minientrada El entusiasmo de Carlos Vudú y el Clan Jukebox. GravelRoad76


La Ribera Bilbao 19 de febrero 2016

El pasado viernes nos dirigimos a La Ribera Bilbao con el ánimo de disfrutar la oferta musical de Carlos Vudú y el Clan Jukebox, a quienes encontramos dando palmas siguiendo el ritmo de su amigo Ezequiel Riquelme cuando entramos en el local. Sorpresa. No contábamos con ello, y luego supimos que es una ruta conjunta, una aventura entre viejos amigos. Buen rollo. Una birra más tarde serían ellos mismos los encargados de levantar el ánimo a los allí presentes, que dicho sea de paso… Tal vez sea mejor dejar las matemáticas para otra ocasión y centrarnos en el rock n’ roll, que es lo que verdaderamente importa; el sudor que desprenden las baquetas, la dulzura de los teclados, la rotundidad de líneas de bajo, el furor de las guitarras, o la poesía de voces aterciopeladas de un inicio prometedor con “Gigantes”, el último trabajo que debían presentar. Clan JukeboxSin apenas margen de maniobra las palmas de hace escasos minutos acompasan “Agua Turbia”, un eficaz rockanroll que a pesar de su fluidez recibe una anodina respuesta por parte de un público distante. Pero son constantes, mantienen el ritmo adecuado y capean el temporal como mejor saben, gritando a los cuatro vientos que son chicos voluntariosos sin “Malas intenciones” a los que poco gusta jugar con “Cartas marcadas” y confían en ciertas palabras: sentimiento, sensibilidad, entusiasmo o fragilidad que combinan con intensos acordes con los que muestran su ruta particular de ecos, paisajes y olores, capaces de transmitir sensaciones tan encontradas como la dulzura o el amargor, la rotundidad de reflexivos mensajes o la profundidad de historias rutinarias comunes, dispuestos a defender un elegante catálogo de melodías centrado en su segundo disco y orgullosos de un primero que afortunadamente para ellos días antes habían agotado. Venían de Rentería, y aun pinchando al personal con el típica rivalidad entre vecinos siguen sin lograr el feedback requerido y tras la melancólica “Ha vuelto el petirrojo” que podría haber terminado por minar las fuerzas del más hercúleo, demuestran categoría y fortaleza afrontando un eléctrico impasse semiacústico, donde la lírica se ve envuelta en la calidez armónica de teclados, una pizpireta mandolina y pulidas epopeyas que delatan la fuerte convicción de unos tipos normales comprometidos con la laboriosa tarea de conquistar corazones. A pesar de lanzar el envite con una solícita “La reina del baile” el semblante de los allí presentes permanece estático, parece no haber comunicación. Sin embargo los muchachos se afanan por agradar, tenían más combustible, guardaban un rush final valiente que bebe bourbon, baila boogie y tiene argumentos suficientes como para establecer una fuerte conexión entre emisor y oyente, insistiendo con la ruta americana reclamando atención, cantando “Mira dónde estoy”, con historias nostálgicas que hieren, con parábolas que seducen como el mar. La calma, que ese día fue grande y la tempestad, que esperemos en breve les visite. “Arena y sal”.

Rafa Robledo

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