Ilusionante retorno a Bilbao del Kristonfest | GR76


Viernes 27 de septiembre en Sanana 27, Bilbao

Después de siete años de éxodo madrileño, el Kristonfest regresaba a su punto de partida, a Bilbao, a la Sala Santana 27, si bien es cierto que al día siguiente todo el equipo se trasladaría a la Sala But de Madrid. Desconocemos cómo trascurriría esa segunda confluencia, pero habiendo vivido la primera podríamos suponer que la gente gozaría tanto como en el botxo. O al menos esa era la sensación general de bastantes personas con las que pudimos intercambiar impresiones al finalizar. El hecho de rememorar la agitación experimentada en la primera edición celebrada el año 2011 se convertía en una especie de asistencia autoimpuesta, un suspirado retorno ya que durante su “destierro” siempre habíamos soñado con una vuelta a los orígenes y, afortunadamente, nuestras súplicas encontraron respuesta. Y en ese posesivo abarcamos un plural muy amplio, porque nos consta que había y hay mucha gente con esa misma inquietud. El Kriston dejaría una profunda huella, eso es indiscutible, y sabiendo o intuyendo que a buena parte de la afición bilbaína le haría ilusión vivir una experiencia más, Noise On Tour decidió hacer un doble esfuerzo uniendo las sedes que han albergado el certamen en su periplo.    

Unida

Un pequeño inciso antes de continuar. Sí, han transcurrido catorce años desde el nacimiento del Kristonfest y esta era su undécima edición puesto que al principio de esta década padecimos aquello que ni mucho menos pretendemos mencionar o vuelva a ocurrir y los primeros pasos resultaron algo tortuosos, sin embargo el camino se pudo enderezar. Todos estos detalles, todos estos pormenores o todas estas vicisitudes hacen de esta organización una atmósfera tan necesaria como el oxígeno, tan ilusionante como el alba matinal. Por su escenario han desfilado grandes artistas internacionales, algunos de aquí han actuado también y para esta señalada edición por aquello de la duplicación, sus fundadores programaron dos presentaciones con otras tantas formaciones peninsulares en Madrid, donde estarían Santo Rostro junto a Saturna y Bilbao, con la participación de Rodeo más Wet Cactus que, al igual que el show principal, sería la función a la que acudiríamos. Gran velada de los gipuzkoanos y los cántabros, por cierto. Como grandes fueron, reiteramos, las intervenciones de Unida, por quienes sentimos cierta debilidad, Pentagram, que realizaron un compacto ejercicio, y los demoledores Monster Magnet, que dejaron al personal con un grato recuerdo.

Unida

Tomar el relevo de John García, quien estuviera presente en la primera incursión madrileña del festival, debe ser una tarea peliaguda. Equipararse a él, tanto vocalmente como en talante, debe entrañar su riesgo y complejidad, así que la mejor solución puede ser cambiar de registro, buscar a una persona que defienda con voluntad y otra conducta el legado de una banda como Unida que, no olvidemos, tiene en su haber tres magníficos trabajos realizados en el intervalo de cambio de milenio. Sí, unos cuantos días podemos sumar desde entonces, pero la calidad de los dos álbumes propios  y el compartido con Dozer (más un bootleg con repeticiones e inéditas composiciones) constituye, de alguna manera, el status del cuarteto y la aristocracia de su trilogía. Pues Mark Sunshine fue el elegido hace un par de años para llevar a cabo una sustitución que modifica no solo el micrófono principal, sino que revoluciona más al público con sus gestos constantes, su enérgica actividad, los trajines con sus socios y sus movimientos bravucones. La conmemoración del emblemático “Copying With The Urban Coyote” era el señuelo utilizado para que la gente concurriera, por lo que se convertía en una invitación ineludible.

Pentagram

Con el imponente logo de la banda abarcando el enorme video wall trasero, se presentaron el guitarrista Arthur Seay y el baterista Miguel Cancino junto al susodicho vocalista y la otra cara nueva, el bajista Collyn McCoy que justificaría su ingreso con autoridad y actitud. Nervios. Tensión. A partir de ese momento accedimos a un profundo túnel del tiempo que ni tan siquiera la extravagante introducción del célebre “Beat It” de Jacko conseguiría que nos viniéramos abajo, porque estábamos ahí para ser hechizados por el absorbente influjo de un “Thorn” que sería la única referencia al disco mencionado hasta un espídico epílogo compuesto por “Human Tornado”, “If Only Two”, “Black Woman” y “MFNO”. Extraordinario final. Toda la sala en ebullición. Éxtasis total. El rotundo rock de Coachella había invadido el espacio con himnos como “Stray”, “King”, alguna novedad o la fundamental “Wet Pussycat” que ejerció el papel inaugural mientras el corazón golpeaba vertiginosamente el pecho. O tal vez esas sacudidas fueran producto de un instante personalmente celebrado, de la solidez del conjunto, de sus tórridas cadencias, su decidida apuesta por el compacto e inconfundible rock desértico y sus espirituosas reminiscencias, por la bárbara guitarra del señor Seay, el dinamismo del señor Cancino o por otra maravilla llamada “Vince Fontaine”. Sobresaliente apertura.

Pentagram

Si antes hemos hablado de sustitutos, en el caso de Pentagram podríamos manejar tácticas similares, ya que debieron cubrir la baja de unos Masters Of Reality que en cuanto fueron anunciados, las ondas cibernéticas eran un hervidero de felicidad. Lamentablemente, debieron posponer su gira, pero en su lugar, la agencia bilbaína Noise On Tour anduvo presta confirmando la presencia de unos virginianos que no le van a la zaga a sus compatriotas neoyorkinos. Hubo consenso entre los seguidores y el reemplazo fue acogido con júbilo ya que venía acompañado con la posibilidad de poder contemplar uno de los últimos conciertos de una formación que tampoco se ha prodigado demasiado por aquí. Un dos por uno en toda regla. O tres quizá. “Starlady” parece ser la entrada adecuada y en las primeras filas se adivina la aprobación de quienes celosamente estuvieron salvaguardando su terreno mientras los trabajadores se afanaban en la transformación del escenario. Se sucedieron los acompasados movimientos de cabeza. Se sucedieron los aplausos, las alabanzas, las irrefrenables muestras de entusiasmo durante una intervención en la que presentaron nuevas canciones y se percibió conexión en un extenuante bis con “Forever My Queen” y la alucinante “20 Buck Spin”. La gente sacudió sus penas con la portentosa guitarra de Tony Reed, con el zarandeo de Henry Vasquez tras los tambores o con la conducción de Scooter Haslip, con “Review Your Choices” y para qué negarlo: estar frente a una eminencia como el señor Bobby Liebling es una auténtica gozada. Es garantía porque es, como la famosa película, un pequeño gran hombre de aspecto marchito y jovial proceder que te clava su acentuada mirada al son de “Sign Of The Wolf” e implica continuamente al auditorio con gran teatralidad, magnetismo y dominio de la situación. Concluye el doom y se presiente el magnet porque…

Monster Magnet

Porque los últimos en subir al escenario eran unos Monster Magnet comandados, como en el caso anterior y el anterior, de haber continuado quien nos habría gustado siguiera, por un tipo carismático como Dave Wyndorf que, ante la estupefacción del respetable, actuaría sentado en un taburete y con una máquina de loops a su vera. Novedoso. Diferente. Chocante. Ahora, su compromiso sigue intacto y se pudo intuir su lacónica sonrisa en diversos lances. Y  decimos intuir porque la parca iluminación no permitía ver más allá de cinco sombras ante una sucesión de extractos de películas de serie B o imágenes psicodélicas proyectadas sobre el soporte posterior, lo cual deslució visualmente el show. Saturación de contraluces. En cuanto al sonido, ningún inconveniente. Pocas máculas. Pudimos saborear desde posiciones delanteras la imprescindible “Dopes To Infinity”, una provocativa “Tractor” en la que las vertiginosas cuerdas de Garrett Sweeny encendían los ánimos de la multitud y una “Superjudge” en donde la colosal guitarra de Phil Caivano parecía cobrar vida propia. Ufff… Entusiasta salida. A piñón. Entonces, un duende nos sopló sigilosamente al oído que seguramente centrarían la representación en su etapa de eclosión. Por otra parte, tampoco es algo que suponga gran problema puesto que, habiendo firmado buenas obras en el comienzo de milenio, hablamos de unas grabaciones que han sabido envejecer como el buen vino y una significativa colección de canciones que seguramente obtenga mejores resultados en directo.

Monster Magnet

Como nos sucediera en el arranque del festival, nos teletransportamos en el tiempo y esta vez en el espacio también, ya que la corriente que adopta Monster Magnet se mueve por derroteros astrales, cósmicos, psicodélicos o quiméricos. De esa guisa estaba la audiencia: absorta, fascinada. Lo pudimos comprobar porque decidimos retroceder unos metros (en el espacio) para tener una mejor perspectiva del concierto y en ese trayecto la gente permanecía agolpada, sometida y metida en la adictiva esfera que proponen estos tíos. La aglomeración era tal que a duras penas encontramos un lugar cómodo para aprovechar “Look To Your Orb For The Warning”, y seguimos la ruta hasta alcanzar los dominios del entramado técnico de donde brotaba una fragancia calmante, una fragancia idónea: incienso. Allí nos quedamos hasta las postrimerías, hasta el coro colectivo de una “Space Lord” de base bluesera que ha continuado en la mente muchos días. El coro, queremos decir. Las salvas, los clamores: Space Lord, madafucka…!! Magnífico colofón final a un concierto que había obtenido una masiva colaboración en “Spine Of God”, en la sombría y electrizante “Zodiac Lung” o en la infinitamente invocadora “Bummer” y a un festival al que solicitaremos desde ya en el departamento que corresponda se celebre una nueva edición en el botxo, porque el Kristonfest es combustible para las neuronas, una relajante barrita de incienso para inspirar o una inspiradora barrita de incienso para el relax.

Monster Magnet

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