/DC. Además, la panorámica era inmejorable y los conatos de pogo de “Lover’s Leash” eran síntoma inequívoco del ambiente generado que, por otra parte, calculamos ocurriría. La histeria no disminuía, “City Sun” agitó aún más a la gente y los ladridos de “Done By The Dogs” no conseguirían inmovilizar a la tumultuosa marabunta que respondería con fieros headbanging en “Dead Land”. Un desfase. Un delirio. ¿Decíamos que sus compatriotas salieron triunfantes? Pues estos cuatro bárbaros australes no le van a ir a la zaga. Para aporrear platos y tambores sin compasión berreando hasta alcanzar niveles inauditos, hay que tener un extraordinario fondo físico. Pues Ben Portnoy lo tiene y sus tres compañeros persisten, azuzan y golpean sus instrumentos con rabia siendo unos muy dignos representantes del crudo y rudo rock australiano que tanto nos nos atrae. Urgente cambio de escenario.

C.O.F.F.I.N

Cambio de conducta, dirección y dinámica, característica de Azkena Rock. De antemano era innegociable y a su encuentro acudíamos provistos de alimento cazado al vuelo. Sin canciones, el rock and roll no existiría y sin rock and roll la vida sería más tediosa. Hablando de canciones y diosas, la señora Lucinda Williams. El centro de operaciones, no podía ser otro que el God Stage, donde impartió lecciones de vida, de lucha y de orgullo dos (y nueve) años atrás. No dedicaremos ni una milésima de segundo a su estado de salud o a las infamias manifestadas sobre la última actuación u otros atropellos. Bueno, sí. Lu afronta los percances sufridos últimamente con una maravillosa fuerza de voluntad, y si hace dos años dejó una profunda sensación de poderío y perseverancia en Mendizabala, se presentaba una nueva oportunidad para terminar de convencer a apóstatas e infieles. Para tapar bocas. Para alzar el puño en señal de resistencia, fe y libertad, algo que realizaría en un sensacional final mediante “Rockin’ In The Free World” del viejo Young. La respuesta del público, explícita e inmediata. Un mutuo sentimiento de hermandad. Si la despedida fue de esa envergadura, imagínese usted la línea marcada durante una emotiva intervención. Nuestra postura seguirá siendo la misma teniendo en cuenta, además, que debemos el nombre a su grandeza. Podrá usted pensar que, debido a ese detalle, quizás la imparcialidad pueda verse afectada, pero no. Esto no va de inclinaciones, que indudablemente las hay. Esto va de objetividad. Va de respeto. Va de justicia y, sobre todo, de canciones.

Lucinda Williams
Marc Ford

Por descontado, Lucinda Williams las tiene a patadas aunque, evidentemente, los ochenta minutos asignados resultaran escasos para tan cuantioso material. Gracias a unos colegas que nos cedieron unos centímetros cuadrados, nos instalamos en una zona excelente frente a las posiciones de Doug Pettibone y Marc Ford. ¡Qué pareja de guitarristas, por favor! Las pulsaciones iban en aumento a medida que se acercaba la hora y charlábamos sobre lo que estaba a punto de ocurrir, sobre momentos, sobre ángeles, sobre caminos, aceras o esencias y… Los nervios se esfumaron en cuanto apareció la compañía y comienzan con una absorbente “Can’t Let Go” de su aclamado “Car Wheels On A Gravel Road” donde el señor Ford demostraría su dominio del slide, y a renglón seguido “Rock N Roll Heart” de su último álbum con propias composiciones, “Stories From A Rock N Roll Heart”. Las imágenes y los recuerdos personales hacían acto de presencia en cada estribillo, en cada refuerzo o en sobrecogedores instantes como “Stolen Moments” que nos roban cuatro, cinco, seis o más muestras de gratitud dado que su carga melódica, su inspiración (compuesta en memoria a su amigo Tom Petty), su lírica y su ejecución resultan emocionantes. La luz natural pierde intensidad y a continuación surge la ineludible “Car Wheels On A Gravel Road”. Una brújula. Una guía. Algo más que un simple hit que podríamos extender también a una “Drunken Angel” donde la harmónica de Doug Pettibone suplica o a “Essence” en la que echamos de menos la ayuda de unas nubes que endemoniadas se muestran otras veces y en este caso podrían haber colaborado con unas lágrimas que bien habríamos comprendido. Cuelan la pícara “You Can’t Rule Me” entre adaptaciones de Bob Marley (“So Much Trouble in the World”) o Beatles (“While My Guitar Gently Weeps”), y tras recurrir de nuevo al disco fetiche por medio de “Joy”, llegaría la traca final. Debíamos asimilar tanta emoción.

Dinosaur Jr.

Está claro que no cumplimos con el orden cronológico del festival, ya que habíamos descuidado el jueves no porque hubiera sido intrascendente, que ni mucho menos fue así. La jornada inical contaba con bastantes alicientes como la vuelta, nueve años después, del terceto Dinosaur Jr. que sabíamos centraría el ejercicio en el álbum “Without A Sound”, una de sus obras más prestigiosas que cumple el trigésimo aniversario. Una de las más señaladas de la corriente underground que defienden, así que era comprensible el tumulto de gente minutos antes de su presentación, aunque la aparente indolencia del señor Mascis en el escenario puede lastrar la gala teniendo en cuenta, además, que el bajista Lou Barlow parece poseído y la batería de Patrick Murphy es un tornado que atrapa sin remisión. La tenue y a su vez estridente fosforescencia púrpura tampoco acompaña a la observación, pero no deja de ser la escenografía con la que se sienten cómodos, así que cero inconvenientes. No somos jueces ni censores, así que en estas líneas no aparecerán reproches. Tan solo un par de apuntes. Descorchan la botella y suena “Feel The Pain”, “I Don’t Think So” sería la siguiente y a la tercera, “Yeah, Right”. Vamos, el orden del disco que conmemoran, y nos percatamos del efecto espejo que se está produciendo. Por un lado, y ya que estábamos en una posición con amplio campo de visión, las cabezas estáticas frente a Mascis, los molinetes en la zona intermedia, frente a Murph, y los aspavientos en la franja más alejada, frente a Lou. Se escuchaban tímidos coros en “Even You”, la cólera del bajista en “Get Out Of This” es resaltada a nuestro alrededor y la lánguida “Over Your Shoulder” cierra la revisión al álbum e inicia una segunda parte con títulos como «Start Choppin”, “Freak Scene” o su ya clásica versión de los Cure, “Just Like Heaven”.

Richard Hawley

Hacia allí mirábamos sin cesar, y hasta allí que nos fuimos gracias al compacto y elegante concierto ofrecido por el inglés Richard Hawley, otrora colaborador y componente de formaciones más comerciales, convertido ahora en una especie de restaurador de melodías y sentimientos. Seamos sinceros. No íbamos con demasiadas esperanzas, pero acabamos secuestrados desde el principio con una “She Brings The Sunlight” que fue directamente a una psiquis conmovida por la clase exhibida. ¡Vaya salida! Por hallazgos de este calibre, aunque hubiéramos escuchado con anterioridad fragmentos de su sugerencia musical, amamos la música en directo, el ARF y muchas otras confluencias de aglomeraciones, espasmos y decibelios. Los estímulos captados en del directo son incomparables a cualquier otra situación, y aunque entendiéramos que la dimensión de Hawley se captaría mejor en espacios más reducidos, tuvimos que recular porque el concierto que pudimos presenciar fue categórico. Impactante por muchas razones. Caímos rendidos ante los ademanes crooner de “Open Up Your Door”, atrapados en su delicada maraña de fundamentos apreciados en “Deep Space”, impresionados por su enfoque contemporáneo de los cincuenta en “Coles Corner”, y con el valioso muestrario de guitarras que portaban, porque tres eran los guitarristas y los cambios fueron constantes. La banda, maravillosa. Otro dato a tener en cuenta, y sobre el resto de canciones del repertorio, quedarán almacenadas en los discos duros de la gente que estuvo presente y hasta ahí podemos leer, porque otros reyes nos esperaban.

The Chesterfield Kings
The Pill

Reyes de Chesterfield y originarios de New York. Las alternativas sugeridas en un principio señalaban esta convocatoria como obligada o cuanto menos viable, pero quien les precedía nos había cautivado de tal manera que llegamos a las inmediaciones del escenario anexo a la entrada con la sensación de haber renunciado a un episodio mágico. Las manifestaciones de Greg Prevost asegurando que la formación actual no llegaba ni a la categoría de sucedáneo de The Chesterfield Kings no eran muy alentadoras y las suspicacias instaban a un referéndum. Ya era tarde para dar marcha atrás, y la imagen de gente implicada y vociferando certificaba el crédito de la banda. La función había comenzado, el público exaltado ratificaba la decisión tomada y el insistente órgano de “99th Floor” nos da una bienvenida que sería rubricada con la precisa armónica de Andy Babiuk que derivaría en mayor histerismo. Los apasionados redobles del sonriente Mike Boise involucraban aun más a la masa, “Baby Doll” provoca a un orfeón que enfatiza hasta la extenuación el ‘hey hey, Baby Doll’ medular, y el empuje sesentero de los hermanos Okolowicz organizó una bonita fiesta. En el Azkena Rock, por muy alto que hablen o por mucho que algunas personas pretendan imponer su criterio, existen las sorpresas. Hay espacio para los tan nombrados descubrimientos que buena parte de las voces críticas ni atienden porque ni se acercan a esas horas. Con un EP en circulación llegaba The Pill, terceto comandado por dos dinámicas mujeres al bajo, micrófono y guitarra y en la retaguardia, un baterista que consume calorías en cantidad. O sea, un trío enérgico basado en el pretérito punk al que que denominan jank punk, en los ecos riot girl de los noventa o en estrépitos ya vistos o escucahado en ese mismo escenario, ese que pide respeto, no hace demasiado tiempo. En caso de confusión, nada mejor que consultar en la hemeroteca. Fue mayúsculo el sobresalto porque tienen una actitud desbordante, la Firebird y el Thunderbird son una pareja bien avenida, las chicas (Lily y Lottie) comparten micrófono, no paran quietas y se encargan de implicar a la audiencia, y el chico (Rufus) es el complemento ideal para que sus compañeras desaten la locura con sus provocaciones o canciones como “Salt Father”, “Woman Driver” o “Money Mullet” que hostigan tras el ‘one, two, free’ tradicional.

Buzzcocks
The Damned

El punk, por cierto, estaba bien representado con los británicos Buzzcocks y The Damned que actuaban el primer día en el God y Respect Stage respectivamente, más los californianos Dead Kennedys a quienes vimos en Escenario La Salve el tercer y último desde la distancia, porque estábamos pendientes de una lluvia que ya había aparecido y parecía que regresaría. Así fue, así lo hemos contado y así terminó nuestra andanza en el festival. No obstante, no ha acabado todo, porque quedan estos ilustres veteranos y Melissa Etheridge, cuya presencia bajo mi punto de vista no tenía parangón. En realidad poco podemos decir sobre Dead Kennedys porque el tiempo dedicado a ellos fue escaso por el motivo ya expuesto y porque, en realidad, no nos atrajo en demasía una formación con falta de chispa y otras más ostensibles. No cuajó la experiencia. En la otra cara de la moneda, unos británicos que estuvieron en primera línea del movimiento punk. Los Buzzcocks animaron el cotarro con luz de día y los Damned salieron, como buenas aves nocturnas que son, con la luz de la luna. Los primeros, con Steve Diggle cogiendo las riendas del conjunto tras el fallecimiento de Pete Shelley y los segundos, con el incombustible Dave Vanian administrando su gestión desde su gestación. A la tarde el sonido tenía ciertas deficiencias y antes de medianoche se pudieron solventar, aunque la luz natural resultara más efectiva durante la tarde que entrada la noche. A causa de ser una de las primeras actuaciones del día y del festival, quizás los Buzzcocks no tuvieron el seguimiento que entendemos deberían, mientras los Damned tenían a su favor un horario más apropiado a su noctámbulo proceder. Eso sí, en ambas representaciones se dejaron la piel en el escenario y sonaron frescos viejos himnos como un espídico “What Do I Get” inicial a cargo de los de Manchester o el festivo “Smash It Up” de los londinenses. Probablemente rejuvenecimos años o décadas cuando, de entre las tinieblas, surgía una “Machine Gun Etiquette” extravagante que revolucionaría el gallinero en los prolegómenos de los segundos, o cuando otra inoportuna neblina emergió en el turno de “Senses Out Of Control” de los primeros que no desaprovecharon la oportunidad para desear “Bad Dreams” a quienes ni se encontraban allí ni se les esperaba, y con “Dr. Jekyll And Mr. Hyde” los índices y los puños en alto marcaron territorio siguiendo las directrices de la guitarra de Raymond Burns. Los Buzzcocks flirtearon con métodos setenteros a través de “Ever Fallen In Love” y los Damned conectaron a base de sentimentalismo, consistencia y viejas estratagemas como “New Rose”. Punks not dead!

Melissa Etheridge

La mujer siempre ha tenido y seguirá teniendo un papel fundamental en el festival gasteiztarra. Tiene su espacio, ahí está su impronta y ahí están las féminas que han funcionado como reclamos durante estos años debido a su jerarquía, a su competencia, a las expectativas que generaban, a sus agallas o a sus respectivas aureolas que en esta edición han brillado poseyendo al personal. Pocas dudas habrá en este sentido, ¿no? Pues al haber comenzado el relato con una mujer que comparecía por las inmediaciones por primera primera vez, estaría bien que cerráramos el círculo con otra que no se acercaba, como recordó durante la homilía, desde hacía treinta años, así que se trataba de su estreno en Mendizabala. El lugar reservado, el escenario principal, el God Stage, un armazón que entendíamos apropiado para una rockera de la talla de Melissa Etheridge cuyo fichaje, reiteramos, nos hizo especial ilusión. Personalmente reconozco haber sido un brasas en la época de sus primeros discos que, a día de hoy, continúan siendo fuente de inspiración y fueron el núcleo de una extraordinaria intervención en la que los sobresaltos, las lágrimas de emoción, los escalofríos y los suspiros por tan magna recompensa fueron una constante desde que efusivamente saludara a Gasteiz con el nervio de “Must Be Crazy For Me”. ¡¡Waww…!! Desde el miércoles 3 de julio de 1996 perseguíamos esta segunda oportunidad que el destino, las plegarias o la fortuna nos tenían reservadas y no íbamos a ceder un centímetro.

Melissa Etheridge

Bueno, en realidad lo hicimos. Físicamente, porque retrocedimos para tener una mayor perspectica mientras dejaba aturdida a la audiencia con la profundidad de “Bring Me Some Water” interpretada en penúltimo lugar, y psíquicamente con “I Want To Come Over”, apasionante anticipo a la excelsa, armonizada y arrebatadora “Royal Station 4/16” que permite soltar lastre emulando, perfectamente, el ritmo de un tren en marcha. El de la vida quizás. Ese que nos aconseja subir, nos advierte o propone apearnos, a tomar otro trasbordo, atravesar túneles, urbes o llanuras o aventurarnos a ir quemando estaciones. Y ahí estábamos, en el vagón de una dinámica Melissa Etheridge que dejaría, tanto ella como sus compañeros, Max Hart al órgano y guitarra, el bajista Eric Kertes más Eric Gardner con los tambores, impresionada a la mayoría por la actitud mostrada, por la intensidad de sus cuerdas vocales, por ser una animal escénica, por su rotunda exhibición como instrumentista tanto con la guitarra, la armónica o las baquetas compartidas con Eric Gardner en el titánico duelo final de “Like The Way I Do” y por el determinante conjunto de canciones elegido que giraba en torno al amor, a la voluntad, a la independencia o las escapatorias que son nuestro día a día, nuestro caballo de batalla. Canciones como “I’m The Only One” transformada en sensual blues de juke joint debido, fundamentalmente, a su raíz y sus adictivos compases, a una intrépida armónica y una viciosa guitarra que fue (fueron, porque recurrió a una Fender Jaguar, una Jerry Jones de doce cuerdas, una Gibson ES-355, otra Les Paul y dos Ovation acústicas de doce cuerdas) la comidilla. La locura fue masiva. Las ovaciones retumbaban en las cuatro esquinas por la demostración de poderío y la exhibición de carácter, y a nuestro alrededor la gente ensalzaba la intervención de una mujer que, no olvidemos, es, aparte de una artista mayúscula, una comprometida activista y una incansable luchadora que ha debido superar situaciones de todo tipo enfrentándose a gigantes, adversidades y realidades que utiliza a modo de terapia en sus composiciones. Una tabla de salvación que recoge hits como “Come To My Window” o highlights que ponen los poros de la piel al rojo vivo como “Chrome Plated Heart”. Fulminante. Apasionante. Un recital y una debilidad que mantenemos desde que emprendiera camino hace más de treinta y cinco años. Hablando de debilidades, Sweet Home Mendizabala, el Azkena Rock Festival.

Melissa Etheridge

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