Pomeray: “20 mg” | GR76


Después de varios meses de intriga, varios meses de nervios y varios meses de espera, tenemos en nuestras manos el ansiado grial, eso sí, dispuesto en cápsulas de “20 mg”, en tiradas de doce pulgadas o en soporte digital. Tenemos en nuestro poder la flamante forja de Pomeray, hermandad seguida y querida desde… Desde el día que nos causara un extraordinario asombro debido a sus voluminosas guitarras, a su actitud desafiante e inflexibles ademanes, a sus reflexivas retóricas o sancionadores recados y otras muchas cualidades que, por supuesto, siguen conservando en esta complicada carrera de obstáculos que responde al apellido Roll y cuyo nombre de pila es Rock. Variados planteamientos, múltiples vericuetos, fórmulas secretas e infinitas identidades. Un universo de vocabularios, orígenes y expresiones de exclusivo lenguaje que nos tiene cuasi subyugados desde que conocimos el alcance de sus propiedades medicinales, algo que compartimos con los Pomeray y otras escuadras del tan necesario kilómetro cero en estos tiempos de galimatías, oscurantismos, inconvenientes y conflictos.

Conflictos internos, conflictos sociales. Conflictos políticos, teológicos o familiares incluso (inter)generacionales. Conflictos armados y conflictos de amor. Eso encontrarás en su interior. Conjeturas, cuestiones, contradicciones, confusiones y sobre todo, conflictos. La vida es un conflicto, está comprobado. Un constante litigio entre la condena y el perdón, el cielo y la tierra, entre “La Red” o “El Camino” o el blanco y el negro, situaciones que estos tíos tienen por norma analizar en sus canciones. Sin banalizar. Con perspectiva y perspicacia. Aderezado, eso sí, con su particular sintonía de frecuencias underground, urgencias punk y alternativas secuencias que han debido manufacturar de manera artesanal. O sea, todo realizado en su guarida, su santo sanctórum utilizado como local de ensayo, estudio de grabación y módulo psico-social. Entre esas paredes forradas con aislantes acústicos, variopintos carteles, mandalas y fulares orientales han desarrollado su travesía musical y personal, ya que su estrecha relación comenzaría en la época de sueños y juegos con guitarras de cartón y escobas en forma de pie de micrófono. Tiempos en los que los conflictos eran meras entelequias y la inocencia era un bien preciado. Tiempos que evidentemente no volverán en cuanto a edad, tiempos que deberíamos eternizar a través de quienes vienen por detrás aceptando con dignidad el curso de los años y las vicisitudes de la vida.

Que son muchas, demasiadas quizá para nuestro fugaz paso por el mundo, y varias de ellas hemos experimentado últimamente. Pomeray también. Pomeray tuvo que reestructurar su organigrama porque abandonaba la nave quien era copiloto y uno de los cofundadores de la misma: Gontzal. Duro golpe, porque como ya hemos reflejado, su relación no solo se basaba en la banda de rock, sino en una vida en común. Compinches. Gente que arrima el hombro ante cualquier eventualidad, gente unida por un hermético pacto sellado quién sabe cuándo y quién sabe dónde. Una lástima. No obstante, debían continuar. Obstinados son, y aunque tenían varias ideas encauzadas sobre su nueva entrega, faltaba la participación del ya ausente, por lo tanto Asier, el otro guitarrista y cantante del cuarteto bilbaíno aportaría más arreglos a la grabación hasta la llegada de otro confidente y amigo como Sergio, Rambo en su círculo más cercano. La relación de este con Mendi (bajista), Lander (baterista) y el ya mencionado Asier viene de lejos gracias a compartir local, escenarios y juergas, pudiendo decir que entre sí eran, aparte de colegas, mutuos seguidores. También buscaban, musicalmente, otros retos, otros estímulos, otras dimensiones que hasta ahora no habían acostumbrado: los teclados. Y tenían una solución a escasos metros, si bien más tarde se uniría un quinto elemento, Josean.

Sin embargo, los teclados que aparecen en “20 mg” son obra de más amigos como Ekaitz y Ander Teje, suministrando la frescura que probablemente los chicos buscaban, pues hasta el día de hoy no habían contado con la participación de ningún otro componente salvo las puntuales colaboraciones de otro camarada, Willi Kalambres, quien en esta ocasión sopla su saxofón en “Huérfano”. Con todos estos antecedentes podríamos decir que la realización del disco ha resultado complicada y fortalecedora a la vez, debiendo recurrir a la implicación de compañeros y requiriendo el esfuerzo de los Pomeray desde la primera estrofa escrita pasando por todos los autos imaginables (maquetación, grabación, masterización o edición), por los últimos correos recibidos o enviados en referencia a cuestiones legales, derechos etc., hasta la distribución de los ejemplares por tiendas y locales. No vamos a explicar los aprietos que conlleva la falta de un colchón financiero o la presencia de un desinteresado benefactor, pero tampoco estamos muy seguros que hayan tanteado esta posibilidad en el seno de la banda, pues preservan con orgullo su independencia. Vale, sí, las canciones están hechas para ser escuchadas y se programan conciertos con la finalidad de llegar a más espectadores, pero…

Pero no hace falta llegar a cifras astronómicas ni a firmar con un sello rimbombante. No hace falta estar “Loca”, o asentir con la cabeza a todo como un sumiso “Obediente” ni tratar de destripar las canciones, porque eso lo deberías hacer en primera persona. Escucharlas y asimilarlas. Descubrirías, aparte de la cultivada y mordaz pluma de Asier, un determinante hábitat de ritmos subterráneos, agudas afinaciones, vibrantes guitarras, graves resonancias y un compuesto musical de mucha gravedad, término que podemos utilizar en cualquiera de sus acepciones. Sin herencias o enlaces, puesto que el rockandroll es una fuente de inspiración y el conocimiento de su numeroso registro de peritos y peritajes es descomunal. Además, nuestro interés se centra en Pomeray, que cierra este manifiesto con “Intxaurrondo Blues”, un vanguardista blues en toda regla. Seguramente no se ciña fielmente a los doce compases, es más su resolución se aproxima más a progresiones psicodélicas o podría contener reminiscencias californianas, pero en su fundamento es un blues. El blues es el principio de esta liturgia y la lírica del blues estaba basada en las penurias, las tinieblas, las cloacas y los conflictos, e Intxaurrondo fue epicentro de conflictos. Generó hostilidades y la mala hostia que refleja este absoluto desfase de seis minutos que, por supuesto, no es el único. Pomeray ha ganado en conjunción y crudeza aun gozando con anterioridad de un sonido compacto y característico. Pomeray sigue vivo, sigue soltando sus arengas sobre las incoherencias planetarias camufladas en una evolución manejada por los tentáculos del sistema, por grupos empresariales, lobbys económicas o estamentos gubernativos. Pomeray está para molestar y para originar emoción, rabia e inquietud entre la gente. Gente como Pomeray se necesita y ellos nos necesitan. Dales una oportunidad.

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