
Que nadie va a salir vivo de aquí resulta más que evidente siendo, además, la única certeza que tenemos sobre la vida. Paradójico, ¿no? ¿Un contrasentido? ¿Desconcertante quizás? Una realidad, no hay que dar más pábulo al asunto. Todos pasaremos por ahí y todos, independientemente de la edad, seremos jóvenes cuando llegue el momento. Aunque no vamos a negar que cuanto más tarde, mejor. Lo importante es haber aprovechado los años que has vivido, dejar huella y un buen legado, y no nos referimos a la cuestión económica; haber defendido tus principios contra viento y marea o cedido cuando ha sido necesario, haber sabido aconsejar y por supuesto, haber aceptado bien los consejos recibidos. Haber luchado con dignidad en un mundo demasiadas veces indigno, tratado a las personas como tal cultivando respeto y recogiendo amor. Haber despejado incógnitas, superado baches y afrontado lances con serenidad, haber actuado con orgullo y sin soberbia o haber repartido felicidad entre la gente que nos rodea. En nuestro caso, esa gente que nos rodea es de número limitado, pero si hablamos del señor Forrest Richard Betts, ese número es ilimitado porque, como tantos otros artistas, ha hecho feliz con su música a gente de todo el planeta.
Pues lamentablemente el caballero, conocido como Dickey Betts, por ser miembro cofundador de la legendaria Allman Brothers Band y por su importante aportación al mundo del rock and roll, falleció el pasado viernes 18 de abril en su residencia de Florida a causa del maldito cáncer. La fatídica noticia corrió como la pólvora, y en cuestión de segundos los medios se hicieron eco de ella llenando de obituarios y repasos a su vida y obra rotativas o espacios cibernéticos. No era para menos, porque el hombre pertenece, por méritos propios, al selecto grupo de incunables de la historia contemporánea. Del rock, que alguien subrayará. Cultural, que nosotros añadimos, porque el rock and roll es cultura y sin cultura la vida no sería lógica. Sin más. Entendiendo que su historia ha sido sometida a la masiva recapitulación en estos días, que su biografía (si no lo estaba ya) estará suficientemente estudiada, sus éxitos, utilizados en múltiples rincones, y que seguramente lleguemos tarde para efectuar un inventario de su discografía, vaya desde aquí nuestro más sincero sentimiento de dolor por su pérdida así como las precisadas muestras de condolencia a una familia que se despediría diciendo que “Dickey era más grande que la vida, y su pérdida se sentirá por todo el mundo”. Por su parte, la banda (de la formación original ya solo queda el baterista Jaimoe) aseguraba que “se une a sus compañeros fallecidos en aquella vieja autocaravana en el cielo, girando por el mundo y llevando su música a todos los que la escuchen”. Esa magia y ese poder tiene el rock and roll. La memoria, la eternidad. Seguiremos escuchando “Ramblin’ Man”, nos seguiremos emocionado con “Jessica” o con “Bougainvillea” y seremos libres con “In Memory Of Elizabeth Reed”. Eternamente agradecidos, Mr. Dickey Betts.
