minientrada Mundaka Festival, un evento singular, diverso y plural. GR76


Santa Katalina, Mundaka, 27, 28 y 29 de julio de 2018

Nadie había invitado a la fiesta al intermitente y tedioso sirimiri a pesar de que el cielo plomizo del atardecer presagiaba el desenlace. Desgraciadamente se presentó en la jornada inaugural de Mundaka Festival, si bien los presentes plantaron cara al infortunio y pudieron disfrutar con las actuaciones de Copernicus Dreams, DePedro, Fink, Vintage Trouble e imaginamos que echarían el resto con !!! (Chk Chk Chk), a quienes no pudimos ver por la inestabilidad reinante. Aplastantes y compactos comenzaron los cántabros con su silvestre rock ‘n’ roll dejando muestras de la profunda calidad que atesoran, mientras sobrio y jovial procedió el madrileño con su propuesta fronteriza. Dos planteamientos semejantes y diferentes que recibían a una asistencia que se iba personando a cuentagotas a Sata Katalina, las mismas que hicieron acto de presencia durante la actuación de DePedro. Antes pudimos disfrutar en seco (aunque con la mosca siempre detrás de la oreja) con la transmisión de “The Honeymoon Song”, el carácter campestre de “Even Roses Die”, el alborozo crepuscular de “Mysterious Woman”, el anhelo pastoril-psicodélico-bluesero de “For You From You” y demás fragmentos de un sueño, piezas de una vieja ilusión de Copernicus. Gran porvenir.

Acto seguido, en los albores de su intervención, Jairo Zavala califica a la audiencia como “valiente”, pues el calabobos parecía pedir a gritos “Ser valiente”, cubrirse con chubasqueros, olvidar el contratiempo y enfocar los sentidos en el saxofón barítono de “¿Hay algo ahí?”, seguir con las caderas las líneas funkies de “Hombre bueno” o exteriorizar felicidad a pesar del panorama y las desconcertantes “Nubes de papel”. Predominan los sones texanos, dominan las conexiones (“Panamericana”) y “La llorona” refunfuña en su adiós. Por su parte Fink desplegó su arsenal candente y templado, rico en referencias y lo suficientemente hipnótico como para quedar embelesados a pesar de la aludida cortina de agua y un horario un tanto displicente para su personal psicodelia y su enigmática expresividad, sin embargo… Digamos que su show no atrajo a una mayoría tal vez por ese horario, tal vez por el entorno, el perfil introspectivo de sus canciones, quizás por la tenue luminosidad, o puede que la peña se estuviera reservando para los californianos Vintage Trouble, pero que no cunda el desánimo. La figura de Fin Greenall embruja y la sombra de “Warm Shadow” es demasiado alargada como para marginarla. Pasada la medianoche subían al escenario los californianos saludando al respetable, y en cuestión de segundos eran objetivo de los objetivos de los camarógrafos recluidos en su trinchera y las miradas y fervores de un público entusiasmado por la solvencia de un cuarteto acrobático, medido, dinámico, y de incuestionable pericia en el cara a cara. El señor Taylor se muestra exultante como lo recordábamos y podríamos decir que intuíamos el guión, así que nuestra sorpresa por las piruetas, las peticiones, las coreografías, los slides del señor Colt, los platillos del señor Danielson o el groove del señor Barrio no fue tan grande como la de cientos de emocionados rostros que abarrotaban las posiciones de vanguardia y coreaban “Run Like The River”, acompañaban con palmas “Doin’ What You Were Doin’”, solemnizaban cual celebración baptista los ruegos del pastor Taylor, obedecían los movimientos de izquierda a derecha, flaqueaban con el soul edulcorado “Another Man’s World” o ponderaban el empuje de “Blues Hand Me Down”. Mediada su actuación llegaba nuestra partida, pues esto es una competición de resistencia y había que reservar energías para los días posteriores.

Si las grandes fragancias se guardan en pequeños envases, los grandes encuentros se concentran en reducidos espacios y este festival reúne todas esas cualidades. Pequeño, amplio, cómodo, agreste, natural, bucólico y campestre. Situado en un restringido y apacible paraje como Santa Katalina que una vez al año cambia de fisonomía y orgulloso recibe a soñadores que alborozados acuden a un certamen cuya pretensión es situar la localidad costera en el panorama internacional con la organización de un evento singular. Un evento diverso y plural. Un evento necesitado de atención no solo por su cuidada selección musical, sino por la no menos importante servidumbre y cordialidad que le otorgan cierta exclusividad. La tarde sabatina comenzó con las decididas MoonShackers, que pusieron firme a más de un incauto con su urbano rock ’n’ roll, dominando el espacio con soflamas como “Lobos de mar”, ritmos pendencieros como “Te alejas” o eficientes acentos como “Manipúlame”, cuando uno especula con el mensaje soterrado de tal exclamación y piensa en unos cuantos mezquinos que pululan a nuestro alrededor. Aplausos que posteriormente siguieron con Rayden, un tío que no salió a cumplir el expediente y se afanó en defender que “No hago rap”, soliviantó al personal con punzantes mensajes y demostró tanto él como sus compañeros una notable actitud escénica, aptitud instrumental y la agudeza de una poesía callejera que reflexiona sobre la actualidad, critica sin reparos las altas esferas y se solidariza con los damnificados de esta sociedad, léase refugiados, migrantes, sufridores de toda índole, confinados o se une a las féminas a quienes dedica “Caza de pañuelos”.

Revelador impasse. El plato fuerte del sábado era Bunbury, que junto a su banda Los Santos Inocentes no defraudó a incondicionales venidos desde puntos diferentes y seguramente convenció a algún escéptico camuflado entre la muchedumbre. Un set de brillante resolución donde el mañico arrolló con su carisma y fuerte personalidad mostrando su agradecimiento a la organización por invitarle al festival y esperando que el repertorio elegido fuera del agrado de los allí reunidos. Arrolla desde la salida con “La ceremonia de la confusión”, adoptando “La actitud correcta” y sirviendo a la asistencia “En bandeja de plata” una aclamada introducción. Acústica al hombro emprende un viaje al pasado con la célebre “Mar adentro” (en el preciso instante en el adecuado lugar) que estremece tanto como “Lugares comunes, frase hechas” y erigiéndose en rockstar y perfecto maestro de ceremonias cuando “El hombre delgado que no flaqueará jamás” invade la inmensidad de la Reserva de Urdaibai. Inmenso y titánico estaba esa noche el caballero. Locuaz, socarrón, irónico, elegante y nostálgico invitando al gentío a adentrarse en su cabaret, provocando la marea de brazos y cabezas en “Héroe de leyenda” y deseando “Que tengas suertecita” antes del jadeante tramo final donde se fusiona entre muestras de euforia con los aficionados en “Maldito duende”, y siendo escoltado a continuación por Jordi Mena en la serenata “Lady Blue”. Los espectadores pedían más y más, pero no podía ser. Para nosotros cerraba la noche (nos era materialmente imposible cumplir con Revolta Permanent) el cuarteto Belako, comenzando su participación con “Haunted House” entre la penumbra y la saturación de un sonido contraindicado para aquellos que sufran sensibilidad auditiva, si bien es cierto que Josu trataba de paliar en todo momento la deficiencia de sonido de su guitarra, así que nos retiramos unos metros y pudimos seguir con normalidad una intervención contundente y bien estructurada que animaba con ritmos frenéticos como “Hegodun Baleak” o “Render Me Numb” a los bailes de madrugada mientras los más viejos volvemos a casa.

La luna cautiva. La luna inspira, guía, produce cambios y genera mareas. La luna es música, melancolía, fantasía y poesía. Debía haber aparecido colorada y magnética el viernes, pero permaneció escondida tras el ingrato manto de nubes hasta la jornada de clausura, donde ofició imperiosa cual faro natural durante la madrugada. No podía denegar la invitación, debía irradiar felicidad y emplazar a los asistentes con un año de antelación en el mismo lugar, pues la siguiente edición del certamen ya tiene programadas las fechas de su quinta edición, lo cual es buen síntoma tanto para el equipo organizador como para los usuarios. Continuará siendo el último fin de semana de julio (26, 27 y 28), y en Mundaka Festival tenemos la posibilidad de adquirir los primeros bonos por 40 €. Coincidiendo con la presencia lunar en la despedida, los escoceses Biffy Clyro demostraron el porqué de sus afamados shows y porqué había desde primeras horas una nutrida representación de fans entre el público. El trío (cuarteto en escena) gozó de nítido sonido y no cejó en su empeño transmitiendo vitalidad (“Bubbles”), sudando y alternando rachas eufóricas (“Animal Style”) con melancólicos descansos (“Many Of Horror”) e instantes reveladores de un amplio patrimonio musical (“That Golden Rule”), demostrando ser el anzuelo (el día anterior Bunbury la cantó, por cierto) perfecto para obtener buena captura, afianzar la apuesta del festival y de paso conseguir nuevos adeptos por la causa, aunque hemos de reconocer que su sinfónica miscelánea o mencionar tendencias, escenas, géneros o liturgias no es nuestro fuerte, como complicado y atrevido nos resulta clasificar a Atom Rhumba.

Es Atom Rhumba. Es rock ‘n’ roll. Es vehemencia. Es actitud, ritmo y condición, y si en cualquiera de sus múltiples alineaciones nos ha impresionado su modus operandi, en esta ocasión nos dejaron k.o. con su neurótico universo de ecos, distorsiones, sarcasmos, falsetes y ritmos underground. Tras un largo parón vuelven a grabar nuevo material bajo el nombre de “Cosmic Lexicon” adecuadamente presentado por “Tumba Gris” o “Voy cableado”, pero el regocijo del respetable se manifestó con los himnos “Body Clock” o “Home Made Prozac” mientras los chicos seguían poseídos por el vudú,  las profundas cacofonías de Captain Beefheart o la luminosa oscuridad de Pussy Galore que derivan en un atronador solo de batería a cargo de Andoni Etxebeste. Anteriormente subieron al escenario los levantinos Santero y Los Muchachos, formación que ese mismo mediodía amenizó las actividades gastronómicas del festival repartiendo sones y contagiosas cadencias más tarde disfrutadas “Esté donde esté” y administrando la disposición de su muestrario sonoro en claro ascenso, como quedaría reflejado en la jarana final de “Dani Boy”. Inició la sesión dominical la formación Confluence, un croosroads de sonidos y ambientaciones manejados con destreza por parte de unos experimentados componentes que mantienen vivo el legado de bastantes incunables del blues y por ende del rock gracias a estupendas composiciones como “The Puppet”, “I Don’t Care What They Think”, “Volcano”, o deliciosas aperturas como “John The Revelator”, una armónica capital, una armoniosa guitarra y sólida base rítmica comandadas por la distinguida presencia de Irrintzi Ibarrola. Agradable apertura. Un comienzo estimulante para poner la guinda de esta exquisita tarta elaborada en el obrador de Emankor Sarea. Sensaciones, ilusiones, aromas y dulces en Mundaka Festival, próximo al mar, cercano al órgano principal.

Rafa Robledo

 

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