
Si el año pasado, y después de un par de inclementes años por todo cuanto sabemos, se pudo celebrar por fin el tan ansiado vigésimo aniversario del querido Azkena Rock Festival, en breve conmemoraremos, ya en el plano más personal, otro de similares características, pues nos volveremos a encontrar con uno de los artífices de nuestro peregrinaje a tierras alavesas: el señor James Newell Osterberg, mundialmente conocido por su seudónimo, Iggy Pop. Fue el segundo año del festival, primero que se celebraba en Mendizabala. Aquello que se inició como mero pasatiempo y sin demasiadas pretensiones salvo vibrar con el ‘power of guitars’ que la empresa organizadora, Last Tour, utilizara como eslogan, se ha convertido en una especie de obligatorio compromiso. Posiblemente la amistad que hemos ido cultivando con muchas personas provenientes de los cuatro puntos cardinales sea otra razón de peso para retornar; o simplemente por la que adquirimos los bonos desde el año anterior desconociendo por completo los artistas que formarán parte del festival, pero ese es un asunto que en realidad poco, muy poco a casi nada afectaría en nuestra decisión. Si te gusta el rock, el Azkena Rock es tu lugar. Un parque temático de felicidad.

Bueno, el cómodo traslado y los cincuenta kilómetros de distancia entre Gasteiz y el botxo también tendrán su importancia en este asunto, pero si los primeros años no hubiéramos disfrutado, otro gallo cantaría. Porque las organizaciones del pelo han brotado como setas desde principios de siglo, y aunque a varias de ellas hemos acudido puntualmente, el ARF es una especie de religión. Es un culto, como hemos descrito alguna vez. Es una escapatoria. Un reconstituyente. Un fin de semana de paz y batallas. En todos los sentidos, porque la paz que se respira en las perimetrales zonas verdes choca con las batallas por obtener un lugar privilegiado en el asfalto (tampoco lo interpretes literalmente) o en la reunión anual de compañeros, donde las batallitas tras doce meses de espera son el centro de los diálogos.
Por supuesto, el gran reclamo es la gente que va a subir a los escenarios, al God, Respect o Love Stage, quienes van a sudar en la sauna canalla Trashville o quienes van a oficiar sesiones matinales abiertas a todos los públicos en la Plaza de la Virgen Blanca. Habrá que tomar (como siempre) difíciles decisiones porque es físicamente imposible abarcar todo si bien tenemos la convicción de cumplir frente al mayor número de shows que, dicho sea de paso, coinciden en horarios en algunos casos. Una de las mayores peloteras entre la afición. Este año la palma se la llevan Lucero y Melvins y tal vez haya algún atropello más, pero debe(ría)mos entender que en un certamen de este calibre los ajustes no se ajustan a un solo criterio. Además, son muchas horas de tralla y hay que darle tregua a un cuerpo que necesita pausa, alimentación e hidratación. Ah, sí. Se nos olvidaba. ¿Nombres? Pues tres ya hemos dicho, y podríamos añadir cinco incluso veinte, pero probablemente nos dejaríamos alguno en el tintero, así que te mostramos los horarios establecidos y recomendamos visites cualquiera de las páginas oficiales de Last Tour o Azkena Rock Festival y de paso, cruces el umbral de la puerta de acceso al paraíso. ¿Te lo vas a perder?
Así fue el año pasado


