AZKENA ROCK FESTIVAL Vitoria-Gasteiz Mendizabala 20, 21 junio 2014 (GravelRoad 76)


Pues si, estamos realmente felices por la estupenda noticia con la que unos cuantos amantes del festival gazteitarra hemos pegado un bote de alegría cuando nos hemos enterado, estuviéramos donde estuviéramos. Si bien las ediciones precedentes han recogido unas cuantas opiniones de desacuerdo por motivos ya conocidos, parece ser que este año la organización retoma el pulso y comienza a hacer los deberes con más antelación, retomando las actuaciones matinales en la Virgen Blanca (se oye, se habla, se comenta…), o anunciando nombres que configuran el tan nombrado y renombrado cartel. Si los ya conocidos eran atractivos, ¡qué vamos a decir de los tejanos…! Excelente y atractiva presencia, que a buen seguro arrastrará por si sola la compra de un buen número de bonos, lo que nos hace recordar lo sucedido cinco meses atrás. Este es el relato que publicamos en nuestro magazine http://issuu.com/thebuckmunster/docs/revista, y que en este momento nos apetece compartir en este formato, esta vez acompañado por unas imágenes de estos barbudos http://youtu.be/-uZinAmZtJg

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Introducción complicada. Demasiadas ideas para comenzar el análisis. Demasiadas imágenes, unos cuantos amigos, muchos momentos brillantes, variado anecdotario, y por supuesto Rock n’ Roll, que no deja de ser el pretexto perfecto para lo anterior. Compartir minutos de felicidad con gente cercana, ver caras de alegría, bailar, cantar, soñar, cultivar la amistad, disfrutar en la medida de lo posible e intentar ser felices, porque no nos engañemos. Vivimos tiempos convulsos, austeros, tiempos duros en los que es difícil mantener el equilibrio sobre una cuerda floja cada vez más fina y donde la cuesta arriba se hace más empinada. Dificultad a todos los niveles. Por eso me encantaría vestir como el arco iris cada día y decir al mundo que todo está bien, pero trataré de sobrellevar la oscuridad en mi espalda hasta que las cosas sean más brillantes. Si, son frases prestadas de Johnny Cash, palabras que se repiten una y otra vez en mi cabeza pensando en Azkena Rock Festival, y cada cual que lo interprete como quiera, no deja de ser una bella estrofa con dos lecturas, de la cual extraigo el lado más amable, procurando ver el vaso medio lleno. El pesimismo o la rabieta facilona no entran en nuestro vocabulario, la crítica desmesurada siempre nos parecerá excesiva. Se trata única y exclusivamente de respeto. El mismo que nuestras madres nos han inculcado. El mismo que estos últimos años ha desaparecido cuando se trata de valorar el ARF, en gran medida por la facilidad que otorga el anonimato.

Esperanza. Incertidumbre. Sensaciones que te asaltan cuando te diriges a Vitoria-Gasteiz en un camino que por muchas veces que hayas recorrido siempre surge la incógnita, brotan las preguntas sobre el futuro más cercano. Un inquieto camino de ida donde esperas y deseas que al menos sea como el año anterior, porque ante todo y sobre todo, ese fin de semana es una gran fiesta que si puedes no deberías perder. Por muchas críticas que leas, por muchas palabras de pesadumbre que escuches, se trata de una experiencia maravillosa, una cita que en nuestro caso se ha convertido en una especie de peregrinación anual, un acontecimiento prácticamente dogmático, porque como dice el hombre de negro en otra de sus líricas poesías, nos encontraremos más adelante. En la campa de Mendizabala, o en Tortilla’s Hill, uno de esos lugares mágicos en los que se respira amabilidad y compañerismo, o en las inmediaciones de Mendizorrotza, en la Virgen Blanca, o en cualquiera de las calles del Casco Viejo. Casualidades. Desde 2004 el hombre de negro se ha convertido en unos de los iconos del festival. Curiosidades, en este caso numéricas. Dos años consecutivos donde el número de la mala suerte se ha mantenido firme. Cardinal y ordinal, por lo que la siguiente edición tendremos que olvidar la pata de conejo o el trébol de cuatro hojas, y quién sabe si dejaremos en la cuneta del camino las tesis cum laude.

El cartel, los nombres que componen la lista de los elegidos es el principal motivo de la polémica. Posturas discordantes, difícil tarea la de contentar a un buen número de fans, complicado cuando hay que barajar infinidad de posibilidades, mantener cierto criterio, saber que cuentas con un determinado presupuesto, el número de personas que pueden acceder al recinto (una razón fundamental de la que poco se habla)… Infinidad de variables que desconocemos desde fuera y que deberíamos tener en cuenta a la hora de emitir un juicio, que este año se ha visto incrementado por la demora en anunciar las bandas, la presencia de Blondie como principal reclamo, la suma de Scorpions cuando ya habían anunciado una única actuación en Madrid o secundarios que parecían no contentar o contar con el atractivo suficiente como para asistir al festival (esto es algo con lo que uno no está de acuerdo). Palabras vacías, carentes de fundamento, palabras sin sentido en muchos casos, porque tras lo vivido y después de leer y oír elogios hacia Kadavar, The Soulbreaker Company, Unida, The Temperance Movement, Royal Thunder, Niño y Pistola, Monster Truck, Turbowolf, Joe Bonamassa, Wolfmother, Seasick Steve, The Strypes… Argumentos que pierden peso nada más comenzar, cuando suben al Lou Reed Stage los gasteiztarras 13 Left To Die (seguimos con el numerito), aplastante bienvenida para un festival que no suele adentrarse demasiado en terrenos trash, pero los chicos y chica se ganaron a pulso su presencia en esta edición al llevarse el premio Azkena Rock en el certamen Villa de Bilbao. Curioso. Juraría haber escrito lo mismo en otra ocasión. Ya los habíamos catado en distancias cortas, y la curiosidad estaba en saber como se manejarían en una plaza exigente como Azkena Rock. Salieron airosos, teniendo en cuenta el horario, que el cielo se tornaba grisáceo, y en la lejanía se adivinaban ciertas descargas luminosas.

Marcha atrás, mejor dicho, dirección oeste, retomando los pasos que hemos realizado durante muchos años, pero esta vez con un sabor agridulce. Nos dirigimos a la carpa que tantas veces ha visitado el “reverendo” Raúl Aransáez, la carpa que lleva su nombre. No volverá a estar físicamente entre nosotros. Significativa presencia. Para el estreno nadie mejor que Monster Truck, banda con la que habría disfrutado Raúl al igual que lo hicieron los asistentes con continuos movimientos de cabeza, brincos y acompasados coros cuando sonaba “Seven Seas Blues”, mientras los dioses Zeus y Thor deciden visitarnos y descargar su furia como sucediera en 2004. Similitudes que vuelven a la mente. Al igual que la meteorológica, descarga poderosa, potencia mantenida con un sinuoso Hammond que ofrece cierta sonoridad retro pero actual a la vez, psicodélica, setentera, desértica. Vigorosos. No queríamos que finalizaran, primero por la entrega que ofrecieron en todo momento y porque delante teníamos una cortina de agua que difícilmente habría valiente que la atravesara. Tal era la fuerza de la tormenta que se suspendieron las actuaciones de Bombus y Bourbon (aunque estos últimos actuarían al día siguiente cuando los búhos siguen despiertos). Continuamos en la carpa, a cubierto, charlando, riendo y rogando al cielo que cese la lluvia cuando sube al escenario Hudson Taylor, o sea, una pareja de hermanos irlandeses que realmente no sé qué habría sido de ellos si no llega a tronar. Se presentan en formato quinteto y su propuesta de pseudo indie folk, a pesar de contar con unos cuantos incondicionales no parece cuajar entre la mayoría, aunque no hay que quitar mérito a los chicos, que supieron motivar a un público desanimado por el aguacero. Ritmos bailables, espíritu irlandés, pero que necesita un reseteo, una vuelta de tuerca.

Parecía que nuestras plegarias eran escuchadas, y cuando llega la hora esperada, uno de esos momentos que teníamos marcados como imprescindibles, el cielo nos concede una ligera tregua, se rinde ante la figura de Seasick Steve, un simpático veterano que ha sufrido en su piel las dos caras de la moneda y siente profundo respeto por el arcaico blues, por las raíces, acompañado a la batería por otro veterano barbudo, Dan Magnusson. Austero en su puesta en escena, capaz de extraer sonido a cualquier artilugio casero como una Washboard o una sartén a las que añade una cuerda, capaz de hipnotizar con un salvaje slide. Escuchamos palabras de asombro que se preguntan cómo puede sonar de esa manera, y uno piensa que se trata de de sentimiento y humildad; para llegar al corazón no son necesarias ciertas estridencias. Pero no todo iba a ser perfecto, y el cielo se torna más negro, empieza a llorar al cuarto de hora. Fatalidad. En escasos segundos la lluvia ya es torrencial.

Estampida. Como caballos salvajes. Éxodo masivo en busca de un techo en el que refugiarse, huída desbocada que en escasos minutos deja desequilibrado el recinto. A un lado, unos pocos osados frente a Steve, al otro los achantados que habíamos abandonado y estábamos guarnecidos de la tormenta, calados hasta los huesos, oyendo a lo lejos e intentando ver a través de las pantallas al viejo Steve con cara desencajada y maldiciendo en hebreo la mala suerte. Llantos de blues. Tras minutos interminables de incertidumbre, la lluvia cesa y nos dirigimos al Escenario 3, por donde este año circularían las bandas más cercanas. Turno para los catalanes The Midnight Travellers, cuarteto enérgico y directo en busca de un público que teniendo en cuenta el panorama, estaba a cubierto, y si añades que estaban actuando The Stranglers, la incógnita queda despejada. Aun así, nos quedamos unos minutos más para aplaudir a los muchachos, que se lo estaban currando. Maneras. Decidimos acercarnos por la carpa a ver qué se cuece, más bien para ver Jean-Jacques Burnel, uno de esos personajes por los que uno guarda aprecio, pero algo faltaba, algo no funcionaba. Tal vez el público no estuviera receptivo debido al tiempo, puede que la actitud de los estranguladores no fuese tal. Particularmente “Golden Brown” nos pareció bastante lineal, sin emoción, no apreciamos comunión entre banda y masa, que si no corea fuertemente “‘No More Heroes”… Si, los teclados ochentenos del señor Greenfield podían llevar al equívoco de unos cuantos, pero se trata casi de un himno generacional, una de tantas melodías que en su momento hemos disfrutado y hoy en día dejado en el olvido. Nostalgia.

Instantes para el avituallamiento antes del plato fuerte de la jornada. Hay que coger fuerzas y hacer gorgoritos, se presenta una ocasión de karaoke grupal, uno de esos momentos que personalmente no me atraen, pero reconozco guardan en su interior cierto valor, así que valor y al toro. Con puntualidad británica se presentan los alemanes, y aunque nuestra posición es alejada podemos ver que el señor Schenker mantiene una forma que más de un treintañero quisiera. Comienzan potentes, compactos, pero la voz del señor Meine no es la misma. No llega. Justo de timbre, que no es que nunca haya sido un tío bizarro, pero se nota la falta de nota. Insiste en pedir la colaboración del público, al cual da la bienvenida y pregunta en euskera “cómo estáis” y “si hay alguien ahí” presentando la canción del mismo título. Cede la posición central a sus compañeros de fatigas para que se luzcan a las seis cuerdas (eterno sólo de Matthias Jabs con el Talk Box) mientras aprovecha para coger aire, dejando las carreras por el escenario en el álbum de recuerdo. Las pantallas creaban una imagen pocas veces vista en Mendizabala (tan sólo Kiss me viene a la memoria), y daba la sensación que lo visual priorizaba lo musical. Hablando de Kiss, momento batería. Parecido. Diferente. Ahí lo dejo. Hasta creía estar en el show de un conjunto irlandés cuando emergían las luces da cámaras y móviles y en los luminosos aparecía un gran “The Zoo”. Guitarras a cascoporro, a cada cual más extravagante, hasta una Flying con tubo de escape humeante sacó a pasear Rudolph. Silencio. Focos que convergen en el centro del escenario y unas sombras se acercan. Melancolía. “The Best Is Yet To Come”, “Send Me An Angel” y “Holiday” de un tirón, con un par. Hasta los más rudos del salvaje oeste tienen su corazoncito, y precisamente con las vacaciones aparecen como setas paraguas y chubasqueros. Nos vuelve a visitar la incómoda y molesta lluvia, a veces racheada, otras acompañada con electricidad, pero ahora la gente no se mueve como hace horas. Scorpions anima a la gente a gritar, saltar y corear fuertemente “Blackout”, y acaban su intervención con la potencia y atracción de “Big City Lights”, con un gran Vitoria inmortalizado sobre las pantallas. “¿Cómo…?” “¿Ya está…?” ¡Hagan su apuesta, damas y  caballeros…! Yo habría perdido. Apostaba por dos, y fueron tres. “Still Loving You”, emoción acompañada por el sollozo del cielo, lamento en la oscuridad; la audaz “Wind Of Changes” y ya que estaba lloviendo, había diluviado, y los rayos y truenos no nos abandonaban, roqueamos como un huracán al finalizar la balada. Perdón, la velada.

Aunque para ser exactos quedaba un potente doblete para dar por finalizada la jornada intercalados por Marah. Dos conjuntos diferentes en su propuesta, similares en su apuesta. Como si fuera un combate de boxeo, a este lado del ring tenemos al aspirante Chris Georgiadis, un frontman diabólico, activo, casi histriónico. En el otro contamos con la veteranía y sobriedad de John García, escalando puestos en la clasificación de visitas al cuadrilátero con tres asistencias y mismo número de formaciones. Hermano, Kyuss Lives! y Unida, con quienes se reúne tras diez años en el dique seco. Vayamos por orden. En la carpa, Turbowolf, rock salvaje y directo proveniente de las islas británicas, un loco torbellino de sonidos oscuros, sin complejos, una serpiente de sinuosos movimientos, voraz y venenosa. “Ancient Snake”. Teclados psicodélicos, paseos espaciales, oscuridad underground, pogos en las primeras filas… 50 minutos de locura colectiva. Sudor. Aplausos. Más aplausos. Gritos de aprobación. Sin margen de maniobra comienza en el lado opuesto Marah sin la participación de Serge Bielanko, un hombre que personalmente creo era quien mantenía el equilibrio del grupo, quien  paraba en cierta manera los pies a Dave; la prudencia. Digamos que no tuvieron su noche, desdibujados quizás por la descarga de watios que acabábamos de presenciar. No sé, aparte la intervención de Gus, un tierno chaval de ocho o diez años… Si, toca como los ángeles, tan pronto encandila con el violín como logra asombrar con su pericia con el slide, al igual que otro mozalbete que parecía su fotocopia, su otra mitad, y se atrevió con la pandereta… La lluvia, las altas horas, la aparente apatía del resto de la banda y la gente que esperaba impaciente a Unida… personalmente me quedo con el final de “Walt Whitman Bridge”, con Dave entre el público, como realmente le gusta (ya lo había hecho anteriormente), gritando eso de “Azkena Rock is the best festival of the worldddd!!”

Rápidamente, suenan los primeros e inconfundibles acordes de “Wet Pussycat”, y en las primeras filas ya se adivinan brazos en alto. Son las 2.20 de la madrugada, ha sido un día condicionado por la lluvia, y hay que echar el resto, llevamos muchas horas esperando a estos tíos, tenemos ganas de vibrar con la cadencia contagiosa y retadora de “King”, con la sensualidad de una “Black Woman” o volver a tener un tornado (humano) entre nosotros, ¿porqué no? O ver las muecas del señor García en “Puppet Man”, qué más da. Los sonidos áridos del desierto contrastan con la humedad que a estas alturas se convierte en el sudor que genera el cuerpo. Transpiración colectiva. Se siente la pasión, característica principal del ARF. Sube la temperatura. Júbilo. Arthur Seay intimida con su imagen, extrae de una Les Paul que parece un juguete en sus manos graves y profundos riffs acompañados por una recia sección rítmica y por cabezas que insistentemente golpean el vacío, el fuerte oleaje de la costa alavesa que se torna más bravo con “Stray”, donde tristemente observamos que la voz del señor García no llega a los registros y utiliza demasiadas veces el falsete, pero la carencia se suple con profesionalidad, con veteranía, bailando con el pie de micro como si se tratara de un tango marcado por una batería machacante, envolvente. Ritmos contundentes para los minutos finales de la primera jornada. Y la gente pide más, pero hay que descansar, amigos. Reponer fuerzas. Recuperarnos de estos minutos de desenfreno cósmico. Unidos a Unida.

Tras la tempestad llega la calma. Amanecemos con el sonido de los pájaros, con rayos de sol que auguran una cálida clausura, y el cielo azul y despejado nos anima a coger los bártulos y dirigirnos hacia el Casco Viejo, donde más tarde tendremos comida familiar, nos reuniremos con amigos a los que regularmente no vemos, charlaremos y reiremos. Se alarga un poco más de la cuenta la sobremesa, y salimos raudos del restaurante cuando la mala suerte nos vuelve a visitar y comienza a llover. Falsa alarma. Una molesta nube que quedó rezagada y desapareció en breves minutos, pero imaginamos las caras de desasosiego de quienes estuvieran frente a Niña Coyote eta Chico Tornado, que por razones evidentes nos perdimos. Lástima. Según nos cuentan, esa lluvia que desanimó al personal desapareció en cuanto Koldo Soret actuó cual chamán Tornado y gritó “Lainoa” (niebla). Si ayer la carpa se despidió con una férrea dupla, la bienvenida sabatina también era doble en muchos aspectos. Dos escenarios. Dos duetos. Dos guitarras. Dos baterías. Los anteriores y Deap Vally, pareja de angelinas que mantuvieron el tipo hasta un infortunado paréntesis de más de tres minutos donde perdieron intensidad debido a un fallo técnico y denotaron bisoñez. ¿Dos planteamientos similares? No sé, creo que son perspectivas diferentes, formas de expresión. La comparación con White Stripes me parece un juicio fácil e ingenuo. Two Galants también son pareja, guitarra y batería, pero en este caso no hay ninguna mujer por medio, por lo que podríamos meter en el saco a Nacked Heroes, pero ya digo, es una paranoia personal. No me agradan estas comparaciones. Tal vez en un principio les seduzca la idea, pero al final acaba siendo una losa demasiado pesada.

Sin ir más lejos, los siguientes en aparecer en Lou Reed Stage, The Temperance Movement, catalogados como los cuervos británicos. Veremos el tiempo que tardan en hartarse del sambenito, como les ha sucedido a unos amigos australianos. Si, una gente que se aproxima bastante al sonido de los cuervos comandados por Phill Campbel, un tipo con una marcada apariencia escénica y hasta vocal con el mayor de los Robinson, que no para de moverse mientras el resto de compañeros se mantienen más bien estáticos pese a comenzar con trallazos bailables como “Ain’t No Telling”  o “Be Lucky”. Guitarras escocesas con acento americano que se erigen en protagonistas, blues, boggie, rock&roll, arrebatadoras melodías de dos Telecas fundiéndose en diálogo cuando aparece “Pride” y armonías de soledad en “Smouldering”. Nudo en la garganta mientras una penetrante voz rota suplica y el público calla. Manda el corazón, vuela la mente. Brilla el reflejo de un slide y los pies se mueven al ritmo funky de “Know For Sure”, eficaz reclamo para elevar los brazos y corear abiertamente. Una intervención sudada y trabajada, con pocas fisuras y gran compromiso par parte de los muchachos, que se despidieron saltando de alegría con un hasta luego, nos veremos en el camino, con “Midnight Black”. Después de verlos en noviembre dijimos que eran carnaza para un festival estival. Por lo visto no nos equivocamos.

Pocos minutos antes nos dimos cuenta que en el Escenario 3 habían actuado Arenna, con la mala suerte de no haber podido estar frente a ellos, pero esto es lo que sucede cuando el día que explicaban la división de las partículas tú estabas estudiando filosofía vía Robert Crumb, y como sabemos cómo se las gastan en directo, podemos decir que merecen una visita. Vamos a la carpa Raúl Aransáez, donde subirán unos mozalbetes que como los anteriores, gozan de similitudes y buenas maneras. Funden pasado, pues su admiración por los héroes del ayer es más que evidente (estética incluida) con un sólido presente (han sido reclutados como banda de apoyo por los exitosos Arctic Monkeys) y esperanzador futuro, porque en sus manos está alcanzar las estrellas. La carpa queda pequeña para recibir a The Strypes, y nos hacemos la recurrente pregunta de “¿qué habría sucedido si hubieran subido al escenario principal?”, al mismo tiempo que nos respondemos con un “difícilmente les veremos en sala”, pero también sucedió algo parecido con Graveyard o The Sheepdogs, así que nunca se sabe. Con arrogancia y chulería impropia a su temprana edad comienzan presentando su muestrario de alegres canciones de pub como la guatequera “Blue Collar Jane”, contagiosos ritmos insuflados por la armónica de Ross Farrelly en “What The People Don’t See” o cañeras peticiones para interactuar como “Hometown Girls”. Rock n’ Roll directo y escarceos por la vertiente más punk, métricas precisas con inicio, justo desarrollo y conclusión. Buff… jóvenes pero con un talento bestial, demuestran que no sólo beben de la fuente británica, sino que aprecian el legado que viene de la otra parte del charco, haciendo suya “You Can’t Judge A Book By The Cover” de Bo Diddley. Realmente nos quedamos sorprendidos con unos imberbes muchachos, que exprimieron su tiempo  dejando un gran sabor de boca entre la concurrencia.

Abandonamos con urgencia por dos motivos la carpa. Primero: Los irlandeses habían conseguido un efecto invernadero que podía ser perjudicial y segundo y principal: Debíamos acudir cuanto antes al escenario donde en unos minutos The Soulbreaker Company volverían a erizarnos el vello, dejando a un lado la sensación déjà vu. Conexiones que vuelven a aparecer, sensaciones del lejano 2004. En realidad poco interesaban Violent Femmes, y teniendo en cuenta que coincidían en espacio-tiempo con los gasteiztarras… Así es la vida. Hay que decidir. Nosotros elegimos cara, optamos por volver a encontrarnos con una de esas bandas que no logras entender porqué su repercusión es menor, cuando atesoran calidad, actitud y una discografía compacta en casi una década de trayectoria, pero no se desaniman, no arrojan la toalla. Continúan fieles a su sonido sideral, a espacios psicodélicos que nos conducen a las primeras notas de “Many So Strange”, precisamente la bienvenida de su última aportación, “Graceless”. Atrapan, seducen, y la voz nasal de Jony obliga a que sientas y corees las estrofas que aunque fueran desconocidas gritas interiormente. Buen sonido, público receptivo y apasionado, calor en el ambiente mientras los progresivos y envolventes desarrollos de los teclados de Lazyhand anuncian “Oh! Warsaw”, grito a un cielo limpio, azul y luminoso que se suma a la fiesta. Pocos movimientos hacia el otro escenario, es más, nuevos inquilinos van llegando. Las cabezas vuelven a realizar movimientos sincopados, vibrar con dos guitarras alucinógenas y encontrar la tercera fase con “Colours Of The Fire”, composición barbitúrica, brava, siniestra, con ritmos tribales de percusión, bajo cadencioso. Aparte de ser su ciudad son habituales del festival, juegan en casa, y recordamos con especial cariño una jam junto a The Steepwater Band y DelTonos, tiempos de crecimiento. Del festival. De la banda. Tiempos de madurez, tiempos de reflexión cuando ves a Jony colgarse la acústica y cautivan con la embriagadora “The Wheel Is Turning”, preludio al maravilloso broche final con el público saltando, brincando, sintiendo los fulgurantes cambios de “Blood That You Wish”. Se nos hizo corto. Habríamos continuado. Hasta la cima.

Acabamos de presenciar uno de los momentos que particularmente esperábamos con mayor impaciencia, y acto seguido vamos al encuentro de Joe Bonamassa, una oferta diametralmente opuesta, como el blanco y el negro. Un tipo que bajo mi punto de vista ha abrazado el mainstream en detrimento de la pasión. Si, ya sé que es un tema peliagudo, la eterna pelea entre el yin y el yang. Se trata de un personaje brillante, con una técnica endiablada, pero carente de diablo, o al menos me lo parece. Una opinión. Mi opinión. Sin más. Aun así presenciamos toda su actuación y si, nos pareció un derroche de facultades, versatilidad y poderío amén de un perfecto muestrario de relucientes Les Paul en un set de seis, que fueron las canciones que abordaron en sesenta minutos, a diez minutos por canción. Poco blues. Demasiado desarrollo. Nos recibe con la potencia escénica de la fresca “Oh Beautiful”, pocas horas de recorrido de una canción donde apreciamos la clase de este tipo. Si, has leído bien. Clase y elegancia, tramos vocales eficazmente resueltos y el público (entre los que había dos y hasta tres generaciones) sigue con palmas a golpe de “Slow Train”, eficaz ritmo que no suele fallar en directo con un sólo épico elevado a lo más alto, consiguiendo el fervor de la multitud, para más tarde, tras otro sólo, esta vez en una percusión con aires latinos en “Love Ain’t A Love Song”, abordar el epílogo con otras dos que no faltan en su equipaje de viaje. La lacrimógena y grandiosa “Sloe Gin”, donde los acogedores destellos de teclado de Derek Sherinian se compenetran a la perfección con densas atmósferas a cargo de una fina base rítmica. Buena intervención, que lo cortés no quita lo valiente, pulcritud a la hora de despedirse con la poderosa y ovacionada “The Ballad Of John Henry”, con guiños finales a Manuel de Falla. Al final no falló. Venció. Ofreció uno de los conciertos más aclamados y seguidos con interés.

Gran incógnita. Unas cuantas preguntas, que en cuanto son cuestionadas, la duda queda respondida. Será mejor que cenemos algo, en realidad no esperamos mucho de Debbie Harry y nuestras miras están puestas en aquello que sucederá más tarde, así que mientras movemos el gaznate nos reunimos con amigos y escuchamos de fondo a Blondie. En realidad intuimos, porque parece haber problemas técnicos, y no se aprecian demasiados voces en “Call Me”, pero entendemos perfectamente un fuerte “fuck the football’ (ejem). Punto y aparte. Arreón final, una despedida en toda regla. Si el día anterior lo completábamos con dos que en realidad eran tres, hoy damos un pasito más, y vamos a por las tres coronas que en realidad se puede convertir en una estrella de cuatro puntas. Veamos, en primer lugar teníamos a Wolfmother, mas tarde vendría la duda entre Royal Thunder o Niño y Pistola y con algo tendríamos que Kadavar. A pesar de un innegable parecido estilístico no dejaba de ser un final muy atractivo que comenzamos a saborear cuando puntuales se presentaron los australianos en un aséptico escenario. Renovada tripulación, comandanda por Andy Stockdale, escoltada por un versátil Ian Peres encargado de las teclas y cuatro cuerdas y Vin Steele, un animal con las baquetas. Debíamos comprobar si la dimensión del trío en la actualidad se puede comparar con la obtenida años atrás, y con ella nos saludaron. “Dimension”, notas etílicas y estridentes juegos vocales con la que estrenaban su ópera prima, aquella que les aupó al repentino elogio y con la que visitaran medio mundo, Azkena Rock incluido. No tardan en electrificar el ambiente con “Woman”, devaneos instrumentales de guitarra, gritos de poderío de órgano, rotundos golpes de baquetas. Primera toma de contacto con su última creación vía “Heavy Weight” con un público entregado a la causa, primeras filas donde se adivinan movimientos que podrían tratarse de algún pogo, pero estamos demasiado alejados como para asegurarlo. Si, esta vez si, “Apple Tree” es la excusa perfecta para realizarlos, tras la cual llega la marea en calma, la sensualidad, el sollozo de “Mind’s Eye”, la lisergia progresiva de unos muchachos que golpean con fuerza, unos muchachos que se despiden con el tantas veces cantado, bailado y coreado “Joker And The Thief”, el punto y final a una alegre intervención, que aun sin contar con buen sonido, sacaron adelante con ímpetu y tesón.

Una de esas ocasiones donde has de decidir debido a la coincidencia e interés que despiertan dos estilos diferentes pero atractivos a la vez. Por si no tuvimos suficiente ayer, más truenos. En la carpa Royal Thunder, formación con fuerte espíritu capaz de atraer con sus aires sabáticos y la magistral voz de Mlny Parsonz, una mujer con unos bestiales registros que atrapan y de los que difícilmente logras liberarte, pero teníamos butaca reservada con Niño y Pistola, que se enfrentaban a las circunstancias con varios frentes abiertos. Coincidencia. Horario. Público. Enfoque. Y las palabras que aconsejaban no perder la oportunidad eran ciertas. Sonido limpio y bellas composiciones que parecen confeccionadas para abrazar la luna, mientras flota  en el ambiente un majestuoso Hammond, una fortuna de banda con matices de The Band, con la grandiosidad de la sombra alargada del viejo Young… Sencillamente emotivo, brillante, música que consigue que hagas las paces con tu yo interior, donde todo fluye, cobra sentido conocer la génesis del conjunto, cuando un tipo hastiado por la explotación laboral decide comprar una pistola con los 50 pavos que le quedan en un bolsillo lleno de agujeros y acabar con la vida del explotador. Viajes por las amplias praderas del sur “Looking For The Sun”, y el estribillo de “You Can’t Always Get What You Wan’t” te susurra al oído… Cuando se cruzan pasión y emoción. Armonías y melodías. Maravillosos.

Traslado instantáneo al Lou Reed Stage. Repentino. Como si se tratara de una estrella fugaz que vuela sobre nuestras cabezas recorremos los metros que separan los dos escenarios para despedir como se merece una nueva edición de Azkena Rock. Con otra demostración de poder. Explosiva. Sin demasiados problemas llegamos a las primeras filas poco habitadas, algo que achacábamos al cansancio de dos completas jornadas, la primera más tranquila debido a las inclemencias, pero la segunda con un acelerón final de quitar el hipo, y en un visto y no visto se presentan los barbudos teutones. Arrolladores, con la batería como epicentro, flanqueada a ambos lados por los amplificadores correspondientes a bajo y guitarra e inician con la aplastante “Liquid Dream”. Compactos, sobrios y sobrados de actitud, continuando con las amenazadoras líneas de “Living in Your Head”, o dicho de otra manera, os vamos a volar la cabeza, tíos, vais a sudar, a agitar cabeza y brazos con la misma energía que Tiger ataca los timbales. Mastodóntico  personaje que mueve y golpea frenéticamente unos parches que deben pedir la jubilación al acabar. Eje gravitatorio del triángulo que conforma Kadavar, una coctelera hard rock blues psycho adrenalítico que engancha. Uno de los últimos headbanging aparece cuando suena “Black Sun”, fieros arpegios de la SG de Lupus mientras al otro lado, tras la cortina de humo de cigarro se aprecia la esbelta figura de Dragon, un hombre intimidador pegado a un Rickenbaker. Último fichaje. En la diana. Cool. Estruendosa “Eye Of The Storm” otra tormenta a añadir en el anecdotario de 2014, que está dando sus últimos coletazos con un público entregado a la causa y a la banda, que finaliza con un extraordinario “Creature Of The Demon”. Consistentes, recios, magnéticos. El epílogo bárbaro de una edición singular. Plurales sensaciones.

Alegría. Tristeza. Felicidad. Añoranza. El latido de un viejo blues nos acompaña en el retorno a casa, cuando el camino de vuelta se hace duro, el cansancio acumulado atenaza los músculos y las recientes imágenes quedan perpetuas en tu retina, bloquean tu mente. Pocas palabras. Muchos recuerdos. Añoras las horas de watios y continuos paseos de escenario en escenario, las conversaciones mantenidas hace escasas horas con aquellos a los que ves una vez al año, las risas acompañadas por unas cervezas o cualquier otra bebida, o recuerdas el mar de brazos por el que has navegado o las horas de headbanging mientras retumba en tu cabeza el potente “The Power Of Guitars”, leyenda que acompaña la famosa figura del hombre de negro que se ha convertido en icono para el ARF, y su legado nos recuerda que nos veremos de nuevo, nos encontraremos en un día soleado… y esperemos que así sea y volvamos a encontrarnos en la campa de Mendizabala, o en cualquiera de los otros puntos del Azkena Rock Festival, que se ha convertido en una cita prácticamente imprescindible. En realidad podríamos asegurar que obligada. Por unas cuantas razones, y a medida que vamos peinando más canas, los argumentos para defender, valorar y creer en este festival van aumentando. Por motivos de peso. Por una parte el rock, inmejorable excusa para la segunda razón; el rollo, el ambiente, la amistad, el compañerismo. Demasiados buenos momentos. Demasiadas imágenes.

Rafa Robledo

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