Hay muchos tipos de héroes, lo cual ni mucho menos significa que estemos sobrados de ellos. Por descontado, no hablaremos de quienes portan capas o caretas, tienen la facultad de ser invisibles o visión rayos X, pueden volar sin tarjeta de embarque o poseen otra peculiaridad sobrenatural. Sin embargo, hay personas que sin saberlo son héroes porque no conocen o cuanto menos se enfrentan al miedo, a la providencia y a lo desconocido cruzando el Mediterráneo, el Atlántico, dehesas, mesetas o cordilleras con la necesidad de buscar y encontrar un futuro mejor así como otros muchos héroes que, aun permaneciendo en el anonimato, deberían tener mayor relevancia dado su enconado y desinteresado esfuerzo para que la gente consiga ese ansiado porvenir. Por supuesto, ese es uno o quizás el mayor objetivo del ser humano que en no pocas ocasiones parece carecer de esa condición, y no creemos que debamos detallar demasiado el porqué.
Ahora, intentaremos detallar otro “Porvenir” entrecomillado en este caso puesto que es la última entrega de unos tipos considerados, por nuestra parte, héroes. Héroes porque se enfrentan a lo desconocido cuando suben a la furgoneta o lanzan una novedad, cuando pelean en el barro o se codean en plazas cualificadas buscando la felicidad. Héroes porque en una década han reunido una pasmosa cantidad de elepés propios, o sea, graban a una media sobrenatural (peculio de unos pocos). Héroes porque, si bien no dominan todavía el arte de ser invisibles, consiguen con sus creaciones la momentánea abstracción de la audiencia. Héroes sin capas (variadas y válidas acepciones) pero con guitarras, héroes del rock n’ roll que, como buenos zaragozanos (cualquier analogía territorial es mera coincidencia), son obstinados, lo intentan una y otra vez. Héroes porque se han ganado a pulso nuestra estima y porque el álbum en cuestión es un bálsamo entre tanta sinrazón.
Que al fin y al cabo, es una de las grandes virtudes de la querida Kleejoss Band. Sus letras, sus recados, sus análisis, sus reflexiones. Desde que descubriéramos a la klijos y por ende, a escribir sobre ellos por simple convencimiento en sus posibilidades, nuestros vínculos han ido creciendo paulatinamente, y quizás por este motivo nuestras palabras puedan sonar edulcoradas, maternales o petulantes. Nada más lejos de la realidad. Ellos espetan cómo “Ladrar o Morder” y nosotros cumplimos sus deseos. Mordemos, lo cual no implica que debamos ladrar. Ladran las personas que no tienen argumentos, ladran las personas (mal) acostumbradas a no respetar diferentes opiniones (siempre y cuando esa opinión no vaya contra corriente o se aproxime al ultra fanatismo) y ladran las personas que ignoran el significado de palabras como dignidad, que a grandes rasgos es el quid de la canción. Un auténtico rock and roll tratado con severidad, distorsiones y firmes arreglos que son tarea, como últimamente sucedía a excepción de su penúltimo aporte, del señor Hendrik Röver que volvería a poner a disposición de Andrés, Nacho, Kleiser y Joss el laboratorio cántabro GuitarTown Recordings.
En aquella época de hallazgo personal los mañicos cantaban en inglés y evidentemente, dado que hemos ofrecido un par de pinceladas, su narrativa ha cambiado de idioma sin variar un ápice el lenguaje, aunque “Ladrar o Morder” que, por cierto, representaba el tercer anticipo de “Porvenir”, establecía nuevas variantes. O al menos es una percepción particular que no deja de ser eso, particular. Un indicio más que en cierta manera acrecentaba más nuestro apetito. Vale, nuestra disposición ante el disco y los chicos seguía intacta, y los dos singles anteriores habían cumplido su función. “Estaciones” era (y es) una luminosa canción muy en la onda de sus comunicados siendo, además, una intensa asociación de ideas incluso anuencias en el terreno musical, una bonita historia cuya temática debería usted descubrir. No hay nada mejor como un propio veredicto, no hay nada mejor como un natural escalofrío. No hay nada mejor que una disculpa, ni tan fortalecedor como saber perdonar. ¿Tendrá algo que ver con la canción? Tendrá que remediarlo.
Se sentirá “Afortunado”, que era… Abrimos paréntesis. ¿Guardará el trabajo videográfico un velado homenaje a sus amigos esquizofrénicos? Dejamos en el aire la incógnita y cerramos paréntesis. Pues era la encargada de salir en primer lugar a modo de single siendo a su vez la dispuesta en primera posición de un disco redondo, aunque haya quien piense que eso es una obviedad. Su apariencia (la de los discos) es redonda, no cabe duda, pero no siempre se cumple la norma. Ahora, en ese aspecto o para ese cometido, los amigos demuestran un sexto sentido ya que dominan el arte de la prestidigitación en todas sus disciplinas. Arremeten sin contemplaciones con el síncope guitarrero “Norte-Sur”, se aproximan a pactos australes en inspiradores fragmentos tipo “Cómo Hemos Llegado hasta Aquí” y manejan con soltura tempos y espacios en el templado arrullo “En mis Manos” que impresiona aún más con un sensual bottleneck que dibuja siluetas en crepúsculos otoñales sean crecientes o decrecientes, mientras en la titular (“Porvenir”) barajan bastantes doctrinas cultivadas en horas de estudio a brujos, druidas o diáconos varios de este singular misterio… Nada misterioso, ni hermético ni trivial.
Si usted interioriza el vertebrador pasaje instrumental “Raíz”, entenderá nuestra postura e intuirá el porqué de su enunciado y hasta estratégica situación cuando distinga los destellos de la impoluta armónica del señor Prol más el (impoluto también) dobro del señor Röver que colabora, además, aportando guitarras y coros en diferentes fases y retomando las consabidas labores de producción. Hablando de colaboraciones, otro colega montañés (Montañosa, joder) como Marcos Quevedo incorpora diversos acoples guitarreros saliendo beneficiada la congregación y ya que estamos con las guitaras, no podemos pasar por alto el trabajo de Andrés y Kleiser. Gran trabajo y gran repertorio de recursos expandiendo todo su poder y sincronía en la contienda “El Hombre de las Oportunidades Perdidas” mientras el hombre tras tambores y cimbales, o sea, el siempre sonriente Joss, mantiene y marca perfectamente pulsiones y pulsaciones impulsando a sus compañeros en los momentos más apasionados así como en los más pasionales, una de sus grandes señas de identidad. El estremecimiento, la esperanza y emotividad. En ese círculo mágico o centro de energía se encuentran sus carismáticas evocaciones como “Ruinas” o esos titánicos finales que huelen a incienso, adoptan formas geométricas a modo de mandalas y requieren toda nuestra atención tanto en prosa como en cadencia. En esta ocasión, ese fin es “El Faro” que guía sus pasos. Una señal, un camino, un refugio, su propósito de vida y una demanda. Los enigmas del “Porvenir”.
