King Sapo: “El Dios de América” | GR76


En este azaroso camino de incalculables dimensiones o cortas distancias, profundos desfiladeros, sentidos y direcciones, inoportunas congestiones o angostas carreteras que en ocasiones se bifurcan en misteriosas vías secundarias y denominamos vida, hay demasiadas interrogantes buscando respuesta. Certezas también, cómo no, pero las incertidumbres marcan la trayectoria a seguir. ¿Será “El Dios de América” una de esas grandes demandas? Y en este caso, dado el enunciado, simplemente nos referimos a la situación sociopolítica actual, porque no nos cabe duda que sus incondicionales engullirán su interior con ansia y más personas subirán a la expedición. ¿Tendrá algo que ver el trasfondo del single de King Sapo con nuestra hipótesis? ¿Y el volumen de mismo título en su conjunto? El presente escenario buena pinta no tiene, para qué lo vamos a negar, y no solo en lo concerniente a las maquiavélicas maniobras del mandatario yankee que actúa como si de un todopoderoso se tratara, ya que las noticias respecto al resto del planeta no son demasiado halagüeñas. Conflictos, flujos, indiferencias, contubernios, crispaciones, fanatismos, despropósitos y un sinfín de enredos que perturban y los chicos abordan en su tercera tentativa.    

Ahora, y aunque suene frívolo, podemos seguir creyendo en el mensaje y la fortaleza del rock and roll, en la sensación de libertad que proporciona el rock and roll, en las gentes que provocan infinidad de emociones con sus canciones y, por supuesto, en los irreductibles King Sapo. Tampoco es que hubiéramos desistido porque desde su primera filiación están ahí, en nuestro pódium particular que ni mucho menos es de tres escalafones, puesto que en esa imaginaria plataforma de formas y formatos hay más apretura que en una estación de metro en hora punta. Hay artistas de aquí, de más aquí, bandas de allá y hasta del más allá, precisamente el lugar que visitamos cuando pretendemos descifrar los códigos de “Llegado Aquí” o los giros y convulsivos arreglos de “Polución”, títulos que, aparte del evidente significado para sus autores, se podrían prestar a varias interpretaciones. Conjeturas, reflexiones, dudas, especulaciones. Una de las grandes virtudes de una banda de fuerte carácter y un parlamento cuajado de letras polivalentes, beligerantes mensajes, velados recados, convincentes metáforas o una instigadora oratoria si bien, y como ya hemos reflejado, en este capítulo transmiten con la precisión de un sapo venenoso del cálido desierto de Sonora (el sapo, ellos no).

En materia musical, y al igual que en el anterior apartado, el faro que guía sus pasos se encuentra en varias localizaciones. En la Bahía de San Francisco, en el estuario de Seattle, en el Golfo de México, en la costa británica, los fiordos nórdicos o en Punta Umbría e incluso en el mismo Sonora aun careciendo de éstos. Bueno, en su defecto el valle posee varios focos de variados tamaños que iluminan la madrugada de forma tan natural como esta esfera de poderosas melodías (“No Terminó”) o recónditas invocaciones (“Holograma”); de revolucionarios movimientos (“Hasta Nunca”) o románticas epístolas (“Tren en una Postal”) que los King Sapo difunden llevando su ponencia hasta niveles insospechados, no solo en las grabaciones realizadas hasta el momento, sino en sus apariciones en directo que sin duda son otra de sus grandes virtudes. Los tíos engatusan, los tíos someten y los tíos se liberan por ejemplo en uno de sus ya tradicionales números como la adaptación de “Trouble So Hard” que popularizara Moby perteneciendo en realidad a la blueswoman Vera Hall y cierra el elepé.

Dos de los fundadores de este desafío que tira de referencias setenteras y arrebatos de fin de siglo siguen ahí, al pie del cañón. El cantante Jesús Trujillo y el guitarrista Andrés Duende, a quienes se uniría en la segunda avenencia anfibia el bajista José Alberto Solís más el cuarto componente que pasa por ser el nuevo socio de la cuadrilla, el baterista Ramiro Unceta, quien se ha acoplado a las mil maravillas debutando con los Sapo en este disco pese a que su ingreso ya era suficientemente conocido. Ya hemos esbozado algún presentimiento sobre la titular en cuanto a sus parábolas, pero la mejor diagnosis es la propia, así que lo dejamos a su elección. Eso sí, podríamos adelantar que musicalmente es colérica, pícara y venenosa (como el sapo), y en lo relativo a la palabra… “¡Queremos la verdad!” que se repite cual mantra, obligando con ello a girar la rueda a tal velocidad que la advertencia de su inmediata “No terminó” exige la inevitable escucha y atención de un disco determinante y nada “Invisible”. Un disco en el que en cierta manera renuevan el formulario esgrimido con anterioridad, sin embargo su voracidad y temperamento siguen intactos incorporando nuevas hechuras, nuevos conceptos o nuevos sondeos que les dispensen mayor rendimiento. Además, en esta ocasión se suman a la causa de King Sapo amigos como Gabriel de la Rosa o Carlos Tarque que colaboran en… ¿Dónde? Lo deberá averiguar, pero una pista: todo se encuentra en “El Dios de América”.

Deja un comentario